El castigo que siguió a la irrupción de Herold en el apartamento fue el más severo que Maya recordaba. Alana, consumida por un pánico que le aceleraba el pulso cada vez que cerraba los ojos, no solo le prohibió los helados y la televisión, sino que impuso un régimen de vigilancia absoluto. Sin embargo, la realidad de la pobreza era el mejor aliado de la rebeldía de Maya. La vecina que solía auxiliar a Alana con el cuidado de la niña se había mudado dos semanas atrás, dejando a la madre en una situación desesperada. —Vas a venir conmigo al hotel después del colegio —sentenció Alana mientras le abrochaba el uniforme a Maya con dedos temblorosos—. Te vas a quedar en el cuarto de empleados, sentada en ese rincón, y no vas a respirar sin mi permiso. Si te mueves un solo centímetro, Maya, te ju

