Las puertas de la camioneta se cerraron con un golpe sordo, sellando el interior del vehículo en un silencio presurizado por el aire acondicionado. Herold ni siquiera se tomó la molestia de acomodarse en el asiento de cuero; se giró hacia la niña con una fijación que habría hecho que cualquier hombre adulto confesara crímenes que no cometió. Su paciencia, siempre escasa, se estaba evaporando bajo la luz mortecina del estacionamiento subterráneo.
—Habla rápido, mocosa —soltó Herold, con un tono de voz que se escuchaba como un trueno contenido que vibraba en las puertas blindadas—. ¿Quién te mandó? ¿Qué clase de plan traes? Si crees que este es un juego de escondite, te aseguro que no te va a gustar el final.
Maya lo observó con una calma que rozaba lo insultante. Se acomodó en el asiento como si fuera la dueña de la flota de vehículos, cruzando sus piernas pequeñas con un gesto de suficiencia. Sus ojos grises escanearon el interior de lujo, desde las pantallas digitales hasta las costuras del techo, antes de fijarse en el rostro tallado en piedra de Herold.
—Este no es lugar para hablar de negocios —sentenció Maya, soltando un suspiro de fastidio que dejó a Herold mudo—. Lo más correcto, si es que de verdad eres el empresario que dicen los medios, es que me invites a tu oficina. No voy a discutir términos de contrato entre llantas y olor a gasolina. Ten un poco de clase, Herold.
El silencio que siguió fue absoluto. Herold sintió que la lógica de la niña golpeaba su arrogancia de una forma que ningún enemigo armado había logrado jamás. Aquella criatura minúscula le estaba dando lecciones de protocolo empresarial en su propio territorio.
—No voy a ir contigo a ninguna parte —replicó Herold, recuperando el tono cáustico—. No sé quién carrizo eres, ni qué pretendes. ¿Quién te envió? ¿Es una táctica de distracción de la competencia o alguna trampa de mis enemigos? Responde ahora o te saco de aquí por la ventana.
Maya torció los ojos, mostrando un desprecio que le dio un aire de arpía en miniatura.
—No pienso responderte absolutamente nada hasta que me lleves a un lugar decente —replicó ella con una tranquilidad que no admitía grietas—. Si quieres información, paga el precio. El precio es un escritorio y algo de respeto profesional. Tú eliges si prefieres seguir perdiendo el tiempo en un sótano.
Herold apretó los dientes, sintiendo una punzada de furia mezclada con una curiosidad retorcida. La audacia de la niña era un desafío que su mente calculadora no podía ignorar.
—Abre la puerta —le ordenó Herold al escolta, con un tono que denotaba fastidio crónico.
Bajó del vehículo con zancadas pesadas y avanzó hacia los ascensores privados, dejando atrás a aquella pequeña versión de demonio que, de manera inexplicable, estaba logrando que él rompiera todas sus reglas de seguridad solo por el placer de saber qué demonios tenía que decirle.
Las puertas del ascensor se deslizaron con un susurro metálico, revelando un cubículo revestido en madera de caoba y espejos ahumados que duplicaban la figura imponente de Herold y la silueta diminuta de Maya. El estacionamiento subterráneo de la Corporación Guanches quedó atrás, pero la tensión se mudó al espacio confinado del elevador. Herold no se había quitado la chaqueta todavía; permanecía de pie, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de sastre, mirando el indicador de pisos con una atención que pretendía ignorar la presencia de la niña.
Maya, por su parte, no mostraba el menor signo de intimidación. Se colocó justo en el centro del ascensor, ajustándose las correas de su mochila con un gesto de suficiencia. Sus ojos grises escaneaban los botones digitales y el acabado del techo.
—Hable rápido, mocosa —soltó Herold sin mirarla. Su voz era un gruñido bajo que rebotaba en los espejos—. ¿Quién te mandó? ¿Qué clase de plan traes? Si crees que voy a perder la mañana escoltando a una niña perdida, estás muy equivocada.
