El aire en el minúsculo apartamento se espesó instantáneamente, transformándose en una masa invisible que dificultaba la respiración. Herold Guanches permanecía de pie, su figura de casi dos metros y su traje de sastre n***o de tres piezas actuaba como un eclipse total sobre la precaria iluminación del salón. Sus ojos, acostumbrados a la opulencia de las oficinas de cristal, escanearon el lugar con una repulsión instintiva: las paredes tenían humedad, en el ecnetro había un sofá que pedía clemencia y el olor a encierro era propio de quien vive contando los centavos.
Frente a él, Alana era una visión que lo descolocó. Tenía el rostro inflamado y los ojos inyectados en sangre por el llanto, pero bajo esa capa de vulnerabilidad, Herold percibió una belleza cruda y resistente. No era la sofisticación artificial de las mujeres que solían frecuentar su cama; era algo más primitivo. Sintió una sacudida inesperada, una atracción que le subió por la columna como un escalofrío. La veía frágil e irresistible, una pieza de carne fresca en medio del barro, y esa combinación activó su naturaleza más oscura.
Para Alana, la presencia de Herold fue como si un muro de granito hubiera cobrado vida dentro de su casa. Su porte imponente y esa mirada que no observaba, sino que desnudaba, la hicieron sentirse expuesta, sin defensas contra una realidad que la atropellaba. No sabía quién era ese hombre que estaba allí con su hija, un hombre que tenía mirada de asesinar a cualquiera y en ese instante parecia que ella era el objetivo, que la sacrificaría por una razón que desconocía. El miedo por su hija se mezcló con una intimidación física que nunca antes había experimentado.
El silencio se estiró hasta que Alana lo rompió con un grito que se escuhcó en todo el edificio..
—¡Eres una desagradecida! —le gritó a Maya, ignorando por un segundo al gigante—. ¡Una completa inconsciente!
Alana tomó a la niña por los hombros y la sacudió con una fuerza nacida del terror acumulado durante horas. Maya no opuso resistencia, dejó que su cuerpo pequeño se balanceara mientras mantenía la vista fija en su madre, con una calma que resultaba insultante dadas las circunstancias.
—¿Por qué no entraste al colegio? ¡Te dejé en la bendita puerta, Maya! —prosiguió Alana, con la voz quebrada por la histeria—. ¿Sabes los riesgos? ¿Tienes idea de cuántos locos hay en la calle buscando niñas solas? Podrían haberte hecho cualquier cosa. ¡Cualquiera!
Herold observaba la escena con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón, sintiendo una mezcla de fastidio y una curiosidad retorcida. La furia de Alana le recordó a una leona protegiendo a su cría, pero su pragmatismo crónico le impedía empatizar con el drama. Necesitaba terminar con ese circo y regresar a su mundo de orden y violencia controlada.
—Creo que está bien equivocada —intervino Herold, interrumpiendola. El tono de su voz se escuchó como un trueno silenció el llanto y la discusión de Alana—. Ese terremoto, esa versión medio metro de arpía, no correrá peligro nunca en su vida. Es ella la que pone en peligro la salud mental de los demás.
Alana se giró hacia él, su mirada pasó del dolor a una indignación desafiante. Se colocó frente a Maya, usándose a sí misma como escudo humano.
—¿Perrrdón? —soltó Alana arrastrando la palabra y se aceró un paso al desconocido—. ¿Quién cuernos es usted para opinar sobre mi hija? ¿Quién le dio permiso para entrar a mi casa y por qué carajos viene detrás de ella?
Herold arqueó una ceja, divertido por el fuego que emanaba de esa mujer que, hasta hace un segundo, parecía desmoronarse.
—Mamá —intervino Maya desde atrás, ajustándose el cuello de la camisa arrugada de su uniforme—, ya te dije quién es, se llama Herold. Es mi papá… tu esposo —agregó con una seguridad en sus palabras y su expresión que obligó a ambos adultos a girar a verla sorprendidos por su insistencia y la convicción con la que expresó esa afirmación.
—¡Qué carajo! —exclamó Herold.
—¿Qué? ¿Qué? —espetó Alana al mismo tiempo que Herald respondió.
—No sigas mocosita, no soy tu papá ni voy a serlo —dijo Herold a Maya mientras la señalaba con su dedo índice de la mano derecha—. .
La afirmación cayó como una granada. Herold y Alana se miraron, unidos por un instante en una expresión de absoluto desconcierto.
—¡Qué carajo! —exclamó Herold, su máscara de apatía agrietándose por la insistencia de la niña.
