CAPÍTULO 27

1054 Palabras
El silencio tras las palabras de Eira era ensordecedor. —¿Por qué estás aquí? —insistió Liam, con un tono más firme, aunque su mirada no ocultaba el desconcierto. Eira entrecerró los ojos. Lo observaba con una mezcla de rencor y algo más… algo que aún no se había apagado del todo. —Pensé que después de todo este tiempo… merecía saber la verdad. Pero ya veo que llegué justo a tiempo para otra mentira —dijo, lanzándome una mirada fugaz cargada de juicio. Me puse de pie, sin retroceder. —No tienes idea por lo que hemos pasado. —Tampoco tú sabes lo que perdí —disparó ella, volviendo a clavar sus ojos en Liam—. Durante años estuve a tu lado, Liam. Apoyándote, creyendo en ti incluso cuando tú mismo no lo hacías. Y ¿qué obtuve a cambio? Silencios. Ausencias. Rechazo. Liam apretó los puños, su mandíbula tensándose. —Eira, lo hablamos. Yo… nunca sentí lo mismo. No puedo forzar algo que no existe. —¿Y con ella sí? —preguntó, su voz rompiéndose por primera vez—. ¿Con la chica que ni siquiera recuerda quién es? —¡Basta! —interrumpí, dando un paso al frente—. No tienes derecho a juzgar lo que no entiendes. Eira se rio, amarga. —¿Entender? Hana, tú eres el misterio más grande aquí. ¿No te has preguntado por qué todo el mundo se empeña en protegerte? ¿Qué es lo que tanto ocultan? Liam dio un paso hacia ella. —Eso no es tu asunto. Vete. —No hasta que digas la verdad —exigió ella—. Díselo, Liam. Dile lo que le ocultaste desde el primer día. Mis ojos volaron hacia él. Su expresión cambió en un segundo: del enojo… al miedo. —¿Qué… verdad? —pregunté, sintiendo el corazón en la garganta. Eira no esperó. —El día del accidente, Liam sabía perfectamente quién eras. Él estuvo ahí. Solo que prefirió hacerte empezar de cero… en vez de devolverte tu pasado. Mis labios se abrieron, pero no salió sonido alguno. Liam intentó hablar, pero yo ya no lo escuchaba. Las paredes parecían girar. Mi mente retrocedía a cada mirada confusa, cada gesto nervioso… cada evasión. Y ahora lo entendía todo. —¿Es cierto? —susurré. Él no respondió. Y ese silencio, esa maldita pausa… fue más dura que cualquier verdad. Me quedé allí, de pie, sintiendo cómo el aire se volvía espeso, irrespirable. Liam dio un paso hacia mí, con los ojos llenos de culpa. —Hana… déjame explicarte. —No —susurré, pero mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba—. No me expliques. No ahora. —No fue por maldad —dijo rápido—. Fue miedo. Tenía miedo de perderte otra vez, de que si recuperabas todo, me sacaras de tu vida. Yo… yo solo quería protegerte. Mis labios temblaron, pero no cedí al llanto. No esta vez. —¿Protegerme? ¿O manipularme? Silencio. Eira, desde la puerta, me miraba sin satisfacción. Tal vez había venido a destruirnos, pero ni ella parecía lista para la escena que acababa de provocar. —Me voy —dije, girándome hacia la salida. —¿A dónde? —preguntó Liam, con voz desesperada. —A buscar la verdad —dije sin mirarlo—. Esa que tú decidiste ocultarme. Salí del apartamento sin mirar atrás. Las calles me recibieron frías, desconocidas. Caminé sin rumbo hasta que el cansancio me obligó a detenerme en una cafetería pequeña y vacía. Allí, sentada frente a una taza de café frío, saqué la pequeña caja que había guardado desde el accidente. Algo que los médicos me dijeron que estaba en mi ropa al momento de ser encontrada: un colgante con una letra grabada. N. Nari. Pero al observarlo más de cerca, noté algo nuevo. El interior del dije tenía una pequeña ranura. Al presionarla, se abrió. Dentro, un pequeño chip de memoria. Mi corazón se disparó. ¿Qué es esto? Tal vez… una pista. Tal vez… la verdad que él me negó. Lo que fuera que contuviera, podría cambiarlo todo. Y yo ya no estaba dispuesta a que nadie decidiera por mí. No pude dormir. Pasé la noche en un hotel barato, con las cortinas mal cerradas y el aire acondicionado zumbando como si murmurara secretos. Aferraba el colgante como si fuera un arma. Y en cierto modo, lo era. Una pequeña cápsula de memoria, escondida a plena vista. Y ahora, la llave de todo lo que no sé. Busqué en internet cómo leer el chip. Parecía ser una micro SD antigua, de esas que usaban en cámaras o grabadoras. A las 6 a.m., encontré una tienda de informática 24 horas y compré un adaptador. Me senté en una esquina del local, conecté el chip a un computador público, y esperé que el destino —o el infierno— se abriera ante mí. Una carpeta. Un nombre: “N.S. Proyect” Y dentro… videos. El primero era una grabación de una sesión médica. Yo —o la que era yo— sentada en una silla con electrodos en la cabeza. —Paciente Nari Song —decía una voz masculina, claramente un médico—. Inicio de la sesión 12. Registro de memoria implantada. ¿Memoria implantada? Mi piel se erizó. Pasé al siguiente video. Era más oscuro. Se veían unas manos sosteniéndome mientras gritaba. Me estaba resistiendo. —¡No quiero olvidarlo! ¡Liam! ¡No me quites a Liam! —lloraba esa versión de mí. La pantalla se volvió negra. El video terminó. Mis dedos temblaban. ¿Habían manipulado mis recuerdos? ¿Liam sabía esto? ¿Eira? Me levanté, apenas podía respirar. Pero algo más me detuvo: una carpeta oculta dentro de la principal. "Sujeto M04" Al abrirla, encontré una imagen borrosa de un chico. No era Liam. Pero su rostro me pareció vagamente familiar. Luego, un archivo de audio. —“Ella no debe recordarme. Si lo hace, todo se viene abajo. Mantengan su relación con Liam. Él es la única ancla que podemos usar.” Mi cuerpo se paralizó. ¿Quién era ese chico? ¿Quién había decidido que Liam sería mi ancla? Y entonces lo comprendí. Yo no era sólo una chica con amnesia. Era un experimento.
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