Al día siguiente, la mañana golpeó el pequeño apartamento con una luz grisácea que solo servía para resaltar las manchas de moho en las esquinas del techo. Alana se despertó antes de que sonara la alarma, con el cuerpo pesado. Se estiró para tocar a Maya y el calor que desprende su cuerpo la alertó, llevó la mano a su frente y se encontró con una hoguera. La niña respiraba con dificultad, sus mejillas estaban encendidas y el sudor le pegaba los mechones negros de su cabello a la almohada.
Rápidamente, Alana dedujo qué pudo haberlo ocasionado, porque si algo tenía Maya, para suerte de ambas y lo ajustado de su presupuesto, era que era una niña sana, no era de enfermarse mucho. De modo que, asumió que el cuadro febril solo tenía una razón, estrés emocional, eso por las emociones altas y los bajones de los días anteriores, la fijación obsesiva de Maya con el tema del dinero y la ausencia de una figura paterna. para Alana, ese era el motivo, su insistencia en ello desestabilizó sus emociones al punto que le estaban pasando factura al sistema de la pequeña.
—Maya, mírame —susurró Alana, sintiendo que el pánico le apretaba la garganta—. Tienes mucha fiebre.
La niña abrió los ojos con lentitud. El color de ellos, siempre grisáceo, en ese instante estaba vidrioso, pero la fijación en su mirada seguía allí, intacta.
—No voy a ir a la escuela —murmuró Maya con voz rasposa—. No quiero ver a Mateo. No quiero oír sus cuentos de padres comprados hasta que yo tenga el mío.
Alana no tenía con quién dejarla. La vecina se había mudado hacía una semana y faltar al trabajo en el Hotel significaba su despido inmediato, no podía darse el lujo de perder su único sustento. Las reglas en el área de alimentos y bebidas eran claras: no había permisos para tragedias domésticas. Desesperada, Alana vistió y abrigó a Maya con ropa gruesa, le administró un jarabe para la temperatura y la llevó casi a rastras hasta el hotel. Entraron por la puerta de empleados, evitando el lobby principal donde las cámaras y los supervisores de seguridad eran más estrictos.
—Escúchame bien, Maya —le dijo Alana mientras la acomodaba en el cuarto de descanso de las meseras; se trataba de un cubículo estrecho lleno de uniformes colgados y olor a detergente, donde había una cama pequeña, una mesita con una vieja televisión—. Te vas a quedar aquí. Te puse la medicación, duérmete un rato. Si alguien abre la puerta, no digas nada. Si sales de aquí, me quedaré sin trabajo y entonces sí que no tendremos ni para el café. ¿Me oíste?
Maya asintió con la cabeza hundida en la manta. Sus ojos seguían a su madre mientras Alana se ponía la blusa blanca y ajustaba su chaleco n***o.
—Trata de no parecer tan asustada, mamá —le soltó la niña—. Los clientes huelen el miedo y te darán menos propina.
Alana cerró los ojos un segundo, tragándose una respuesta amarga ante la suspicacia de su hija, y salió del cuarto. Tenía que servir en el área VIP esa mañana, un lugar donde los hombres no hablaban de precios, sino de conquistas.
Pasaron dos horas. El jarabe hizo efecto y la fiebre cedió, dejando a Maya con una lucidez renovada y un fastidio creciente por el encierro. El cuarto de descanso le parecía una jaula de madera y tela barata. Su mente comenzó a funcionar con esa lógica aplastante que la caracterizaba. Estar allí sentada no la acercaba a su objetivo. Si quería un refuerzo para el equipo, no lo iba a encontrar entre los delantales de las compañeras de su madre.
Se puso de pie, se acomodó su ropa y abrió la puerta apenas unos centímetros. Se aseguraba de no encontrar moros en la costa. El pasillo estaba despejado. Maya salió con pasos silenciosos, moviéndose con una cautela que había perfeccionado observando a los gatos callejeros del vecindario. Sabía que Alana estaría ocupada en los salones de la planta alta, así que decidió explorar la zona opuesta. Deambuló por pasillos de mármol pulido que brillaban tanto que podía ver su propio reflejo en el suelo. Se escondió detrás de maceteros gigantes de porcelana y cortinas de terciopelo pesado cada vez que escuchaba voces.
