Tras aquella discusión, Madison se cerró aún más. Si antes apenas sonreía, ahora ni siquiera intentaba fingir. Pasaba horas sentada frente a la ventana, sin mover un dedo, con la mirada perdida en la nada. El café se quedaba frío, la comida intacta, y las noches se volvían interminables. Ethan trataba de acercarse, pero ella se alejaba de todo contacto. No soportaba sus caricias, porque sentía que no merecía ser amada. No soportaba su ternura, porque cada gesto de él era como un recordatorio cruel de la ausencia de Daniel. Hubo días en los que ni siquiera se levantó de la cama. El mundo le parecía una prisión en la que no había consuelo posible. Y cuando la culpa la asfixiaba, buscaba el retrato de Daniel, acariciando el marco con dedos temblorosos, repitiendo su nombre en susurros ahoga

