El precio de un padre

2248 Palabras
El reloj de pared en la cocina de las Ruter no avanzaba, simplemente sentenciaba el paso de los segundos con un golpe seco que taladraba los oídos de Alana. Eran las cinco de la mañana. El apartamento olía a humedad estancada y al café barato que humeaba en una taza desportillada. Alana mantenía la espalda erguida, aunque sentía que sus vértebras eran de cristal a punto de estallar. Sobre la mesa de madera laminada, un pequeño montón de billetes arrugados y monedas de baja denominación se burlaban de su esfuerzo. Faltaba dinero para la luz, faltaba dinero para los zapatos nuevos de Maya. Siempre faltaba algo. —¿Por qué no ha llegado? —La voz de Maya interrumpió el silencio como un latigazo. Estaba de pie en el umbral de la habitación, con su pijama de algodón desgastado y el cabello n***o azabache extremadamente liso cayéndole en cascada sobre sus hombros pequeños. Alana no tuvo que preguntar a quién se refería. Era la pregunta de todas las mañanas, de todas las noches, de todos los espacios vacíos en sus vidas. —Maya, ya hablamos de esto. Lávate la cara y los dientes, se hace tarde para la escuela —le respondió Alana, tratando de que su voz no temblara. Se levantó y caminó hacia el fregadero, dándole la espalda para que su hija no notara el cerco oscuro de sus ojeras. —No me respondiste —insistió la niña, caminando hacia la mesa con una seguridad que no correspondía a sus ocho años. Se sentó y observó el dinero con una fijación que incomodó a la joven madre—. Ese montón es más pequeño que el de ayer. Si tuviéramos un padre, y esposo, él traería un montón más grande. Así funcionan las casas de los demás. Lo he visto. —Un padre no es una lámpara mágica, Maya. Las cosas son difíciles —Alana se giró, secándose las manos en el delantal manchado de grasa del restaurante—. Yo te doy todo lo que necesitas. Tienes comida, tienes techo, me tienes a mí. —Pero no tienes descanso —replicó Maya, clavando sus ojos grises, ahora más oscuros de lo normal, en los de su madre. La niña tenía una capacidad de observación que Alana encontraba aterradora. Maya no veía una madre cansada; veía un sistema fallido—. Te quedas dormida sentada mientras me ayudas con la tarea. Anoche lloraste mientras revisabas ese sobre amarillo. Un padre evitaría que lloraras por sobres amarillos. ¿Es que soy una hija que no merece que alguien la cuide mientras tú duermes? Alana sintió una punzada de dolor en el pecho. Se acercó a su hija y le acarició la mejilla, pero Maya se apartó sutilmente. La niña no quería afecto, quería soluciones. —Mereces el mundo entero, mi amor. Y algún día, te juro que no tendremos que contar estas monedas —le prometió Alana sintiendo que esa posibilidad estaba lejana, cada día todo se le hacía más difícil—. Pero por ahora, somos tú y yo. Ese es nuestro equipo. —Un equipo de dos es débil —sentenció Maya, mientras se bajaba de la silla con una expresión de fastidio en el rostro—. Necesitamos un refuerzo. Uno que sea fuerte. Alguien que no tenga miedo cuando el señor del alquiler golpea la puerta tan duro que las ventanas vibran. Alana suspiró y comenzó a preparar el bulto escolar. Sabía que esa fijación de Maya no era un capricho infantil, sino una respuesta defensiva a la miseria que las rodeaba. Alana quería procurarle un ambiente distinto, soñaba con llevarla a parques donde no hubiera jeringuillas en el suelo y con comprarle vestidos que no fueran heredados de las cajas de caridad, pero la realidad de la ciudad donde vivían y la suerte que les había tocado vivir las aplastaba cada día al cruzar la puerta. El camino a la escuela fue un ejercicio de resistencia. Alana caminaba rápido, sujetando la mano de Maya, mientras la niña observaba cada coche, a cada hombre que bajaba de un vehículo, cada interacción en la calle. Maya no miraba las vitrinas de dulces, como haría cualquier otro niño; la niña miraba los rostros de los hombres que llevaban maletines o que daban órdenes a otros. Buscaba un perfil específico. Lo que para algunos pudiera ser una obsesión casi enfermiza, para una niña de su edad, para Maya era un objetivo, una proyección de la vida