El silencio que siguió a la propuesta de Maya no fue de paz, sino el preludio de una tormenta. Herold Guanches observó las monedas esparcidas sobre su escritorio de mármol n***o con una repulsión que no pudo ocultar. Para un hombre que movía millones con un chasquido de dedos, aquel metal oxidado era un insulto, una burla a su imperio. Se incorporó de golpe, su enorme figura proyectó una sombra que devoró la luz de la oficina. Con un movimiento brusco, dio un manotazo sobre la superficie pulida. Varias monedas se deslizaron, tintineando con un sonido seco antes de golpear el suelo y rodar hacia los rincones oscuros del despacho.
—Se acabó el juego, mocosa —sentenció Herold, mientras su voz vibraba con furia contenida—. Recoge tu chatarra y lárgate de mi empresa ahora mismo. No me importa quién te envió ni qué fantasía tienes en la cabeza. Si cruzas esa puerta en este instante, quizás no haga que te busquen. Vete si no quieres verte en problemas de verdad.
Maya no se inmutó. Permaneció sentada en la silla de cuero, con las piernas cruzadas y la espalda recta, observando al coloso que bufaba frente a ella. No había rastro de miedo en sus ojos grises; solo una chispa de análisis frío.
—El que se va a meter en problemas eres tú —le respondió Maya con una calma que desquició a Herold—. Ya te dije que tenemos un trato. Un empresario que rompe contratos antes de firmarlos no llega muy lejos. Mi tiempo también vale, y ya gasté dos horas de mi vida, una para llegar aquí y otra en este edificio. Debemos ir a hacer el contrato y luego ir a donde esa señora para adoptarte y tú le digas a todos que soy tu hija.
Herold rodeó el escritorio, acercándose a ella como una bestia que acorrala a su presa. Su vestimenta, un traje n***o de tres piezas que gritaba autoridad, contrastaba con la pequeña figura de uniforme escolar que lo desafiaba.
—No hay contrato. No hay trato. No soy tu padre y no iré contigo a ningún lado —rugió él, inclinándose hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del de la niña—. Soy la última persona que quieres tener como enemigo, gusanillo insolente.
—Es que yo no vine para ser tu enemiga, vine para decirte que eres mi papá —le contestó Maya como si hubiera dicho algo natural.
Justo cuando la tensión amenazaba con estallar, un suave pitido interrumpió el duelo. La secretaria, una mujer de aspecto impecable y gestos nerviosos, apareció en el umbral de la puerta.
—Señor Guanches, lamento interrumpir, pero los socios de la logística están en la sala de juntas. La reunión de emergencia comienza ahora —anunció la mujer, evitando mirar a la niña.
—Sí, es sobre el asunto de la traición en el puerto —mencionó Herold.
Herold cerró los ojos y tomó aire, tratando de recuperar el mando sobre sus impulsos. La reunión era vital; se trataba de cortar una cabeza antes de que el virus de la deslealtad se extendiera. Se ajustó los puños de la camisa y caminó hacia la salida, pero se detuvo en seco antes de cruzar el marco. Giró la cabeza, fijando su vista en Maya. Se llevó dos dedos a los ojos y luego señaló a la niña, un gesto universal de vigilancia.
—Cuando vuelva, no te quiero ver aquí. Si sigues en mi silla, te sacarán por la fuerza. ¿Entendido?
Maya le torció los ojos con una arrogancia que superaba la suya.
—Confía en eso —respondió ella con una sonrisa mínima.
Herold lo tomó como una rendición, una afirmación de que se marcharía. No entendió que para Maya, aquellas palabras eran una amenaza: ella no planeaba moverse hasta doblar la voluntad del mafioso.
Pasaron cinco horas. Durante ese tiempo, el despacho de Herold se convirtió en el reino de Maya. La secretaria, incapaz de lidiar con la mirada suspicaz de la niña y su lógica aplastante, terminó cediendo a cada una de sus exigencias. Maya, instalada con total comodidad, le pidió sándwiches de jamón serrano, refrescos fríos y copas de helado que consumía con la parsimonia de un crítico gastronómico. No era una niña jugando; era una negociadora esperando su momento. Se propuso no salir de allí sola. Si Herold Guanches era el hombre más difícil de la ciudad, ella sería el obstáculo más grande de su existencia.
