Al entrar fueron guiadas a una zona reservada, pero Juliana seguía con su cara de incomodidad.
—Juliana, disculpa –hace silencio mientras el mesonero les llenó las copas de agua, sube la mano sobre la mesa y toma la mano de la morena–. Sólo quería traerte a un lugar especial. –le dice acariciando con su pulgar el dorso de la mano de ella, haciendo que sus gestos faciales abandonaran su rigidez.
—Entiendo, y gracias, pero no es necesario que gastes cientos de dólares innecesariamente cuando podemos pasarla mejor en cualquier otro sitio. –espetó y agarró la servilleta para extenderla en su regazo y tomó agua, pero igual seguía incomoda.
—¿Si quieres nos vamos? –propuso la rubia, sabiendo que su acompañante no estaba nada a gusto.
—No, no quiero causarte inconvenientes. –miró hacia el maître del lugar.
Valentina se incorpora y le dice: —Vamos… –Juliana totalmente sorprendida la mira.
—Sígueme. –toma su cartera y sale, la morena la imita y salen del sitio luego de que Valentina se excusara por la salida intempestiva.
Se vuelven a subir a la camioneta, ahora Juliana estaba aprenda.
—Val, lo lamento, no debí comportarme como niña chiquita.
“¿Val?, me dijo Val, suena genial en ella” sonríe mientras lo piensa.
—No te preocupes, entiendo que te incomoda esos ambientes, y no lo pensé antes de reservar. Disculpa –le sonríe–. Dime, ¿qué o a dónde quieres que vayamos a comer?
—Uhm, hay un sitio muy especial para mi aquí, pero debes ser de mente abierta –la mira con los ojos entrecerrados–, creo que te va a encantar. –aseveró, sonrió divertida. La rubia le corresponde y asiente. Acto seguido le da la dirección al chofer y envía un mensaje.
Luego de unos quince minutos llegan al restaurante, era tipo antro, pero muy concurrido, el Burguer Joint, famoso por sus hamburguesas con queso. Al entrar Juliana es recibida por el dueño, quien estaba atento a su llegada por su mensaje.
Valentina estaba encantada por el sitio, pero se fijó que con lo concurrido que estaba sería una proeza siquiera comer, la gente y el ruido estaba a punto de indisponerla.
La morena se percató de ella, se había quedado a dos pasos de ella admirando la decoración del sitio, y va por ella. La toma de la mano.
—Vamos princesa. –le sonríe y avanza.
“¿Princesa? ¿Me quieres matar Juliana Valdés? Eso es seguro…” asentía mientras era llevada de la mano en medio de aquella multitud.
—Mark, ella es mi amiga. –la presenta, ambos se dan la mano cordialmente e intercambia la presentación de sus nombres, el dueño del local las lleva a la zona VIP en el segundo nivel, totalmente distinto al ambiente de abajo y con una agradable vista de la zona.
Hacen el pedido, y la orden es tomada directamente por el dueño, quien les había hecho hacer llegar de una vez dos cervezas, la cual era una de las más solicitadas por el público.
La morena levanta su jarra con cerveza y hace gesto para brindar, Valentina, se asombra con el tamaño de la jarra mientras la levanta, era la primera vez que tomaba así de una cerveza. Brindaron y las dos degustaron al mismo tiempo la bebida, la cual les encantó por la expresión de cada una.
—¿La princesa si gusta de comer hamburguesas? –indaga.
—Claro, ¿qué crees? ¿Qué soy de otro planeta? –dice y se lleva la jarra a su boca, no tenía idea desde cuando no comía una, trató de recordar si estando en la universidad lo hizo. Juliana la vio pensativa y quiso tantear si estaba en lo cierto.
—¿Desde cuándo no te comes una? –insistió ante la duda.
—Sí, está bien lo reconozco, tengo mucho tiempo sin comerme una, pero sí me gustan. Tranquila. Más bien dime ¿cómo conoces al dueño? –cambio el tema.
—Yo les hice el trabajo gráfico de la ambientación, y las fotos de su página web y toda la papelería se las diagramé. –dijo para probar luego de su jarra.
—¡Oh es maravilloso! La decoración al entrar me fijé, es muy agradable, ahora que sé que la hiciste tú entiendo. Buen trabajo sin duda alguna. –concluyó.
—Gracias... Así tengo varios clientes, él me contrató porque yo era muy asidua aquí cada vez que visitaba la ciudad por trabajo.
—Veo que hablas perfectamente el inglés.
—Si morrita, me tocó aprenderlo, aquí se me hizo algo fácil. –aclaró.
—Eres una cajita de sorpresas Juliana Valdés. –dijo divertidamente.
—Y me tendrás para ti solita por varios días –dijo coqueteando, pero recapacitó–, los días que tengamos por convivir en nuestro viaje, claro. –dijo y se aferró a la jarra, tomándose un buen trago.
“Control… Contrólate chava…” riñó para sí.
—Hablando del viaje. Creo que en cuatro días podemos partir –le participó, en la mañana pudo coordinar con su doctor la primera clínica que va a visitar, será en Madrid–. Nuestra primera parada será Madrid. –participó.
—Me parece excelente. A mí me quedan como dos días de trabajo aun y seré libre. Si te decides fijas la fecha para adquirir los pasajes, por mí no habrá problema.
—Juls… –la interrumpe el mesonero con la orden, “Me dijo Juls, ¡¡wow!!”.
Juliana le encarga dos bebidas más y le pide que manden a alguien del personal a tomarle pedido al chofer, la morena se percató de la hora y no tenía ganas de salir tan rápido de ese lugar, del cual estaba disfrutando tan amenamente.
—Gracias, por eso. –le dijo la rubia.