ideal que creía era la apropiada para ella y su madre. Al llegar a la entrada del colegio, el bullicio de los niños era ensordecedor. Alana se despidió de Maya con un beso en la frente que la niña recibió con una resignación impasible. —Pórtate bien. Te busco a las dos —le recordó Alana. —Trata de no quemarte las manos en la cocina hoy —le respondió Maya, dándose la vuelta sin mirar atrás. Durante el recreo, Maya no se unió a las niñas que saltaban la cuerda ni a los niños que corrían tras un balón desinflado. Se sentó en un banco de cemento, observando todo a su alrededor. Su atención se centró en Mateo, un niño rubio y menudo que siempre tenía los mejores lápices. Mateo estaba sentado solo, leyendo un libro de tapas duras. —Tu papá siempre te busca en una camioneta negra —le dijo Maya, sentándose al lado de Mateo sin que este la sintiera llegar. Mateo se sobresaltó. —Sí, y mi mamá trae galletas. —¿Por qué son tan buenos contigo? —le preguntó Maya, entrecerrando los ojos con sospecha. Había analizado la dinámica de los padres de Mateo durante semanas. Según los observaba podía concluir que entre ellos no había gritos, tampoco tensión, solo transmitían una armonía que a Maya le parecía artificial, casi irreal. Mateo cerró su libro y la miró con cierta superioridad. —Porque me eligieron, Maya. Porque me quieren, me quisieron desde el primer dia que me vieron. Yo no nací de ellos. Soy adoptado. Maya frunció el ceño. Lo miró como si Mateo hubiera dicho una palabra insultante; y lo era, Maya apenas era la primera vez que se topaba con ella, sin saber el giro que iba a darle a sus planes. —¿Qué es eso? —le preguntó entrecerrando los ojos. —Es que ellos no tenían hijos y fueron a un lugar especial. Me vieron y les gusté. Tuvieron que pagar mucho dinero a los abogados y a una mujer del gobierno para poderme llevar a vivir con ellos. Básicamente, me compraron porque yo no tenía a nadie. El cerebro de Maya pareció haberse girado, tal como la tierra que venía girando en un sentido; bueno, su cerebro cambió la rotación, y en su habilidad para armar ideas hasta engranarlas en lo que desee en el momento, procesó la información con una velocidad asombrosa. La lógica se instaló en su mente como una verdad absoluta. Si Mateo, que era un niño llorón que no sabía amarrarse los zapatos, había sido comprado por una pareja amorosa para que lo cuidaran, entonces la solución a los problemas de Alana y ella era evidente. —¿Quieres decir que uno puede comprar a la familia? Así como te encontraron a tí ¿los padres están en lugares donde uno puede ir a elegirlos? —le preguntó Maya con un tono de voz cargada de una nueva intensidad. —Bueno, a mí me compraron ellos —le dijo Mateo, encogiéndose de hombros—. Pero supongo que funciona igual al revés. Si tienes dinero, puedes tener lo que quieras. Mi papá dice que el dinero compra la tranquilidad. —¿Cuánto dinero? —Maya dio un paso hacia él, su presencia dio un giro, se volvió pesada, dominante. —Mucho. Miles, millones —le respondió Mateo y en el proceso abrió mucho los ojos para enfatizar la magnitud—. Mi papá es el jefe de una empresa. Solo los hombres fuertes y con dinero valen la pena, eso dice mi mamá. Maya se quedó callada, desvió la mirada de Mateo y la enfocó hacía el vacío. No escuchó el timbre que anunciaba el fin del recreo. En su cabeza, las piezas encajaban. Su madre lloraba porque no tenían dinero; no tenían dinero porque estaban solas; y estaban solas porque no habían ido a comprar un padre fuerte que se encargara de los sobres amarillos y del señor del alquiler. Cuando Alana fue a buscarla en la tarde, notó a Maya distinta. La niña no hizo preguntas sobre el trabajo ni se quejó del calor. Caminaba con la barbilla en alto, analizando el entorno con una fijación renovada. Al pasar frente al gran Hotel, Maya se detuvo un segundo a observar las camionetas blindadas estacionadas en la entrada y a los hombres de traje oscuro que vigilaban la zona. —Vamos, Maya, tengo que entrar al turno de la tarde en diez minutos —la apremió Alana. —Mamá, ¿por qué no hemos ido a comprar un papá? —soltó la niña de repente, sin dejar de mirar el hotel. Alana se