El dolor en el hombro de Herold era una punzada rítmica que le martilleaba la base del cráneo, pero no era nada comparado con la irritación que le provocaba la imagen residual de Alana arrojando su uniforme sobre el escritorio. Nadie le daba la espalda de esa manera; nadie despreciaba su protección con tanta ligereza, tratándolo como si fuera una enfermedad de la que debían desinfectarse. Herold se hundió en su silla de cuero, ignorando el rastro de sangre que manchaba el tapizado. Con la mano derecha, abrió el cajón inferior de su escritorio y extrajo una botella de whisky de malta. No buscó un vaso. Desenroscó la tapa con los dientes y tomó un sorbo largo, dejando que el líquido quemara su garganta para intentar aturdir el nerviosismo que, por primera vez en décadas, no sabía cómo clasi

