En un punto, Madison se abrazó a sí misma por el frío, y Ethan, sin pensarlo demasiado, se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. Ella lo miró, sorprendida, y por un instante el tiempo se detuvo. No hacía falta decir nada más. Ambos sabían que esa noche, por mucho que lo intentaran, no podrían ignorar lo que estaba creciendo entre ellos. Madison y Ethan siguieron caminando hasta llegar a un claro del camino, donde la luna bañaba el campo con una luz plateada. Allí se detuvieron, sin decir nada al principio, como si el silencio mismo fuera parte de la conversación. —A veces pienso que me voy a volver loco aquí —murmuró Ethan finalmente, con la vista fija en el cielo estrellado—. No por el lugar… sino porque hay cosas que no digo, y me queman por dentro. Madison lo miró, el co

