La claridad suave del amanecer se filtraba por las cortinas de la pequeña cabaña de Ethan, tiñendo todo de tonos dorados y cálidos. El silencio era apenas interrumpido por el canto lejano de los pájaros y el crujido de la madera al dilatarse con el frío que se iba disipando. Mad despertó primero, acurrucada contra el pecho desnudo de Ethan. Su respiración era tranquila, pesada aún por el sueño, y su brazo descansaba alrededor de ella como si inconscientemente se negara a soltarla. Ella sonrió, sintiendo ese calor tan distinto a cualquier cosa que hubiera vivido antes, y acarició con suavidad la piel de su pecho, siguiendo el ritmo de sus latidos. Ethan abrió los ojos poco después, adormilado, y la encontró observándolo. ―Buenos días… ―murmuró con voz ronca y profunda, esa que a Mad le es