quedó helada. Esto era nuevo en su hija, y mira que tiene ocurrencias que la han desencajado, pero esto era nuevo. —Maya, por Dios, ¿de qué estás hablando? Los padres no se compran. —Mateo dijo que a él lo compraron —refutó con una seguridad que no buscaba convencer a nadie, pero si llevaba a pensar—. Me dijo que con dinero puedes elegir a quien quieras para que sea tu familia. Si ahorramos mucho, podemos ir a buscar a uno de esos hombres que no tienen miedo. Uno que sea caro. El más caro de todos —agregó con los ojos entrecerrados y un dejo de adoración extraña en el tono de su voz. —Eso es una tontería de niños, Maya. Mateo no sabe lo que dice —Alana tiró de su mano, sintiendo una mezcla de vergüenza y desesperación—. Entra al cuarto de descanso y no te muevas de ahí. Tengo mesas que atender. Alana entró al restaurante, se puso el uniforme y comenzó a moverse mecánicamente. El restaurante de lujo era un oasis de excesos. Servía botellas de vino que costaban más que su alquiler anual a hombres que ni siquiera le daban las gracias. Mientras llenaba las copas, su mente volvía a las palabras de Maya. Le dolía que su hija viera la vida a través de transacciones comerciales, pero ¿cómo culparla? En ese hotel, todo tenía un precio, incluso la dignidad. Maya se pegó a la pared de servicio, dejando que el marco de la puerta ocultara su cuerpo menudo mientras sus ojos se convertían en dos rendijas analíticas. Observó el salón del restaurante como si fuera una vitrina de productos defectuosos. Su madre, pasaba de mesa en mesa, entregando su energía a cambio de migajas, y Maya comenzó su inspección descalificadora sobre los hombres que recibían aquellas atenciones. Primero, fijó su vista en un empresario de mediana edad que se secaba el sudor de la calva con una servilleta de lino. Tenía un reloj de oro que brillaba bajo las lámparas, pero masticaba con la boca abierta y trataba a la mesera con una condescendencia ruidosa. «Demasiado blando», pensó Maya con sarcasmo. Estaba segura que ese hombre moriría de un infarto si tuviera que cargar las bolsas del mercado por tres cuadras; «su dinero solo servía para pagar medicinas para su corazón perezoso». Luego, analizó a un joven de traje impecable que no soltaba su teléfono inteligente, gesticulando con una arrogancia que pretendía hacerse ver importante. «Parece un pavo real... y de oficina», sentenció. Sus manos eran demasiado tersas, sin una sola marca de esfuerzo. «Si el señor del alquiler se pone violento, este tipo probablemente intentaría enviarle un correo electrónico en lugar de enfrentarlo. Un padre no puede ser alguien que necesitara un manual de instrucciones para defender nuestra casa». En la mesa del fondo, un hombre robusto reía a carcajadas mientras bebía whisky caro, dejando que su barriga tensara los botones de su camisa de marca. Maya arrugó la nariz. «Nooo. Parece un barril de grasa y ruido», pensó con asco. «Su fuerza es pura apariencia; se cansaría antes de subir el primer piso de las escaleras. No parece un protector, sino un estorbo que consumiría el poco alimento que mi mamá puede comprar». Vio a otros dos: uno con una mirada de perro apaleado que consultaba nerviosamente su billetera, y otro tan flaco y nervioso que parecía que el aire acondicionado del hotel podría derribarlo. —¡Inútiles! —murmuró entre dientes. Según la observación de la niña, ninguno de esos especímenes tenía la sustancia necesaria para sostener la vida de Alana. Eran hombres de papel, sostenidos por chequeras, pero vacíos de la autoridad que Maya buscaba. Maya suspiró, sintiendo una punzada de frustración. «Era triste que, en un lugar tan lujoso, la mercancía fuera de tan baja calidad», pensó. Sin embargo, no desistiría. Pensó que si Mateo, con lo tonto que era, había logrado que una pareja completa lo comprara, a ella no debía resultarle tan difícil. Ella solo buscaba a uno. Uno solo, un hombre fuerte no debería implicar tanto esfuerzo, solo tenía que ser más meticulosa en su cacería. Estaba segura de que alguien, en algún rincón de ese hotel, tenía que valer el precio de su mayor deseo.
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