Herold se detuvo. Sus pies, calzados con zapatillas deportivas de color n***o, quedaron anclados al suelo de caucho del gimnasio. No lo hizo por curiosidad, ni mucho menos por compasión. Se detuvo porque el grito de aquella criatura minúscula había perforado la burbuja de indiferencia en la que solía transcurrir su existencia. Observó a la niña que colgaba del agarre de sus hombres. Era un bulto de ropa gruesa y cabello oscuro que se sacudía con una vehemencia que rozaba lo ridículo.
—¡Bájala! —ordenó Herold, en un tono de voz que se escuchó como un grito, era un sonido bajo, cargado de una autoridad que no admitía réplicas.
Los escoltas obedecieron de inmediato, soltaron a Maya con un movimiento que la hizo tambalearse un segundo antes de recuperar el equilibrio. Ella se sacudió los hombros de su chaqueta con un gesto de fastidio, como si la hubieran ensuciado con el contacto.
—Jefe, parece que su club de fans está reclutando en el jardín de infancia —comentó uno de los escoltas, un tipo robusto llamado Vargas, soltando una carcajada breve—. No sabía que también tenía ese efecto en las más pequeñas. A este paso, hasta las muñecas van a querer su autógrafo.
Herold giró la cabeza hacia Vargas. Sus ojos grises no tenían rastro de humor. La apatía que lo caracterizaba se transformó en un asco visible.
—Ahórrate ese estúpido comentario, ¡A los niños ni con una pluma, imbécil! —escupió Herold, con un tono de voz cargado de desprecio, lo que hizo que la risa de Vargas se muriera en su garganta—. Si vuelves a decir algo así, te buscaré un reemplazo y te enviaré al cementerio.
De repente el silencio volvió a reinar en el gimnasio, y solo fue interrumpido por el zumbido del aire acondicionado. Herold volvió su atención a la niña. Maya estaba allí, de pie, frente a él, con las manos en las caderas y la respiración todavía un poco agitada por el forcejeo. Lo observaba con una fijación que Herold no había visto en hombres que llevaban armas en la cintura. No había rastro de lágrimas, ni el temblor en las piernas que solía preceder a las súplicas.
—¿Qué quieres, mocosa? —le preguntó Herold. Mientras esperaba su respuesta, cruzó sus brazos tatuados sobre el pecho, haciendo que las venas de sus antebrazos se marcaran bajo la piel bronceada—. No es un lugar para jugar. Vuelve con tu madre antes de que pierda la paciencia y te haga sacar de aquí de una forma que no te va a gustar.
Maya lo miraba fijamente, tenía los ojos entrecerrados, lo analizó de arriba abajo. Su lógica aplastante estaba trabajando a mil por hora. Hasta ese momento no sabía quién era él ni que hacía, pero para ella no se veía como un asesino, ni un criminal; lo veía como un activo de alto valor que necesitaba ser evaluado antes de la compra. Ignoró la amenaza de Herold como si fuera el zumbido de una mosca.
—¿Cuántos hijos tienes? —soltó la niña, manteniendo el dedo índice extendido hacia él.
Herold parpadeó. De todas las cosas que esperaba escuchar de una intrusa en su gimnasio privado, aquella pregunta no figuraba en la lista. Sus hombres intercambiaron miradas de desconcierto. Herold sintió una punzada de fastidio. La situación era absurda, una interrupción irritante en su rutina perfectamente orquestada.
—¿Hijos? —Herold soltó un bufido sarcástico—. No tengo hijos. No tengo tiempo para ruidos innecesarios ni para criaturas que ensucian mis alfombras, y créeme ahora agradezco que sea así, porque si son como tú prefiero la muerte. Ahora, lárgate.
—Mejor —respondió Maya, ignorando su palabrerio y asintiendo para sí misma como si acabara de tachar un requisito en una lista invisible—. Eso significa que no tengo que compartir nada.
Herold arqueó una ceja. La arrogancia de la niña era de una escala que no lograba comprender. Era una pulga desafiando a un elefante con la seguridad de quien posee el control de la selva.
—¿Dónde vives? —lo interrogó Maya en su análisis evaluativo—. ¿Por qué te molesta mi visita?
—¡Eres una mocosa imprudente! —la acusó Herold, dando un paso hacia ella para intentar intimidarla con su estatura. Se cernió sobre Maya como una sombra masiva, pero ella ni siquiera parpadeó—. Deberías tener miedo. Deberías estar corriendo a esconderte bajo las faldas de quien sea que te trajo a este hotel. ¿No te enseñaron a no molestar a los extraños?
Maya dio un paso adelante, acortando la distancia que él intentaba usar como arma. Se quedó a escasos centímetros de sus costosos tenis de lujo.
—En tu casa... ¿no te dijeron que es de mala educación responder una pregunta con otra pregunta? —le espetó la niña. Su voz era firme, sin el menor rastro de duda—. Mi mamá dice que los hombres que gritan mucho suelen ser los que menos tienen que decir. Y tú no has parado de decirme que me vaya, gritando, y sin decirme por qué te molesta tanto que esté aquí.
Herold se quedó mudo por un segundo. El impacto de las palabras de la niña lo golpeó en un lugar de su mente que solía estar sellado. Nadie, absolutamente nadie en esa ciudad, se atrevía a cuestionar su educación o su comportamiento. Menos una niña que apenas le llegaba a la cintura y que olía a jabón barato y medicamento.
