La primera reunión
Era mi primer día en la empresa, y aunque traté de mantenerme lo más profesional posible, no pude evitar sentir una mezcla de ansiedad y expectación. Sabía que este trabajo significaba una gran oportunidad para mi carrera, pero no imaginaba lo que sucedería después.
El ruido de los tacones resonaba en el lujoso vestíbulo de cristal y acero, como un tamborileo ansioso en mi corazón. Era mi primer día como asistente en Mars Enterprises, la multinacional que encabezaba las listas de empresas más poderosas del mundo. Había pasado semanas preparándome para este momento, pero nada me había preparado para él.
Alonso Mars, el CEO. Alto, de mirada intensa y movimientos precisos, parecía capaz de leer cada pensamiento de quienes lo rodeaban. Su reputación lo precedía: un genio implacable, frío como el mármol de su oficina y tan inaccesible como las estrellas.
Era una leyenda en el mundo empresarial. Su mirada calculadora, su dominio absoluto sobre cada conversación y, sobre todo, su aire inalcanzable, lo habían convertido en una figura de poder que inspiraba tanto respeto como temor. Nadie en la empresa osaba desafiarlo. Y yo, una simple asistente recién llegada, iba a tener que enfrentarme a él directamente.
La secretaria Roy me condujo hasta su oficina, una de las más grandes y lujosas del edificio, con sus propios vestidores, baño y habitación privada; era como una segunda casa. La puerta se abrió y, al instante, una ola de energía incontrolable me golpeó. Él estaba allí, de pie junto a la ventana, mirando la ciudad desde lo alto. Su traje n***o ajustado a su figura perfectamente esculpida, su pelo oscuro ligeramente desordenado y su presencia imponente me dejaron sin aliento.
—¿Señorita…? —su voz profunda rompió el silencio.
—Tays… Tays. Un placer, señor Mars.
Me extendió la mano con firmeza. Pero no fue solo la fuerza de su saludo lo que me dejó desconcertada, sino el brillo de su mirada.
Una mirada que no pasaba desapercibida, que parecía leer cada rincón de mi alma.
—Bienvenida. Tengo expectativas altas, dijo él, volviendo a sus documentos. No suelo dar segundas oportunidades.
Sentí desafío y curiosidad. Si él cree que puede intimidarme, está equivocado, pensé.
Alonso no era un jefe común. Era exigente, intenso, y parecía estar constantemente evaluando cada aspecto de mi desempeño. A pesar de su actitud fría y distante, había algo en él que me atraía de manera irresistible.
Esa misma mañana, me pidió que lo acompañara a una reunión fuera de la oficina. El ambiente era tenso, pero, por alguna razón, mi proximidad a él me inquietaba de una forma completamente diferente a cualquier otra situación. El silencio entre nosotros era denso, y cuando nos mirábamos, había algo más que solo profesionalismo en sus ojos.
El hotel en el que nos detuvimos estaba elegante y exclusivo, y la reunión fue tan breve como eficiente. Mientras regresábamos al coche, me encontraba mirando sus labios, tan cercanos, tan tentadores.
—¿Te sientes incómoda? —preguntó de repente, su voz cargada de algo más que simple curiosidad.
Mi respiración se aceleró.
—No… —respondí, casi sin querer.
Un silencio lleno de tensión se instaló entre nosotros. Él giró la cabeza lentamente para mirarme, y el roce de su mirada sobre mi piel me hizo estremecer.
Nos acabábamos de conocer, pero sé que algo pasó en cuanto entré en esa oficina; el ambiente se transformó por un segundo. Sentí como nuestras miradas conectaron, fue casi mágico, como si nos conociéramos de toda la vida. Al menos así lo sentí yo en ese único segundo de conexión.
Pero él era casi incapaz de demostrar algo por nadie; me miraba y hablaba solo lo necesario. Además de que los dos estábamos comprometidos, la sola idea de yo pertenecer a su mundo es pecado, así que debía olvidar esa fantasía y concentrarme en mi trabajo.
Ese mismo día conocí a su prometida, Rossan Laurent, la mujer perfecta a ojos de su círculo social. Hija de un magnate de la moda, Rossan era sofisticada, inteligente y la elección estratégica para consolidar un imperio.
Pero Alonso sabía que su relación era todo menos genuina. Era un acuerdo no dicho, una alianza construida sobre apariencias y conveniencia. A pesar de sus diferencias, Rossan era consciente de ello y, aunque no estaba completamente enamorada de Alonso, no planeaba dejarlo escapar.
El aire estaba cargado de la rutina diaria cuando Rossan llegó a la oficina de Alonso esa tarde. Al entrar, no se sorprendió al encontrarme en mi oficina, que se compartía justo dentro del amplio espacio de él.
Levantó la vista, se retiró los lentes de sol y sacudió su cabello levemente, pero su expresión no cambió. No había sorpresa ni reconocimiento en sus ojos, solo la mirada casual de alguien que ya estaba acostumbrada a estar allí.
—Ah, tú debes ser Tays —dijo con un tono suave, casi como si estuviera haciendo una observación, no un saludo, mientras se sentaba con su taza de café.
Yo, que había notado la presencia de Rossan en la sala, asentí brevemente, sin mostrar ningún tipo de emoción.
—Sí, soy yo. ¿Y usted es…?
Ella no respondió de inmediato. En lugar de ofrecer una mano o un saludo más cálido, simplemente tomó un sorbo de su café y dejó que el silencio se alargara por unos segundos.
—Rossan. —Prometida de Alonso —dijo finalmente, como si sus palabras fueran lo suficientemente claras para que yo comprendiera todo lo que necesitaba saber.
Levanté una ceja, pero mi voz permaneció neutral.
—Entiendo. —Un placer conocerle. —No había ni el mínimo atisbo de interés en mi tono, como si la relación de Rossan con Alonso fuera solo un hecho más en la vida de la oficina.
Rossan me observó por un momento, sus ojos pasando de los papeles sobre el escritorio a mi figura, sin mostrar ninguna emoción más allá de la curiosidad distante.
Por último, se acercó hacia su prometido que salía de la parte privada de la oficina y le plantó un apasionado beso.
—No te preocupes, no estamos aquí para hacerte sentir incómoda, Tays —dijo de manera casi indiferente. Estoy solo de paso. Tengo algunas cosas que discutir con Alonso.
Asentí con un leve movimiento de cabeza. —Lo entiendo. Estaré ocupada con mis informes.
Finalmente, Rossan se levantó, dejó la taza de café sobre la mesa y caminó hacia la puerta sin volverse a mirar.
—Nos veremos luego, Tays —dijo sin entonación, como si fuera solo una formalidad.
—Claro —respondí sin levantar la mirada, completamente concentrada en mis documentos.
Rossan cerró la puerta tras ella con suavidad, pero la sensación de tensión no se disipó. Yo aún seguía con la vista fija en mi escritorio, pero en el fondo sabía que lo que acababa de suceder era solo un preludio de lo que estaba por venir.