—¿Qué? ¿De qué está hablando ella? —espetó Alana, buscando una explicación en el rostro del extraño.
—No sigas, mocosita —dijo Herold, señalando a Maya con el índice derecho en un gesto cargado de amenaza—. No soy tu papá ni voy a serlo. Que sea la primera y última vez que te apareces por mi hotel o en mi empresa. Dos veces han sido más que suficientes para agotar mi paciencia con tus niñerías. No soy un muñeco, soy un hombre, y un hombre muy peligroso —le dijo con voz de trueno
pero Maya no se inmutaba, le sostenái la mirada fueran simple cascarón vacío..
Pero Maya no retrocedió, no se inmutó. Le sostuvo la mirada como quien tiene el control de toda la situación y las palabras de Herold solo eran solo ruido innecesario para su plan final.
—¿Có-cómo que dos veces? —Quiso saber Alana atropellando las palabras, retrocedió, confundida—. ¿De qué habla? ¿Acaso usted está loco? Es una niña a la que está amenazando. ¡Es mi hija y nadie la intimida delante de mí! Puedo demandarlo, no me importa quién sea.
Herold soltó una carcajada seca, sin rastro de humor. Se cruzó de brazos sobre su pecho macizo, haciendo que la tela del traje se tensara sobre sus hombros.
—Entonces, si es su madre, está haciendo un trabajo pésimo —atacó Herold, mirándola desde su altura—. ¿Cómo permite que su hija aborde a hombres adultos en la calle y vaya a buscarlos a su oficina cruzando media ciudad?
—Maya no… —Alana intentó rebatir, pero la duda comenzó a filtrarse en su voz.
—Como veo que sabe de su hija menos de lo que yo sé, le advierto algo —continuó él, ignorando su interrupción—: córtele la cadena que tiene porque no la quiero volver a ver cerca de mis negocios. Ya me ha causado suficientes molestias por hoy.
—¿Cuál hotel? —preguntó Alana, sintiendo un vacío en el estómago—. Ella no ha ido a ningún hotel sola. Siempre está conmigo.
—El Eurobuilding —respondió Herold con parsimonia—. Allí me abordó por primera vez hace días, en la entrada del gimnasio. Y hoy tuvo la osadía de llegar a mi despacho con la historia de que me va a adoptar —aclaró. Sin poderselo creer, .
Alana sintió que el piso desaparecía abajo sus pies. Se giró hacia Maya, cuyos ojos grises brillaban con una suspicacia que confirmaba cada palabra del hombre. La lógica de la niña era aplastante: había localizado al objetivo y no lo había soltado, ni lo iba a soltar.
Alana giró sobre sus pies y miró a Maya con ojos punzantes, lanzandole dardos de castigo, y fue allí que cayó en cuenta de algo.
—Usted dijo que era… su-su hotel —susurró Alana, el color abandonando su rostro por completo.
—¿Qué hace usted con ese uniforme? —le preguntó Herold al mismo tiempo, notando por fin el detalle en la ropa de Alana que antes había pasado por alto.
Se miraron a los ojos en un silencio escalofriante. En ese instante, Alana bajó la guardia, sintiéndose minúscula ante lo que percibía como el fin de su estabilidad. La malcriadez de Maya acababa de ponerle rostro al dueño del imperio para el que ella trabajaba.
—¿Usted es el señor Guanches? —preguntó ella en un susurro apenas audible.
Se sentía pequeña, minuscula, y más ante lo que ella veía como la hecatombe de su vida.
—Sí, soy Herold Guanches, el propietario del Hotel Eurobuilding —admitió él, sen un tono de voz ahora cargado de superioridad fría.
Había cuidado tanto ese empleo, y ahora… Ahora, lo que había querido evitar, Maya lo había logrado de un zarpazo y en un descuido de ella, su hija con sus arrebatos de malcriadez acabó con todo. Se vio despedida, porque ya sabái la respuesta del muro de piedra que tenía frente a ella, quien la miraba como si quisiera acabar con ella en esta y las siguientes vidas. Su cuerpo tembló.
Aunque mantenía su expresión de piedra, Herold sentía una excitación obscena. Aunque estaba molesto no podía entender porque desde que su mirada se posó en ella, quiso quitarle la tristeza y luego la arrogancia con varios azotes mientras la embestía salvajemente. Se odió por su maldita naturaleza carnivora. No podía ver carne fresca porque enseguida ya se imaginaba el plato principal y el postre, donde las piezas fundamentales es la portadora de esa carne que desea devorar, y la carne de tal Alana estaba siendo candidata para debutar en la mesa de dieciseis puestos de su mansión. En poco tiempo se imaginó como el plato principal de un banquete privado..
