CAPÍTULO 43

1157 Palabras
No fue una llamada. No fue una carta. Fue un sobre n***o. De esos que no traen invitaciones, sino advertencias. Nari lo encontró en su camerino. Encima del espejo, entre el maquillaje y el libreto. Sin remitente. Sin sello. Solo su nombre, escrito a mano, con una caligrafía que no conocía. Cuando lo abrió, todo cambió. —¿Qué demonios es esto? —preguntó Liam, con el sobre entre los dedos mientras lo leía por tercera vez. —Una bomba. —Esto… esto es imposible. Esto es de hace años. —Es exactamente eso lo que lo hace peligroso. Una cláusula. Escondida en un contrato antiguo que Nari firmó cuando aún era una trainee, sin agencia ni abogado. Una cláusula que decía, con toda la frialdad legal del mundo, que su imagen y nombre artístico podían ser “reclamados” por la empresa original si su “identidad real se ponía en duda o era alterada significativamente”. Y adivina qué: Song Nari ya no es Song Nari. —No pueden hacer esto. —Liam estaba furioso—. No pueden simplemente... borrarte. —No quieren borrarme. Quieren poseerme. La antigua empresa de Nari —la misma que la había dejado ir cuando creyeron que no sobreviviría al accidente— ahora veía una oportunidad. Ella se había vuelto un fenómeno. Su historia, su talento, su renacer: todo era oro para el marketing. Y ellos querían su parte. O más que eso. Querían el control. Días después, en la oficina del abogado de Liam, el ambiente era tenso. El abogado, un tipo de rostro inexpresivo y gafas redondas, dejó caer el veredicto como quien dice el pronóstico del clima: —Si esta cláusula se valida, podrían frenar tu carrera temporalmente. O peor… obligarte a trabajar bajo sus condiciones por “recuperación de contrato”. —¿Obligarme? ¿Con mi nombre? —Legalmente, ya no usas tu nombre original. “Song Nari” es ahora una marca registrada. Y ellos tienen el papel. Nari se levantó. —Entonces tengo que dejar de ser Nari. Liam la miró horrorizado. —No. No puedes. —¿Y qué otra opción tengo? ¿Que me conviertan en una marioneta? ¿Que dicten lo que canto, con quién salgo, qué publico y qué pienso? —Vamos a pelear. Hay formas. Apelaciones. Recursos. —¿Y si pierdo? ¿Y si todo esto fue un préstamo del destino… y me lo están cobrando? El abogado se aclaró la garganta. —Hay otra opción. Silencio. Suspenso. Miedo. —Podrías demostrar que la Nari actual… no es la misma artista que ellos firmaron. Tendrías que probar, con hechos y testigos, que tu identidad cambió de manera radical: nombre, estilo, entorno, incluso tu historia. Eso anularía la cláusula. Pero cuidado… porque es una espada de doble filo. —¿Por qué? —Porque podrías perder más de lo que crees. Tu nombre. Tu historia artística. Y a ojos del público… tu verdad. Al salir de la oficina, Liam apretó su mano. —No dejaremos que te arrebaten nada. Nari no respondió. Miraba al cielo de Seúl, nublado como si supiera lo que se avecinaba. —Tal vez tengan razón… —murmuró. —¿Qué? —Tal vez sí soy otra persona. Tal vez la Nari que firmó ese contrato murió en ese accidente. Y yo solo soy lo que quedó. —Eres más que eso. Eres lo que elegiste ser después. —Entonces… ahora tengo que elegir si sigo siendo Nari… o si empiezo otra vez. Con otro nombre. Desde cero. —No estás sola. Ella lo miró. —Eso lo sé. Pero esta decisión… sí lo está. Una notificación en su celular vibró. El asunto: “Audiencia preliminar confirmada”. Fecha: 10 días. Ubicación: Tribunal de Derechos Artísticos y Contractuales, Seúl. Y debajo, una frase: "Preséntese con representación legal, prueba de identidad y disposición a declarar." Se avecinaba la guerra. Y Nari tendría que decidir: ¿seguir luchando por lo que era… o empezar de nuevo por lo que ahora es? Las paredes blancas del departamento parecían más silenciosas de lo habitual. Liam estaba sentado frente a la mesa del comedor, con un montón de papeles extendidos frente a él. Contratos, citaciones, declaraciones de abogados… todo indicaba que el día de la audiencia estaba más cerca de lo que podían procesar emocionalmente. Nari, en silencio, le servía un té. Sus movimientos eran suaves, como si tuviera miedo de romper algo invisible entre ellos. No era la primera vez que enfrentaban un escándalo, pero esto era distinto. Esto no era un rumor… era su identidad, su historia, su vida entera puesta en juicio. —¿Crees que realmente quieran que testifique? —preguntó ella por fin, rompiendo el mutismo—. No sé si pueda hablar de todo lo que viví sin… quebrarme. Liam levantó la mirada. Su expresión, aunque agotada, era firme. —No tienes que hacerlo sola. Tus palabras son importantes, pero nadie va a obligarte a revivir tu trauma para satisfacer la opinión pública. Lo más importante ahora es protegerte. Ella sonrió con una tristeza resignada. —Pero si no hablo… otros hablarán por mí. Y pueden tergiversarlo todo. En ese momento, el teléfono de Liam vibró. Era un mensaje de su manager: "El abogado dice que tenemos que preparar todo para el viernes. Necesitamos tu declaración por escrito antes del jueves. También la de ella." Liam suspiró y deslizó el celular hacia un lado. —Te quieren destruir para proteger la imagen de la compañía. Pero esta vez no voy a quedarme callado. Nari caminó hasta el sofá, llevando consigo un cuaderno que había estado guardando. Era uno nuevo. El otro, el diario de Nari (su hermana), había sido demasiado doloroso para volver a tocarlo. Este sería suyo. Para escribir, aclararse, recordar quién era en medio de tanto caos. —¿Crees que lo que somos… importa más que lo que fuimos? —preguntó con la voz quebrada—. Me siento una impostora. No soy Nari, pero tampoco soy completamente Samantha. ¿Quién va a defenderme si ni yo me entiendo? Liam se acercó, se arrodilló frente a ella y tomó su mano con fuerza. —Yo. Voy a hacerlo yo. No por la Nari del pasado… ni por la Samantha que perdió su vida. Lo haré por ti, la que está aquí. La que elige levantarse, aun con miedo. Ella cerró los ojos y apoyó su frente contra la de él. Era un instante de paz, como el último respiro antes del salto. El resto de la tarde transcurrió entre reuniones con abogados, prácticas de declaración y revisiones de documentos oficiales. La presión era tan alta que el aire parecía pesado. Pero había algo distinto ahora: un sentido de propósito. No se trataba de defender una carrera, una imagen o una marca. Se trataba de recuperar su historia. Y esta vez, estaban dispuestos a luchar por ella.
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