La semana transcurrió como un delicado juego de apariencias. Alonso y yo habíamos regresado a nuestras rutinas, manteniendo la compostura profesional frente al resto de la oficina, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, las miradas fugaces y los roces accidentales seguían cargados de una electricidad que parecía aumentar día tras día.
El lunes por la mañana, durante una reunión de la junta de inversiones, conocí a Mauricio Ferrer, un joven y carismático inversionista recién llegado al equipo. Su actitud desenfadada y su sonrisa encantadora contrastaban con el ambiente rígido de la sala. Desde el primer momento, no dejó de mirarme, lanzando comentarios halagadores que rápidamente atrajeron la atención de los presentes, incluido Alonso.
—Señorita Tays, debo decir que no solo es eficiente, sino que también aporta un aire fresco a esta oficina —dijo Mauricio con una sonrisa que parecía destinada a desarmar.
—Gracias, señor Ferrer. Intento cumplir con mi trabajo —respondí, manteniendo mi tono neutral mientras sentía la mirada de Alonso clavada en mí desde el otro extremo de la mesa.
Mauricio no se detuvo ahí. Durante los días siguientes, buscó cualquier excusa para acercarse, pidiendo mi opinión sobre decisiones de inversión. Aunque traté de mantener las distancias, no pude evitar notar cómo su presencia comenzaba a incomodar a Alonso.
Un día, mientras revisaba documentos en mi escritorio, Mauricio se acercó con dos cafés en las manos.
—Pensé que podrías necesitar un descanso —dijo, ofreciéndome uno con una sonrisa.
Antes de que pudiera responder, Alonso salió de su oficina. Su presencia llenó el espacio al instante, y la tensión en el aire se volvió casi tangible.
—Ferrer, parece que tienes demasiado tiempo libre. Quizás deberías revisar tus reportes de proyección para el próximo trimestre —dijo, su tono gélido.
—Por supuesto, señor Mars —respondió Mauricio, levantando las manos con un gesto de inocencia antes de retirarse.
—Tays, en mi oficina. Ahora.
Entré detrás de él, cerrando la puerta. Antes de que pudiera decir algo, Alonso se giró hacia mí, cruzando los brazos sobre su pecho.
—¿Qué estás haciendo con Ferrer?
—¿Perdón? —pregunté, incrédula.
—No me tomes por idiota, Tays. Lo he visto. Él se interesa demasiado, y tú no haces nada para detenerlo.
—Es solo un compañero de trabajo, Alonso. No estoy haciendo nada inapropiado —respondí, sintiendo cómo mi propia frustración crecía.
—¿Ah, sí? Porque desde aquí parece que estás disfrutando de su atención.
—¿Y qué hay de ti? —solté, acercándome un paso más.
—No me gusta compartir lo que considero mío —dijo en voz baja.
—¿Tuyo? —repliqué, desafiándolo con la mirada.
Antes de que pudiera responder, me tomó de la cintura y me empujó suavemente contra la pared. Mi respiración se aceleró al sentir su cercanía, su mano apoyándose al lado de mi rostro.
Sus labios estaban tan cerca de los míos que podía sentir su respiración mezclándose con la mía. El beso era urgente, hambriento.
Con movimientos seguros, me levantó del suelo, sentándome en el borde de su escritorio. El frío de la madera contrastó con el calor abrasador de nuestras pieles. Sus manos exploraban mi espalda, subiendo lentamente por debajo de mi blusa. Sus dedos eran firmes, mis manos se enredaron en su cabello, tirando ligeramente mientras sentía su aliento pesado contra mi cuello. Su boca descendió, dejando un rastro de besos y mordiscos suaves por mi piel, mientras mis sentidos se inundaban de él. El olor a su colonia, la textura de su camisa aún puesta, su respiración irregular.
—Alonso… —Murmuré su nombre, apenas consciente de mi propia voz.
—Dime que no me detenga —susurró, levantando su rostro para mirarme.
—Quiero probarte.
Sus manos se deshicieron de mi blusa con una precisión que me dejó sin aliento, mientras yo intentaba desabotonar su camisa con torpeza, frenada por mis propios nervios.
Su m*****o estaba muy tenso; mientras jugaba con su lengua por mis senos, lo sostenía dando un pequeño masaje con mi mano. Sus pequeños gemidos me excitaban más. Entonces, sentado en su cómoda silla, lo metí en mi boca hasta llevarlo a un punto máximo y volver a su escritorio para terminar dentro de mí.
—Estamos locos —dijo mientras trataba de regular su respiración. No sé cuánto más podremos fingir.
Esa misma tarde un correo electrónico parpadeó con un mensaje nuevo. El asunto decía: "No confíes en Alonso Mars". Mi corazón dio un vuelco. Dudé unos segundos antes de abrirlo. El mensaje era breve pero impactante: Tays, no sabes quién es realmente Alonso. Si te importa tu futuro, ven sola a esta dirección a la 1:00 pm. No le digas a nadie.
Adjunto al mensaje había una dirección y varios documentos que a simple vista no entendí. Mi mente no dejaba de dar vueltas. ¿Era una broma? ¿Alguien intentando interferir en nuestra relación? Pero algo en mi interior me decía que debía averiguarlo.
Usé una excusa para salir de la oficina y llegué a una bodega desgastada en las afueras de la ciudad. Allí me esperaba Hernán, el padre de Alonso.
—¿Qué significa esto? —le pregunté directamente, intentando mantener la calma mientras señalaba la foto en sus manos.
Él extendió la foto hacia mí. En ella, un joven Alonso, de expresión mucho más suave y relajada que la que conocía, sostenía la mano de una mujer hermosa embarazada.
—Ella era Sofía. La mujer que Alonso amó como nunca ha amado a nadie… y que perdió por su ambición. Sofía se cansó de vivir en su sombra. De estar siempre en segundo lugar, después de sus negocios. Un día se fue, pero un accidente los arrancó de este mundo.
Desde entonces, Alonso ha cargado con esa culpa, aunque nunca lo admitiría.
Sentí como si una bomba explotara dentro de mí. Las piezas comenzaron a encajar: los muros de Alonso, su incapacidad para mostrar vulnerabilidad… todo tenía sentido. Pero Hernán no había terminado.
—No pienses ni por un segundo que tú eres diferente. Alonso es una fuerza destructiva. Si sigues a su lado, te consumirás igual que Sofía.
—Me fui muy confundida, pero tenía que escuchar su versión, y regresé por mis cosas a la oficina.