Mientras tanto, en la sala de juntas, el ambiente era de muerte. Herold, sentado a la cabecera, escuchaba los informes de Vargas, su escolta más fiel. Hablaban de dar de baja a un socio que había estado filtrando rutas de transporte a la competencia. La apatía de Herold era total; para él, la vida de un traidor no valía más que el humo de su cigarro. Olvidó por completo a la niña
Cuando la reunión terminó, Herold se fue directo a almorzar en un restaurante, regresó a su oficina pasadas dos horas con paso pesado, acompañado de Vargas. Seguían discutiendo los detalles de la ejecución del socio cuando Herold abrió la puerta de su santuario privado. La imagen que encontró lo dejó paralizado.
La enorme televisión de pantalla plana, que usualmente estaba oculta detrás de unos paneles de madera de caoba, estaba encendida. Maya estaba hundida en el sofá de diseño, con los pies sobre la mesa de centro, viendo dibujos animados de colores estridentes mientras terminaba su tercer helado.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó Herold, con un tono de voz retumbó en las paredes.
Maya ni siquiera se giró. Se limitó a subir el volumen del televisor.
—Llegas tarde —le dijo May, con un tono de reproche que le heló la sangre al escolta—. El servicio en esta empresa es lento, pero los dibujos animados son de buena calidad. Deberías verlos, tal vez así aprendas a no ser tan amargado.
Herold giró hacia su secretaria, que apareció temblando en el pasillo.
—¿Por qué sigue aquí? —le gritó.
—Señor... yo... ella es de carácter difícil —balbuceó la mujer con los ojos muy abiertos por el susto—. No quiso obedecerme. Como dijo que era su hija, imaginé que si la forzaba me ganaría un despido inmediato. No me atreví a tocarla.
Maya intervino finalmente, poniéndose de pie y señalando el reloj de pared con un gesto imperioso.
—Al fin regresas. Por tu culpa me ganaré un regaño de Alana por llegar tarde —le dijo con una seriedad que no admitía réplicas.
Vargas, al ver la actitud mandona y mal encarada de la niña, no pudo evitar soltar una pequeña risita.
—¡Perseverante y atrevida, la mujercita!
La escena era tan absurda que rozaba lo surrealista: el hombre más temido de la ciudad estaba siendo regañado por un gusanillo que apenas le llegaba a la cintura.
—Vete de mi empresa —le gritó Herold, dando un paso hacia ella—. ¡Ahora!
—No me voy —respondió Maya, plantando su cuerpo y endureciendo las facciones de su rostro—. Y menos me voy sola. Mira la hora que es, Herold. Ya está a punto de oscurecer. Hace dos horas que debía estar de regreso con Alana en ese lugar que ella llama hogar. Si antes ella solo se sentaba a sacar cuentas y llorar por los gastos que nunca termina de pagar, ahora no se olvidará de llorar y me va a tener en una algarabía constante porque la desobedecí por tu culpa.
Herold se llevó la mano a la cabeza, sintiendo que una migraña comenzaba a martillear sus sienes. Giró sobre sus pies, tomó varias respiraciones profundas intentando no perder el control frente a sus subordinados. El fastidio y la frustración le quemaban el pecho.
—¿Quién carajos es Alana, niña insoportable? —preguntó finalmente, con el tono de voz de alguien que está a punto de rendirse ante la locura.
—Mi mami... tu esposa —respondió Maya con una seguridad tan absoluta que, por un segundo, el aire volvió a desaparecer de la habitación.
Herold soltó una carcajada seca, llena de veneno que helaba la sangre. La situación era retorcida, pero la convicción de la niña era un espectáculo que incluso él tenía que reconocer. Estaba acostumbrado a conspiraciones de alto nivel, no encontraba un asidero lógico a eso que estaba viviendo.
—Yo que tú, no me reiría tanto —le advirtió Maya, señalándolo con un dedo acusador—. Te va a caer encima y, de tantos gritos, quedarás sordo. No te lo deseo, pero es lo que te espera cuando te vea. El primer día y ya fallaste como papá.
La seguridad en su expresión era tan aplastante que Vargas, el escolta, no pudo evitar intervenir mientras observaba la escena con una mezcla de respeto y burla.
—Es buena actriz la pequeña embaucadora —comentó Vargas entre dientes.
—No sé a qué juega, pero lo que sea, lo hace bien —respondió Herold, frotándose las sienes con frustración.
—Y jefe, lamento informarle que no desistirá.
—¡Deja de decir idioteces y sácala de mi vista! —le ordenó Herold a su hombre, perdiendo finalmente la poca paciencia que le quedaba.
