Ancel. —Caerás Miranda, y nadie podrá detenerme, ni siquiera el amor de tu hija. —prometo con rabia. Freno mis pasos y me detengo frente a una puerta negra, en la que supongo que es su oficina. Pienso si debería irme, después de todo, no tenemos nada de qué hablar, creo que las cosas antes de marcharme estaban más que claras, no tengo nada que arreglar ni para mejorar la relación inexistente de padre e hijo. Toco la puerta. Golpeó tres veces, espero a que me permita el ingreso, y cuando logro escuchar esas palabras, dudo en tomar el pomo de la puerta. Vaciló cuando giró y abro lentamente la puerta y cuando me muestro, observó como tiene su concentración en unos papeles que están en sus manos; no ve al momento de adentrarme a su oficina ni se da cuenta de mi presencia, temo que al mi

