CAPÍTULO 26

1125 Palabras
El frío de la noche me golpeó apenas me arrastraron hacia la oscuridad. Sentí una mano firme que apretaba mi boca y un brazo que me sujetaba del torso con una fuerza desesperada. Quise gritar, pero el miedo paralizó mi voz. Mi corazón latía con un ritmo frenético, intentando luchar contra la impotencia. “No te resistas,” susurró una voz baja, cargada de amenaza y urgencia. Intenté moverme, buscar la luz o algún detalle, pero solo percibía sombras y un olor que me resultaba vagamente familiar. ¿Acaso...? Mis pensamientos giraban en torno a todo lo que había descubierto, a los mensajes, a Nari, a Liam, a mi verdadera identidad que parecía desmoronarse con cada paso. De pronto, la figura me soltó y un teléfono iluminó la penumbra. —“Hana, o debería decir Samantha… ¿Lista para descubrir quién eres realmente?” Antes de que pudiera responder, la voz se desvaneció y la puerta se cerró con un portazo. Estaba sola, en un lugar que desconocía, con el pulso disparado y la verdad aguardando para ser desvelada. Me quedé inmóvil, tratando de recuperar el aire que parecía haberse escapado junto con aquella voz amenazante. La oscuridad no ayudaba, pero mis ojos comenzaron a acostumbrarse y pude distinguir algunas formas: estaba en una habitación pequeña, con una ventana tapiada que apenas dejaba entrar la luz de la calle. El teléfono seguía en el suelo, proyectando la pantalla iluminada con un mensaje nuevo. Lo tomé con manos temblorosas y leí: “¿Recuerdas esta foto? Era tuyo antes de olvidar... y puede ser la clave para que despiertes.” Junto al texto, un archivo adjunto: una foto antigua, borrosa, pero en ella reconocí a una niña, con rasgos idénticos a los míos, pero vestida con ropa tradicional coreana. El corazón me dio un vuelco. “¿Quién soy? ¿Quién fui realmente?” Me arrodillé, hundida en un torbellino de emociones, cuando la puerta se abrió de golpe y una figura apareció en el marco. Era un hombre de mediana edad, con ojos intensos y expresión grave. —“No te haré daño si cooperas. Pero si sigues buscando respuestas por tu cuenta, puede que no salgas de aquí.” Su voz era firme, pero con un dejo de algo más, quizás tristeza o remordimiento. Respiré hondo y le respondí con la poca fuerza que me quedaba: —“Solo quiero saber la verdad.” Él asintió, y por primera vez, una chispa de esperanza me iluminó en medio de la oscuridad. El hombre cerró la puerta tras de sí con un clic seco que me hizo estremecer. Avanzó hacia mí con pasos firmes pero sin amenazar, como si lo que me iba a contar pesara más que cualquier amenaza. —“Mi nombre es Minho. Fui alguien cercano a tu familia… a la familia que creías conocer.” Mi corazón latía con fuerza. “¿Qué quieres decir? ¿Qué familia?” Él suspiró y, mirando al suelo, comenzó: —“No eres solo Hana, ni siquiera Samantha. Tu verdadero nombre es Song Nari. Naciste en Corea, pero debido a circunstancias que ahora entenderás, te sacaron de allí y te hicieron vivir bajo otra identidad.” —“¿Por qué? ¿Quién hizo eso? ¿Por qué?” Minho alzó la mirada, sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y decisión. —“Tuviste que desaparecer. No era seguro para ti quedarte en Corea. Hay personas que buscan algo que solo tú tienes, o más bien, algo que llevas dentro sin saberlo.” Me sentí invadida por una mezcla de miedo, confusión y rabia. —“¿Qué ‘algo’?” Él se acercó, y con voz baja, casi un susurro, me dijo: —“Una verdad que podría cambiarlo todo. Pero primero, debes recordar quién eres de verdad. No solo por ti, sino por todos los que aún te esperan.” De repente, la puerta se abrió de nuevo, y una mujer apareció. —“Minho, el tiempo se acaba,” dijo con voz firme pero temblorosa. El hombre me miró y dijo: —“Nos queda poco. Pero no estás sola. Hay gente que te espera y luchará contigo.” Antes de que pudiera hacerle más preguntas, la habitación se llenó de luz blanca y un zumbido agudo me envolvió. Sentí que me desvanecía. Cuando abrí los ojos, estaba de nuevo en mi apartamento, temblando y sudando, con el teléfono en la mano y el mensaje todavía abierto. ¿Había sido un sueño? ¿O una advertencia? Todo estaba a punto de explotar. Abrí los ojos lentamente, la luz del sol colándose por la ventana parecía demasiado intensa para el estado en que me encontraba. Mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente no paraba de darle vueltas a todo lo que había sentido… ¿Fue un sueño? ¿Una advertencia? En la mesita de noche, mi teléfono vibraba con insistencia. Era Liam. Lo atendí, su voz sonaba preocupada. —“Hana, ¿estás bien? Te he llamado varias veces, no contestaste… Te necesito.” Respiré profundo, incapaz de articular palabras de inmediato. Por fin le dije: —“Liam… necesito contarte algo. Algo que no puedo explicar bien ahora, pero que siento que cambiará todo.” Él quedó en silencio por unos segundos, luego dijo con firmeza: —“Estoy aquí. No importa qué sea, lo resolveremos juntos.” Colgué y mi mirada se posó en la mesa. Ahí estaba: una carta doblada, sin remitente, con una caligrafía extraña. La abrí con manos temblorosas. Decía: “Para Song Hana. El pasado no está muerto, solo espera ser descubierto. Busca en el cajón secreto, bajo el marco de la ventana. No confíes en nadie más que en ti misma.” El corazón me dio un vuelco. ¿Un cajón secreto? ¿Qué demonios significaba eso? Corrí hacia la ventana, inspeccioné cada rincón, hasta que encontré un pequeño compartimento oculto, casi imperceptible. Lo abrí y dentro había una caja pequeña con fotografías antiguas, documentos con símbolos coreanos y una llave oxidada. Al sostener la llave, sentí que todo lo que creía seguro se tambaleaba. Esa noche, Liam vino a verme. Al mostrarle la caja, sus ojos se llenaron de una mezcla de sorpresa y miedo. —“Esto… esto cambia todo, Hana. Tu historia, tu identidad, incluso la mía. Pero no te preocupes, no estás sola en esto. Vamos a descubrir la verdad juntos, pase lo que pase.” Nos miramos y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que no importaba el caos exterior, en sus ojos había un refugio. Pero en el fondo, ambos sabíamos que este era solo el comienzo de una tormenta que podría destruirlo todo o salvarnos.
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