—Tu madre debería enseñarte a cerrar la boca —le respondió Herold, recuperando su tono sarcástico—. O quizás es que ella es igual de imprudente que tú.
—Mi madre es una mujer sacrificada —replicó Maya con una seriedad que heló la sangre de los escoltas presentes—. Y ella no tiene la culpa de que tú seas un maleducado. Si no tienes hijos, es porque probablemente nadie quiere estar cerca de alguien que solo sabe dar órdenes, gritar y mirar a la gente como si fueran hormigas.
Herold sintió una chispa de algo que no era apatía. Era una mezcla de indignación y un reconocimiento retorcido. La niña no estaba allí para pedir un autógrafo, ni dinero, ni dulces. Estaba allí por una razón que él no alcanzaba a vislumbrar, pero lo hacía con una integridad que él mismo había perdido hacía mucho tiempo en las calles. La lógica de Maya era aplastante: ella lo estaba juzgando a él, y no al revés.
—¿Crees que puedes venir aquí y decirme cómo vivir? —le preguntó Herold con un tono de voz bajó, tanto que se volvió peligroso—. ¿Crees que porque eres pequeña tienes derecho a interrumpir mi día con tus preguntas estúpidas?
—No son estúpidas —lo corrigió Maya, cruzando los brazos sobre su pecho—. Son negocios. Pero parece que no eres tan inteligente como pareces. Los hombres de traje de afuera dijeron que eras el jefe; o por lo menos, eso les escuché decir. Un jefe sabe cuándo alguien tiene algo importante que decir.
Herold soltó una carcajada seca, sin rastro de alegría. El sonido fue crudo, carente de cualquier calidez humana. Sus años en la calle le habían enseñado que la gente siempre quería algo. Siempre. Pero esta niña no encajaba en ningún patrón. No había avaricia en sus ojos, solo una determinación feroz y una suspicacia que lo analizaba todo.
—Negocios —repitió Herold con sarcasmo—. ¿Y qué negocios puede tener una criatura que todavía tiene olor a leche con alguien como yo?
—Negocios de familia —respondió Maya con una solemnidad que detuvo el tiempo en el gimnasio—. Pero primero necesito saber si eres tan fuerte como dicen. Porque mi mamá no necesita a un flojo que solo se sienta a mirar a los demás trabajar.
Herold se quedó inmóvil, aunque sus facciones no revelaron ni una pizca de la extrañeza que sentía. En su mundo, las menciones a la familia solían ser súplicas de hombres moribundos o amenazas de enemigos desesperados, no el argumento de una niña que apenas levantaba tres palmos del suelo. Su capacidad de aguante para lo que consideraba malcriadeces infantiles era inexistente; para él, los niños eran seres ruidosos, carentes de utilidad y lógica, una distracción que su paciencia, forjada en la brutalidad de la supervivencia, no estaba dispuesta a tolerar.
Sin embargo, había algo en la forma en que ella pronunciaba la palabra "mamá" que no sonaba a capricho, sino a una estrategia de supervivencia que él mismo recordaba haber usado en el asfalto. No sabía quién era la madre, ni le interesaba en lo más mínimo el nombre de la mujer que seguramente estaría buscándola, pero la audacia de la pequeña para cuestionar su utilidad física frente a sus propios hombres fue un insulto tan creativo que, por un segundo, detuvo su intención de mandarla a sacar a empujones.
Aquella mocosa no estaba teniendo un berrinche; estaba realizando un análisis sobre su propia persona, y esa insolencia era lo único que evitaba que Herold la borrara de su vista de un plumazo.
La intriga comenzó a suplantar al fastidio. Herold Guanches no se interesaba por nada que no tuviera un beneficio directo para su organización, pero la ausencia total de miedo en aquella niña era una anomalía que su cerebro no podía ignorar. Todos en ese hotel, desde el gerente hasta los hombres de seguridad más curtidos, evitaban encontrarse con sus ojos. Ella, en cambio, lo miraba como si estuviera decidiendo si valía la pena el esfuerzo de hablarle.
Herold decidió bajar a su nivel, no por amabilidad, sino para observar de cerca aquel fenómeno de rebeldía. Flexionó sus rodillas y se puso en cuclillas, quedando a la altura de los ojos de Maya. El olor de la niña, una mezcla de enfermedad reciente y algodón limpio, chocó con el olor de Herold a sudor, tabaco y cuero.
Sus ojos grises, cargados de la frialdad de mil inviernos, se clavaron en los ojos también grises de Maya, que brillaban con una luz impetuosa.
—Dime una cosa, mocosa —exigió Herold, con un tono de voz que se escuchó en un susurro denso que solo ella podía oír con claridad—. ¿Sabes quién soy? ¿Tienes idea de lo que la gente dice de mí cuando no estoy delante?
Maya no retrocedió ni un milímetro. Sostuvo la mirada del hombre que hacía temblar a la ciudad sin pestañear. Observó las líneas de expresión en su frente y la dureza en la comisura de sus labios. Para ella, él no era más que su objetivo. No se inmutó. Él era la respuesta a las lágrimas nocturnas de Alana.
—No —le respondió Maya con una voz que no vaciló ni un segundo—, pero sé quién vas a ser.