Herold se incorporó con una lentitud calculada que denotaba aburrimiento absoluto. La intensidad de la niña había dejado de ser una novedad para convertirse en una interferencia molesta, un ruido blanco que interrumpía la frecuencia de su pensamiento. No añadió una sola palabra; simplemente le dio la espalda, dejando a Maya allí, pequeña y firme en medio de la inmensidad del gimnasio.
Para él, aquel encuentro era el residuo de una mañana malgastada, un intercambio de frases sin peso que su mente archivó bajo la categoría de ruidos irrelevantes. Sus escoltas lo rodearon de inmediato, formando un muro de trajes oscuros que ocultó su figura mientras avanzaban hacia la salida con pasos rítmicos y pesados.
Maya no se movió. Se quedó con los brazos cruzados, observando cómo el grupo se alejaba hacia los ascensores de alta velocidad.
—No preguntaste cómo se llamaba —Se reprochó en un susurro—. ¿Ahora cómo encuentro a mí papá? ¡Qué bruta eres, Maya!
Tuvo la intención de ir a preguntarle, pero una mujer con un carrito de limpieza se interpuso y colocó un cono de esos que impiden el paso. Enojada, en su cerebro procesaba la falta de un nombre como el único error en su evaluación de riesgos. Necesitaba la identidad del activo para cerrar el contrato de negocio que en su mente precoz acababa de redactar. El fastidio le apretaba la mandíbula; odiaba los cabos sueltos.
Miró que el grupo de hombres se detuvo frente a las puertas metálicas del ascensor. Justo cuando las hojas de acero se abrían con un siseo neumático, un hombre de edad avanzada, vestido con un traje de sastre que gritaba opulencia y una corbata de seda perfectamente anudada, salió del elevador y extendió una mano con un entusiasmo que Maya detectó de inmediato como falso.
—¡Herold Guanches! Qué coincidencia encontrarlo aquí —exclamó el empresario, en un tono de voz que retumbó en el pasillo.
El gigante se giró. Respondió al llamado. Ese movimiento, seco y dominante, fue la confirmación que Maya esperaba. Grabó el nombre en su memoria con la fuerza de un sello de hierro: Herold Guanches. El hombre del traje, ajeno a la pequeña espía que los observaba desde la distancia, se llevó a Herold hacia una zona apartada que bordeaba los ascensores para hablar en privado. Los escoltas se distribuyeron en un perímetro defensivo, bloqueando cualquier acceso visual o físico al jefe.
—¡Maya! —El grito de Alana, a la distancia, rompió la atmósfera de espionaje.
Su madre apareció por el pasillo lateral, con el rostro desencajado y el uniforme de mesera ligeramente arrugado por la agitación del servicio y el susto. Alana llegó hasta ella y la sujetó por los hombros, revisándola de arriba abajo con una angustia que Maya consideró, internamente, como una pérdida de energía vital.
Maya torció los ojos en desaprobación a la inoportuna aparición de su madre.
—¿Dónde estabas? Te dije que no salieras del cuarto —le recriminó Alana en un susurro cargado de pánico, mirando hacia los lados para asegurarse de que ningún supervisor las observaba—. Me va a dar algo, Maya. Si el gerente te ve deambulando por aquí, nos echan a la calle hoy mismo. ¿Es que no entiendes lo que nos jugamos?
Maya puso los ojos en blanco, un gesto de impaciencia que Alana no vio porque estaba demasiado ocupada temblando.
—Estaba hablando con mi papá —respondió la niña con una calma que rozaba el cinismo.
Alana soltó un suspiro de frustración pura y la tomó de la mano, tirando de ella con una firmeza que pretendía ser autoritaria, pero que Maya leyó como simple exceso de dramatismo, exageración.
—Deja esos juegos tontos, por favor. No tenemos tiempo para fantasías de niños ricos. Vámonos ahora mismo al cuarto de descanso. Tienes prohibido despegarte de esa cama hasta que termine mi turno. Es nuestro sustento, Maya. Nuestra comida. No lo arruines con tus ocurrencias.
Maya se dejó llevar, pero su rostro era una máscara de sarcasmo silencioso. Mientras Alana la arrastraba por los pasillos de servicio, la niña observaba las manos callosas de su madre y pensaba en lo ineficiente que era trabajar doce horas para apenas pagar una bombilla. No ofreció resistencia física porque estar en el pasillo o en el cuarto de descanso ya le era indistinto: ya tenía el nombre en su poder. Herold Guanches. La pieza final.