Maya ladeó la cabeza, observando el perfil de piedra del hombre. Soltó un suspiro de fastidio, como si estuviera tratando con un empleado lento que no comprende las instrucciones básicas.
—¿Como te hago entender que este tampoco es el lugar para hablar de negocios, Herold? —respondió ella, usando su nombre con una familiaridad punzante—. Lo más correcto es que esperes a que lleguemos a tu oficina. Como empresario veo que te hace falta mucha paciencia —suspiró—. Ya te pareces a Alana.
Herold se quedó mudo. Giró la cabeza lentamente hacia ella, con una expresión de incredulidad que por un segundo quebró su máscara de apatía. Había enfrentado a sicarios, a políticos corruptos y a socios traidores, pero nunca a una versión miniatura de una arpía que le exigía clase y ahora paciencia en su propio edificio.
—¿Quién te envió? Responde ahora o te dejo en el siguiente piso con el personal de limpieza.
Maya se cruzó de brazos, clavando sus pies en la alfombra del ascensor.
—No pienso responderte nada hasta que me lleves a un lugar digno de hablar sin interrupciones —replicó ella con una lógica aplastante—. Si quieres información, espera un poco. Tú decides si prefieres seguir gritando aquí o ser un profesional.
Herold apretó los dientes. El fastidio por la niña caprichosa que tenía al frente estaba llegando a un punto crítico, pero la curiosidad —esa chispa extraña que ella lograba encender— fue más fuerte, minuto a minuto se fue acrecentando. Un enemigo ruidoso es fácil de manejar, pero una niña que se comportaba como si fuera la dueña del holding era un enigma que necesitaba resolver.
—Eres un karma, eso es lo que eres —masculló Herold mientras el ascensor llegaba al último nivel.
Las puertas se abrieron directamente al despacho principal. Herold salió primero, dando zancadas largas que obligaron a Maya a trotar un poco para no quedarse atrás. El despacho era un emporio de dimensiones incalculables: ventanales de piso a techo que mostraban la ciudad como un juguete a sus pies, un escritorio de mármol n***o que parecía un altar al poder y estanterías llenas de libros que nadie leía.
Herold no esperó. Se quitó la chaqueta del traje con un movimiento violento y la arrojó sobre un perchero de diseño. Se desabrochó los botones superiores de su camisa, revelando el inicio de los tatuajes en su cuello, y se sentó detrás del escritorio. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la superficie pulida.
—Espero tu respuesta —le advirtió con una frialdad absoluta—. Necesito que me aclares quién eres, mocosita. Y hazlo rápido antes de que mi paciencia se agote del todo.
Maya caminó por la oficina, evaluando los muebles antes de sentarse en una silla de cuero frente a él. Se tomó su tiempo. Observó a Herold por un buen rato, analizando la dureza de su mandíbula y la falta de emoción en sus ojos. Ella no veía a un mafioso; veía el activo que Alana necesitaba para dejar de llorar.
—Soy tu hija —soltó Maya con una seguridad que detuvo el aire en la habitación.
Herold soltó una carcajada oscura, un sonido seco que no llegó a sus ojos.
—No tengo hijos. Ya te lo dije en el gimnasio. Si vienes a extorsionarme con una historia de paternidad, te equivocaste de hombre.
—No me entiendes —lo interrumpió Maya, sacando su mochila y poniéndola sobre el mármol n***o—. He venido a adoptarte. He decidido que tú vas a ser mi papá.
Antes de que Herold pudiera soltar otro sarcasmo, Maya sacó su alcancía de metal. La caja de galletas vieja tenía una hendidura hecha con tijeras en la tapa. Con un movimiento decidido, Maya volcó la alcancía sobre el escritorio de mármol.
Una chorrera de monedas de baja denominación, centavos oxidados y unos pocos billetes arrugados y sucios rodaron por la superficie de lujo, chocando contra los portalápices de cristal y los documentos de millones de dólares. El sonido del metal barato golpeando el mármol era un insulto a la opulencia del lugar.
