Herold apretó los dientes, sintiendo cómo el sudor frío de la herida se mezclaba con el calor del alcohol. La revelación de Vargas sobre la vida de Alana, esa existencia invisible y carente de dobleces, golpeó su arrogancia como un impacto físico. Miró el arma en su mano y luego la puerta del ascensor. No era piedad lo que sentía; era una furia posesiva, la necesidad de castigar a quienes se atrevieron a tocar lo que, bajo su lógica distorsionada, ahora le pertenecía. —Prepárate —ordenó Herold, su voz recuperó ese tono metálico y cortante—. Vamos a ir por ellas. Y si Alana sobrevive a esto, yo mismo me encargaré de que entienda, aunque tenga que amarrarla a una silla, que su voluntad no vale nada frente a una bala. Bajaron al estacionamiento subterráneo del hotel. El ambiente estaba carg

