Recién había llegadod e un reunión en las afueras de la ciudad, había decidido ir al hotel por una reunión de última hora con un nuevo inversor. El lobby del Hotel Eurobuilding, que usualmente un santuario de mármol pulido y fragancias de lujo, se transformó en un escenario de caos en menos de cinco segundos. El aire, que hasta ese momento transportaba el murmullo educado de los turistas y el tintineo de las copas en el bar contiguo al lobby, se llenó con el sonido seco y repetitivo de las detonaciones. Herold acababa de cruzar el umbral de los ascensores privados. Su mano derecha descansaba sobre la culata del arma en su arnés, era una costumbre que le permitía sentir el frío del metal contra sus costillas. Sus ojos recorrieron el espacio con la frialdad de quien busca una falla en un si