Su naturaleza carnívora se activó con violencia; ya no solo veía a una mujer hermosa, veía una propiedad. En su mente, la imaginó sobre el escritorio de su oficina, sometida a sus exigencias. Visualizó su mansión, la mesa de dieciséis puestos, y a Alana desnuda en el centro, como el plato principal de un banquete privado. Quiso quitarle la tristeza a base de fuerza, embestirla hasta que solo quedara el deseo puro.
La miró de arriba abajo, sin ningún tipo de pudor, sus ojos se detuvieron más tiempo del adecuado en las curvas que el suéter de punto no lograba esconder del todo, y ese hombro desnudo era una invitación a morderlo. Alana se estremeció, sintiéndose asqueada e intimidada por la lascivia que emanaba del hombre. Caminó de espaldas y se dejó caer en el sofá gastado, jalando a Maya hacia su regazo como si quisiera desaparecer.
—Yo… no sabía que era usted —le dijo Alana con voz temblorosa y tragó saliva—. No entiendo qué hace Maya detrás de usted.
Volvió a sacudir a la niña, descargando su miedo en ella. El apartamento se sentía asfixiante, un espacio reducido donde el aire se acababa.
—¿Ves lo que provocas? ¡Te lo advertí, Maya! —le recriminó.
—No hice nada malo —respondió Maya con arrogancia, acomodándose en las piernas de su madre—. Él solo está aburrido. Ya conoce el negocio, no se puede echar atrás. Ya le pagué una parte y el resto se lo daré cuando tenga más dinero. Igual vamos a estar juntos siempre, ¿verdad, Herold?
Alana, al borde del colapso, sacudió a su hija una vez más. No sabía si respirar o entregarse a la derrota; el trabajo que apenas les permitía comer y pagar el arriendo pendía de un hilo. Resopló del miedo y de lafrustración y por instinto, se llevó el flequillo hacia atrás con sus dedos, tenái la frente perlada de sudor por el estrés.
—Se-señor Guanches, por favor… soy empleada suya —le dijo finalmente, buscando clemencia—. Le prometo que no volverá a suceder. Maya no volverá a molestarlo, tiene mi palabra. No me despida, se lo suplico.
Herold no respondió de inmediato. Disfrutaba verla así, humillada y dependiente de su voluntad. Aunque se mostraba serio, en su actitud normal de acabo con el mundo y me da igual, por dentro estaba divertido. Saber que esa mujer era su empleada le fascinó de manera obscena. La imaginó sobre el escritorios e su oficina allí en el hotel. Era demasiada tentación para su mente calculadora.
—Claro que no se va a repetir —sentenció Herold, girando sobre sus pies hacia la puerta—. Porque a menos que quiera quedarse en la calle, le sugiero que amarre a ese terremoto a sus piernas. Una más, y le juro que va a conocer la mano de un Guanches.
La amenaza quedó flotando en el aire como una sentencia de muerte. Herold salió del apartamento sin mirar atrás, notando al salir que hasta una ratonera tendría mejores condiciones que ese lugar infecto.
—Chao, Herold. Ya hablaremos —le gritó Maya, ignorando la furia de su madre y las advertencias del hombre.
Maya sabía que le vendría un castigo severo. Sabía que no habría más helados ni visitas al hotel, por un tiempo, sobre todo los helados los dias de cobro de su mamá, el único día en el que ella podía obsequiarle algo decente que no fueran platos con arroz y frijoles y eventualmente carne de tercera; no le importaba ser castigada de por vida si sabía que ya había conseguido un padre para ella y un esposo para su mamá
Había logrado su primer objetivo: los había puesto frente a frente. Había plantado la semilla de la discordia y el deseo en el terreno de Herold Guanches, y estaba convencida de que el destino ya no tenía vuelta atrás.
«A él le gustñi mi mami», pensó Maya con la mirada clavada en la puerta.
Mientras tanto, Herold bajaba las escaleras con el pulso acelerado, una sola idea martilleaba su cabeza: Alana le provocó, y él siempre tomaba lo que lo provocaba.
Afuera, en la sombra de la calle, el escolta que servía a dos amos vio salir a Herold y marcó el número prohibido.
—Guanches acaba de salir de la ratonera. Tenemos la ubicación exacta. La debilidad tiene nombre y dirección.
El silencio de la noche se volvió una promesa de sangre.