—Espero que esto sea suficiente para pagarte por un tiempo —le dijo Maya con seriedad absoluta que demostraba determinación, firmeza—. Es el ahorro de dos años. Mientras finalizamos el papeleo, conseguiré la otra parte del dinero.
Herold observó el montón de chatarra sobre su escritorio. Lo que provocó que una nueva carcajada, esta vez más cínica, se escapara de su garganta.
—Niña, mi tiempo cuesta más de lo que tú y tu familia ganarán en tres vidas —le dijo, tratando de intimidarla—. Esto no paga ni el café que se toma mi escolta. Es una broma osada, pero ya se acabó. Recoge tu basura y vete.
Maya no se inmutó. Su mirada no se desvió de la de él.
—No importa —respondió ella con una voz carente de duda—. Tengo el tiempo suficiente para reunir todo el dinero que vales. Ahora necesitamos esclarecer los otros términos del contrato. Tengo entendido que hay un edificio en el centro donde uno hace los trámites para adoptar a un m*****o de la familia. Un amigo de la escuela me lo explicó. Tú y yo debemos ir a ese edificio, hablar con la mujer que hizo la adopción de mi amigo y resolver con ella todo lo necesario.
Herold la miraba con una incredulidad que sobrepasaba fronteras. En su vida en la calle había visto violencia cruda, traiciones sangrientas y pactos con el diablo, pero nunca había escuchado semejante barbaridad. Una niña de siete, ocho o nueve años quizás se había colado en su fortaleza para manipularlo, para decirle que lo iba a comprar como si fuera un juguete de segunda mano.
—¿Tú crees que yo soy un trámite? —preguntó Herold, está vez el tono de su voz bajó a un nivel peligroso—. ¿Crees que puedes sacarme de aquí para llevarme a una oficina de gobierno a firmar qué carajos?
—Es lo que hace la gente que quiere estar junta —respondió Maya con su lógica aplastante e inocente—. Mi mamá está sola y tú pareces alguien que no tiene a nadie a quien cuidar, y yo necesito un papá. Es un intercambio justo. Tú nos das tu fuerza y yo te doy un lugar cálido donde no tengas que estar rodeado de hombres todo el tiempo. Porque seguro que solo te la pasas rodeados de hombres y aburrido.
Herold, no lo podía creer. No salía de su asombro.
Mientras en el despacho de Herold el tiempo parecía haberse detenido ante la ocurrencia de la pequeña, en la planta baja del edificio monumental, la realidad seguía su curso violento.
En el perímetro exterior, cerca de la zona de carga, uno de los escoltas de avanzada mantenía su posición. Era un hombre de mirada esquiva que había estado presente cuando Maya abordó a los guardias en la entrada. Había escuchado con total nitidez cuando la niña gritó a pleno pulmón que era "la hija de Herold Guanches". Para los guardias de la puerta había sido un chiste, pero para este hombre, esa confesión era una herramienta de guerra.
El escolta se alejó hacia una zona de sombra, asegurándose de que nadie lo observara. Sacó un teléfono desechable y marcó un número que no estaba en la agenda de la corporación.
—Tengo algo —susurró el hombre, mirando hacia las ventanas del último piso—. Una niña entró al edificio. Dijo frente a todos que es la hija de Guanches. El jefe la subió a su oficina. No es un juego, la subió a su despacho privado.
Al otro lado de la línea, una voz ronca dio una instrucción precisa.
—Si Guanches tiene una debilidad tan pequeña, quiero que la traigas —ordenó la voz—. Si es su sangre, es nuestra llave para abrir su garganta.
El escolta cerró el teléfono con un clic seco. En el despacho, Maya seguía enumerando las ventajas de su adopción, sin saber que sus palabras habían encendido una mecha que amenazaba con reducir a cenizas el frágil mundo de Alana. El destino de la niña, el mafioso y la madre que seguía sirviendo mesas sin saber que su hija estaba negociando su vida, acababa de cambiar para siempre.