Maya, que había vuelto su atención al dibujo animado en la enorme pantalla, respondió sin siquiera dignarse a mirarlos. Su voz salió con una parsimonia irritante.
—Recuerda lo que dijiste: “A una niña ni con el pétalo ¿de qué?“, Bueno, eso. No se atreva a tocarme. De aquí no me voy sola.
Herold estalló de una, y sin más reparos, cruzó el despacho, tomó la mochila de Maya que aún descansaba sobre el escritorio de mármol y la alcanzó de un tirón. La tomó por el brazo con una firmeza que no admitía réplicas, obligándola a ponerse de pie. La arrastró fuera de la oficina, haciendo que la niña tuviera que trotar para seguir el ritmo de sus zancadas pesadas hasta llegar al ascensor. Los pocos empleados que quedaban en el edificio observaron el espectáculo con ojos desorbitados mientras el "coloso" y su "hija" se embarcaban en el elevador.
Al llegar a la planta baja, Herold la giró con brusquedad, le puso el morral en la espalda y abrió la puerta principal. Le hizo una seña imperiosa al escolta que custodiaba la entrada para que abriera el portón y, sin mayor ceremonia, empujó a la niña hacia el exterior, donde la oscuridad de la noche empezaba a devorar las calles.
—¡Eres un cobarde! —le gritó Maya desde la acera, plantándole cara una vez más—. Dejar a tu hija en medio de la calle a esta hora... Dime tú, ¿qué va a decir mi mamá? Decide: ¿esa es la impresión que le vas a dar a tu futura esposa?.
Justo en ese instante, una patrulla de la policía pasó lentamente por la avenida. Maya, con una habilidad de manipulación que rozaba lo inimaginable, comenzó a gritar agitando los brazos.
—¡Oficial! ¡Venga! ¡Mi papá me quiere tirar a la calle! ¡Oficial!.
Aunque los policías no escuchaban por el ruido del motor, las señas de la niña llamaron su atención y comenzaron a frenar. Herold, enfurecido y previendo un escándalo mediático y legal que no necesitaba, soltó un gruñido de derrota.
—Está bien. Te llevaré. ¿Dónde carajos es que vives para deshacerme de ti definitivamente? —le espetó con total fastidio—. Le diré a esa mujer, Alana o quien sea, que te amarre las cuerdas. No te quiero volver a ver en mi camino, mocosa insolente.
Hizo una seña a Vargas para que trajera la camioneta blindada. Herold mismo se puso al volante, con Maya sentada en la parte de atrás con una expresión triunfante.
El escolta que había hecho la llamada misteriosa se acercó antes de que partieran para preguntar si debía acompañarlos. Sus intenciones no eran bondadosas; necesitaba la dirección exacta para informar a los enemigos de Herold. Sin embargo, Guanches lo frenó en seco.
—No necesito a nadie más. Quédate en tu puesto y que todos estén alertas. Ahora más que nunca —ordenó Herold, refiriéndose a la traición de su socio.
El escolta malicioso asimiló la orden como una confirmación de que la niña era, efectivamente, la debilidad oculta del mafioso. Mientras tanto, la camioneta se detuvo frente a un bloque de apartamentos descascarados.
Herold bajó del vehículo y, escoltando a la niña, subió hasta el cuarto nivel por unas escaleras que olían a humedad y cansancio. Cuando llegaron a la puerta del minúsculo y destruido apartamento, Maya ni siquiera llamó; simplemente entró.
Alana estaba allí, con el rostro pálido y los ojos rojos de tanto llorar por la desaparición de su hija. Al verla entrar, hizo el intento de abalanzarse sobre ella para reclamarle, pero la niña la frenó con un gesto seco.
—Yo no tengo la culpa. Habla con mi papá —dijo Maya, señalando hacia atrás.
Alana esperaba otra cosa, a otro hombre. Pero en ese instante, la figura monumental de Herold Guanches ingresó al apartamento, llenando el pequeño espacio con su presencia abrumadora. Alana se quedó sin aliento. Trabajaba para él en el hotel, pero nunca había visto la cara del dueño de la corporación tan de cerca. No lo asoció con su jefe, sino con el extraño que traía a su hija de vuelta.
El choque visual fue brutal. Herold se quedó paralizado al ver la fortaleza interna en los ojos de aquella mujer cansada, pero hermosa, mientras Alana lo miraba con una mezcla de enojo, frustración y un desconcierto que le paralizaba la lengua. El silencio en la habitación era absoluto, dejando el aire cargado de una tensión que amenazaba con cambiar sus vidas para siempre.