—No es nada morrita, además tenemos mucho que hablar –se acomoda para comer–. ¡Buen provecho! –dice y se fija como Valentina admira su palto de comida, pero a su vez duda de como comerla, o sea, debía usar sus manos. Eso le generó pánico.
—¡Igual! –expresó dubitativa.
—A ver princesa…, come libremente –sacó de su bolso un desinfectante líquido para sus manos y lo compartió con la rubia–. Te va a encantar, ya lo verás.
“Dios, se ve muy suculenta, pero la debo agarrar con mis manos… ¿será que puedo pedir cubiertos? No… –negó con su cabeza– Juliana se burlaría de mi por lo que reste del año… Bueno, voy, espero no hacer comer hasta mi cartera, con el desastre que haré…” pensaba mientras se fijaba como Juliana le entraba al plato, para guiarse, en su vida, en su vida había tenido que comer así, de hecho, no le gustaban las pop corns por tener que comerlas directo de su mano. El mesonero les trajo las bebidas y ella tomó otro gran sorbo, luego con las servilletas agarró su hamburguesa doble carne con queso y tocineta.
—¡Oh por Dios! Sabe delicioso. –expresó luego del primer bocado que degustó, gimió del placer de haber probado aquella exquisitez–. Juls, ¡me encanta! –volvió a decirle Juls por la emoción.
—Me gusta… sí.
—¿Qué? –preguntó porque obvio la comida sabía ya que era una de sus favoritas.
—Que me llames así, nadie lo ha hecho antes. Suena hermoso viniendo de ti. –expresó mientras probaba otro bocado.
—¡Ah!, qué bien. –no pudo decir más la rubia, segura estaba que sus mejillas estaban rojas, toma de su cerveza y sigue con la comida.
Mientras podían hablaban del viaje, los días, el hospedaje y el trabajo. Juliana le confesó que necesitaba el itinerario de viaje, y que ella se ofrecía a llevar el control del presupuesto de cada destino, así como le participó que en cada ciudad iba a necesitar de horas para hacer trabajos con algunos colegas que había contactado.
El reloj marcaba las cinco de la tarde.
—Entonces, ¿si te gustó? –preguntó mientras avanzaban por las calles del bajo Manhattan, el chofer las seguía a distancia, y uno de los guardaespaldas haciendo su mejor trabajo a pie.
—Juls, ¿qué si me gustó? Me encantó, tenía tiempo que no me sentía así, tan libre para comer…
—Por un momento pensé que te ibas a cohibir, pero luego que te decidiste mi miedo cambió al desastre que pensé que harías. –dijo divertidamente.
—Está bien, merezco que te burles. –se rindió, y Juliana soltó una carcajada inevitable.
—Princesa –se detiene–, es que tu cara a veces es un poema, si la sigues poniendo así será inevitable para mí –le dijo acariciando su mejilla, ella cerró sus ojos, la morena hizo el mayor de sus esfuerzos por no acercarse más, entonces ve hacia los lados y le toma de la mano–. Ven, necesito tomarte una foto antes de que se oculte el sol.
La llevó de la mano hasta el sitio perfecto, Valentina se sentía en las nubes, con un simple gesto, su corazón se derretía. Le tomó la foto y se la mostró, Valentina se vio a sí misma distinta. Era otra, con Juliana, se sentía otra persona.
Luego llegaron al departamento. Juliana tenía sed, y fue a la nevera, mientras Valentina llegó y se lanzó en el sofá. Estaba totalmente fascinada, cada fibra de su cuerpo se sentía libre, quizás era efecto del alcohol o del efecto que cierta compañía ejercía sobre ella.
Era una sensación de plenitud.
—Morrita, ¿quieres tomar algo? –preguntó Juliana desde la nevera destapando una cerveza.
—Lo mismo que tú. –Juliana dudó en llevarle otra cerveza, pero analizó y sabía que ella estaba muy bien, estaba dentro de sus límites, lo cual le permitiría estar alerta ante cualquier salvedad. Y se la llevó se sentó a su lado, no tan cerca de ella y le entrega la cerveza.
Valentina la recibe y al ver la distancia que dejó entre ambas se acerca más a ella, necesitaba sentir su calor. Levanta su botella para que brindaran.
—Que se repita una tarde tan genial como esta. –propuso Valentina para brindar y Juliana le correspondió. Y tomaron cada una un trago largo, estaban sedientas. La morena se perdió en los ojos azules que la estaban interceptando con un brillo muy especial, la sentía realmente alegre, feliz.
—Princesa, estoy segura que estando a tu lado en cualquier momento y en cualquier lugar, siempre será especial. –expresó Juliana, sin medir todo lo que sus palabras desataron dentro de ella misma, y de repente Valentina se acercó a ella, sus pupilas azules se oscurecieron y se quedaron viendo directamente, por varios segundos.
Juliana bajó la mirada a sus labios rosados y carnosos por unos milisegundos. Valentina mordió su labio inferior al percatarse de ello, provocando una ola de sensaciones en la morena sin siquiera tocarla.
Se estaban acercando más, era inevitable la atracción que había, hasta que tocaron el timbre y se separaron, saliendo de aquella burbuja, en las que al explotar se dieron cuenta de la magnitud de los que estaban a punto de hacer.
Valentina se incorpora, nerviosamente sonriente y Juliana exhala, mientras ella se fue hacia la puerta. Se toma otro trago largo de cerveza y escucha como Valentina saluda a su Papá.
“Oh es el suegro”, pensó y se incorporó para esperar a su encuentro.
Los nervios de todo lo que había o estaba por suceder la puso a meditar que definitivamente, estaba en el lugar indicado, su corazón se lo decía, su mente se lo aseguraba, pero su instinto le recordaba que no todo podía ser tan bueno…