El silencio en el despacho de Herold tras su sentencia de reclusión era tan denso que Alana sentía que el oxígeno se volvía sólido en sus pulmones. Sus ojos, antes nublados por el terror del tiroteo en la plata baja, recuperaron una claridad afilada, alimentada por una indignación que quemaba más que la pólvora. Miró la mano de Herold, todavía manchada con su propia sangre, y luego a su hija, quien mantenía una expresión de absoluta calma, como si acabara de ganar una partida cuyo premio era su propia libertad. Alana permanecía de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando al hombre que acababa de sentenciar su libertad. Su mente trabajaba a una velocidad frenética; no buscaba formas de adaptarse a esa prisión dorada, sino rutas de escape. Para ella, Herold no era un salvador

