El pomo giró con un rechinido lento. Ethan contuvo el aliento, temiendo que fuese solo un gesto inútil, pero la puerta cedió unos centímetros y la vio. Madison estaba frente a él, con el rostro enrojecido por el llanto, el cabello despeinado y las manos temblorosas aferradas al marco. Su mirada era un torbellino de dolor, nostalgia y miedo. —¿Eso es lo que quieres, Ethan? ¿Verme así? —preguntó con un hilo de voz quebrada, las lágrimas corriéndole por las mejillas. Él dio un paso hacia adelante, instintivamente, pero se detuvo a pocos centímetros de ella, como si una línea invisible le impidiera avanzar. —No, Madison… lo último que quiero es hacerte daño otra vez. Los ojos de ella se clavaron en los de él, con rabia y amor entrelazados. —Entonces, ¿por qué volviste? —su voz se quebró