Llegó a una sección del hotel que no conocía. El aire aquí era distinto, más fresco y cargado de un aroma a limpieza industrial y perfumes masculinos potentes. A través de unas puertas de cristal esmerilado, vio el gimnasio de lujo. Era un espacio inmenso, lleno de máquinas de acero cromado y cueros negros. Maya entró sin hacer ruido, deslizándose entre las sombras de las columnas.
Fue entonces cuando lo vio.
En el área de pesos libres, rodeado de cuatro hombres con trajes oscuros que mantenían una distancia de seguridad vigilante, estaba él.
Maya se detuvo en seco. Sus ojos grises se abrieron con una mezcla de sorpresa y reconocimiento inmediato. Era un coloso. El hombre tenía la espalda ancha, cubierta por una camiseta que permitía ver los tatuajes negros que ascendían por sus brazos y desaparecían en su cuello. Su piel tenía un tono bronceado, y sus rasgos eran tan marcados que parecían esculpidos con la intención de imponer respeto antes que cualquier otra emoción. Estaba sentado, sosteniendo una toalla blanca, y su mirada fría estaba fija en un punto inexistente, mostrando apatía absoluta por el entorno.
Maya sintió que el aura de poder que emanaba de aquel hombre la magnetizaba. No sintió miedo. Para ella, el miedo era lo que sentía Alana cuando miraba las facturas de la luz. Lo que sentía ahora era otra cosa. Era la sensación de haber encontrado la pieza que le faltaba a su sistema. Aquel hombre no era un pavo real de oficina ni un barril de grasa; era la definición física de la autoridad. Parecía un Dios en un mundo de mortales de papel.
—Es él —susurró Maya para sí misma, con una convicción que le erizó la piel.
Herold Guanches se levantó. Su movimiento fue fluido y pesado a la vez. Uno de sus hombres se acercó para decirle algo al oído, pero Herold solo asintió con un gesto de arrogancia calculadora. No sonreía. Su rostro era un muro de indiferencia que no dejaba pasar ninguna emoción humana. Maya vio cómo los hombres se tensaban cuando él empezaba a caminar hacia la salida del gimnasio.
Ella no dudó, consideró que era el momento ideal. Debía actuar en ese instante o nunca. Su personalidad impetuosa y rebelde tomó el control de sus piernas. No le importaba que Alana pudiera verla, no le importaba que aquellos hombres tuvieran miradas de perros cazadores. Maya salió de su escondite y avanzó con paso firme por el centro de la sala, con la barbilla en alto y la mirada fija en el gigante tatuado.
Herold se detuvo al ver a la pequeña intrusa bloqueando su camino a varios metros de distancia. Su expresión no cambió, pero sus ojos grises se entrecerraron, analizando a la niña como si fuera un error en el paisaje. La apatía crónica que padecía parecía vibrar en el aire; para él, aquella niña no era más que un estorbo irrelevante en su agenda de hierro.
Maya continuó caminando. El reconocimiento era mutuo en su mente: ella sabía quién era él, aunque nunca se hubieran hablado. Él era el refuerzo, el hombre fuerte, el objeto de su mayor deseo.
—¡Te encontré! —susurró de nuevo, esta vez con la voz clara mientras acortaba la distancia.
Los escoltas reaccionaron de inmediato. Al ver que la niña no se detenía y que se dirigía directamente hacia su jefe, dos de ellos se adelantaron con movimientos bruscos. Uno la sujetó por los hombros y el otro le bloqueó el paso, levantándola ligeramente del suelo con una fuerza innecesaria.
Maya no lloró, no entró en pánico. Al contrario, su rostro se transformó en una máscara de indignación autoritaria. Sus ojos grises se encendieron con una furia rebelde. Señaló a Herold con el dedo índice, ignorando la presión de las manos de los guardias sobre su cuerpo pequeño.
—¡Suéltenme, que tengo negocios importantes con él! —gritó Maya, con un tono de voz que resonó en todo el gimnasio, obligando a Herold a clavar su mirada fría directamente en ella.