El resto de la tarde fue un ejercicio de tedio absoluto. Alana entraba y salía del cubículo para darle comida o revisar su temperatura, siempre con esa mirada de mártir que Maya encontraba irritante. Al final de la jornada, antes de salir del hotel, Alana la llevó a la cocina trasera. Un compañero de trabajo, Julián, un hombre que siempre intentaba comprar la simpatía de Alana con gestos amables, le acercó una copa de helado inmensa, decorada con sirope barato.
Maya comenzó a comer el helado con la parsimonia de un analista. Observó a Julián, quien limpiaba la barra con movimientos circulares y mecánicos, tratando de entablar conversación con Alana, quien lo ignoraba mientras contaba mentalmente sus propinas.
—Julián —dijo Maya, llamándolo para que se acercará a ella, mientras dejaba la cuchara suspendida en el aire con un gesto aristocrático que no encajaba con su ropa desgastada—. Ven, acercate—le pidio en voz baja moviendo sus frágiles dedos.
Julián que la consideraba una niña con un coeficiente superior a muchos niños de su edad, la observó curioso, miró atrás para ver si Alana los estaba viendo, y al comprobar que no y se acercó a la niña.
Nata buscó el oído del hombre.
—¿Tú conoces a un hombre llamado Herold Guanches? —le preguntó en un susurro que apenas el hombre escuchó.
El trapo de Julián que seguía moviendo en el aire se detuvo. El hombre guardó un silencio pesado, se incorporó sobre sus piernas en una posición erguida, miró hacia la puerta de la cocina, luego a Alana, y finalmente fijó la vista en la niña con una expresión de alarma genuina.
—¿Por qué preguntas por ese señor, Maya? —preguntó Julián en un susurro que buscaba no llamar la atención—. No deberías decir ese nombre aquí. No es gente de la que se hable por gusto. Es... peligroso.
Maya soltó un bufido de fastidio, golpeando la mesa con la cucharilla. La reacción temerosa de los adultos le parecía una debilidad patética.
—Ya sé que es peligroso, Julián. No soy tonta. No seas exagerado. Es solo una pregunta sin importancia. Tú lo conoces. Dime dónde vive o dónde trabaja —exigió la niña, inclinándose hacia adelante, ignorando por completo la mirada de advertencia que su madre le lanzaba desde el otro extremo de la barra sin saber en realidad de qué hablaban ella y Julian
Julián negó con la cabeza frenéticamente, apretando los labios como si tuviera miedo de que las palabras lo quemaran. Guardó un misterio absoluto, se dio la vuelta y se alejó hacia el área de lavado sin decir nada más.
Maya se cruzó de brazos, decepcionada, pero no sorprendida. Los adultos eran muros de miedo, pero ella era un taladro de voluntad. Creía que él miedo de Julián era por eso de los depredadores de niños, estaba hastiada de que le hablarán del tema. Sabía que Guanches era poderoso, su fuerza física y ese carácter insoportable se lo dijeron en la escasa conversación que tuvieron, y si el mundo le temía por alguna razón, entonces su elección era la correcta. No era un depredador de niños, él solo huyó de ella, no intentó nada inusual. Su olfato se lo dijo.
Esa noche, en el apartamento de paredes desconchadas, Maya ejecutó la fase dos. Fingió estar dormida y esperó a que la respiración de Alana se volviera pesada, que alcanzará ese ronquido leve que indicaba que el cansancio físico había vencido finalmente a la ansiedad. Se levantó de la cama con movimientos de sombra, tomó el teléfono de su madre —un aparato con la pantalla astillada— y se fue a la pequeña sala de estar.
Bajo la luz azulada de la pantalla, Maya se convirtió en una investigadora implacable. Se metió en internet y tecleó el nombre. Los resultados fueron una avalancha de poder: Herold Guanches era el dueño de un holding logístico y de seguridad con una sede monumental al otro lado de la ciudad. Vio fotos de él , muchas, y de un edificio de cristal oscuro y acero que parecía una fortaleza moderna.
—Empresario —susurró Maya con sarcasmo mientras leía un artículo que lo describía como "un hombre de pocas palabras y mano de hierro"—. Qué forma tan elegante de decir que es el dueño de todo.
Con esa información, consultó luego mapas, líneas de transporte y horarios. Su lógica le dictó que el bus de ruta larga era la opción más viable para llegar hasta él. Era barato, pasaba cada veinte minutos y el flujo constante de gente le permitiría ser invisible. Tomó nota de todo en un trozo de papel de carnicería, con una letra pequeña y decidida.
Al día siguiente, durante el desayuno, Maya decidió obtener el capital necesario.
—Mamá, necesito que me aumentes el dinero de las meriendas —soltó la niña, observando el café ralo de Alana.
Alana la miró con una mezcla de cansancio y lástima.
—Maya, sabes que no tengo. Cada centavo está estirado hasta que se rompe. No me pidas imposibles hoy, por favor. Tengo que entrar temprano al turno.
Maya no insistió. Pensó de inmediato que no tenía sentido.
«No es eficiente discutir con el hambre», pensó mirando a Alana con lástima.
Se fue a su cuarto, abrió una cajita de cartón y sacó unos ganchos de lazo con pedrería falsa que su madre le había regalado hacía meses. Los observó sin emoción. Eran bonitos, pero el afecto no pagaba pasajes de bus. Antes de entrar al colegio, abordó a una madre de familia que siempre presumía de los accesorios de sus hijas y le vendió los lazos y otros objetos que creía de valor, por un precio ridículo, pero suficiente para sus fines.
Al tercer día, el plan se activó. Maya, tomónsu alcancía, que contenía sus ahorros de dos años ininterrumpidos de estar guardando lo que le sobraba de las meriendas, la metió en su mochila y salió con su madre rumbo a la escuela. Esperó a que Alana doblara la esquina tras dejarla en la puerta del colegio. En lugar de entrar, se ajustó la mochila y caminó con paso rápido hacia el lateral izquierdo del edificio. Esquivó a la maestra de guardia con una maniobra de distracción sencilla, mezclándose con un grupo de obreros que reparaban una acera cercana.
Caminó seis cuadras hasta la parada de buses interurbanos. Cuando el bus destartalado llegó, Maya se escabulló entre el tumulto de personas que subían atropelladamente. Su estatura y su agilidad le permitieron pasar por debajo del brazo del cobrador y sentarse al fondo, en el último rincón, pegada a la ventana.
Durante dos horas, observó cómo los edificios de apartamentos se convertían en galpones industriales. El bus vibraba, el calor era asfixiante y el olor a gasoil llenaba el aire, pero Maya se mantenía erguida, con una expresión de fastidio absoluto hacia los pasajeros que se quejaban del tráfico. Ella tenía un objetivo y no estaba dispuesta a que la mediocridad del entorno la distrajera.
Finalmente, el bus se detuvo frente a la mole de cristal de la Corporación Guanches. Maya bajó del bus y se paró frente a la entrada principal. El lugar exhalaba una frialdad intimidante. Dos guardias con uniformes tácticos y miradas de perros guardianes custodiaban el portón electrónico.
Maya no dudó. Caminó directo hacia ellos, con las manos en los bolsillos y la barbilla apuntando al cielo.
—Vengo a ver a Herold Guanches —dijo la niña, mirando al guardia más corpulento con un sarcasmo que lo dejó mudo—. Díganle que su hija está aquí para cerrar el negocio que tenemos pendiente. Y no me digan que está ocupado, mi tiempo también es importante.
El guardia soltó una carcajada burlona, estirando el brazo para apartarla como si fuera un insecto molesto.
—Lárgate de aquí, mocosa, antes de que llame a la policía por alterar la tranquilidad —le espetó el hombre, con un tono de voz condescendiente que hizo que los ojos grises de Maya se encendieran en furia.
Pero en ese preciso instante, una camioneta negra blindada, de cristales tan oscuros, se detuvo frente al portón. El motor rugía suavemente. El vidrio trasero bajó con un zumbido eléctrico, revelando el perfil tallado en piedra de Herold Guanches. El hombre observaba la escena con una apatía que, al reconocer la figura menuda y desafiante de la niña, se transformó en una chispa de incredulidad absoluta.
—¡Tú otra vez! —dijo Herold, dejando salir un tono de voz saliendo del interior del vehículo que se escuchaba como un trueno bajo.
Maya dio un paso adelante, ignorando la mano del guardia que todavía intentaba frenarla. Se acercó a la ventanilla y golpeó el marco de la puerta con sus nudillos, con una impaciencia que hizo que los escoltas dentro del coche palidecieran.
—Te dije que no tengo que compartir —respondió Maya, mirando a Herold directamente a los ojos, sin un ápice de sumisión—. Abre la puerta, baja de ahí y dile a este gorila que me deje pasar. Tenemos que firmar el contrato ahora mismo, porque mi mamá sale de turno en unas horas y no pienso darle explicaciones de por qué su nuevo esposo es tan difícil de localizar.
El silencio que siguió fue absoluto. Herold Guanches, el hombre que no sentía nada, se quedó mirando a la niña de ocho años que acababa de decidir su destino, mientras los guardias de la entrada contenían el aliento ante la audacia suicida de la pequeña.
—Sube —le ordenó Herold finalmente, con una voz que no revelaba si iba a adoptarla o a deshacerse de ella para siempre.