No fue una filtración accidental.
No esta vez.
Las r************* aman la tragedia reciclada y la industria del entretenimiento la sabe explotar. A tan solo una semana de que Hana publicara su primera canción en solitario, sin agencia ni manager, el portal más leído del país publicó una “exclusiva reveladora”.
Titular: Song Nari: ¿Amnesia real o estrategia publicitaria?
El artículo estaba lleno de frases condicionales: “posiblemente”, “al parecer”, “según fuentes anónimas”. Pero el daño ya estaba hecho. El cuerpo del texto hablaba de un “experimento mediático cuidadosamente planeado”, de una supuesta campaña secreta por parte de la antigua agencia para relanzarla con otra identidad, y lo más bajo de todo: sugería que había usado la muerte de su hermana como excusa para desaparecer y luego regresar reinventada.
—Malnacidos… —murmuró Liam al leerlo, el puño apretado sobre la mesa.
Pero Nari no reaccionó igual. Solo guardó silencio. No fue sorpresa. Era un déjà vu emocional: la verdad siendo pisoteada, otra vez.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó él—. ¿Demandar? ¿Contestar? ¿Desmentir?
—Si contesto... alimentamos la máquina.
—Y si callas, te crucifican.
Nari cerró el portátil y se puso de pie.
—Entonces haré lo que no pueden controlar.
—¿Qué?
—Subir otra canción.
La composición nació del odio.
Del agotamiento.
De la impotencia de saber que en este mundo, la verdad no basta si no viene con una estrategia detrás.
Pero también había fuego en su voz.
Pasión en cada verso.
La tituló: “Mi nombre no es tu historia”
Y la lanzó con un solo mensaje:
“La verdad no necesita permiso para existir.”
El videoclip era simple: ella, caminando bajo la lluvia, sin maquillaje, con una cámara en mano, fotografiando calles vacías, carteles rotos, reflejos distorsionados en charcos.
Era casi un manifiesto visual.
Las reacciones fueron mixtas.
—“Esto ya parece performance.”
—“¿Otra estrategia más? Qué decepción.”
—“No sé si creerle, pero esta canción es brutal.”
Y sin embargo, alguien empezó a notar algo.
En las imágenes del video, entre los reflejos y los encuadres fotográficos, había una historia oculta. Como un diario visual. Fragmentos de recuerdos. Fotos reales. De su infancia. De su hermana. De momentos que nunca habían sido públicos. Y al fondo, en un mural callejero: la frase pintada en grafiti que decía:
“No soy una historia que puedas escribir por mí.”
En las oficinas de DNX, el pánico comenzó a escalar.
El artículo había sido autorizado por un exdirectivo resentido.
Y ahora, el público empezaba a darle vuelta al asunto.
—¡Bórrenlo, ahora! —gritó uno de los ejecutivos—. ¡Deslíguennos de todo esto!
Pero ya era tarde.
Porque por primera vez, la narrativa no venía de un periodista, ni de un CEO.
Venía de la misma voz que habían intentado callar.
Esa noche, Liam la miró con una mezcla de orgullo y miedo.
—Hiciste temblar el sistema.
—No me interesa que tiemble. Solo quiero que se quiebre.
Él sonrió.
—¿Y si todo esto te rompe a ti también?
Ella lo miró, cansada pero decidida.
—Entonces que me rompa siendo yo… no su producto.
Y mientras los focos del escándalo se volvían más difusos, mientras algunos medios empezaban a retractarse lentamente, una nueva batalla se aproximaba: la batalla por su identidad legal, sus derechos sobre el nombre artístico, y su lugar en la industria.
Porque sí, Nari podía renacer como Hana.
Pero el mundo no iba a dejarla tranquila tan fácil.
La ciudad rugía afuera como una fiera con hambre.
Pero en ese pequeño apartamento con luces cálidas y paredes cubiertas de fotografías, solo existía el silencio. Uno raro. Tranquilo. Lleno.
Nari no quería hablar.
Y Liam, por fin, lo entendía.
No preguntó.
No insistió.
No intentó llenar el espacio con frases reconfortantes.
Solo puso su playlist favorita —esa mezcla imposible entre rock suave, indie japonés y algo de jazz coreano—, y la abrazó desde atrás mientras ella preparaba café.
—Huele a hogar —murmuró él.
—Huele a cansancio —corrigió ella con media sonrisa.
Él la besó detrás de la oreja.
—También. Pero de ese que vale la pena.
Se sentaron en el suelo, como cuando eran solo amigos y la vida era más confusión que estrategia.
—¿Recuerdas la primera vez que tomaste una foto mía? —preguntó Liam.
Ella levantó una ceja.
—Sí. Estabas comiendo ramen en medio de una tormenta de nieve, sin paraguas, con cara de “me importa una mierda la vida”.
Liam rió.
—Y tú gritaste: “¡No te muevas, esto es arte trágico!”
—Era. Lo sigue siendo.
—¿Sabes? Pensé que estabas loca.
—Lo estaba.
—Pero me gustó. Me gustas.
Silencio.
Café.
La canción cambió a una versión acústica de una balada coreana que hablaba de perderse y encontrarse de nuevo.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—No sé quién fui exactamente.
—Yo tampoco.
—Pero me gusta en quién me estoy convirtiendo.
—A mí también.
Cuando cayó la noche, salieron al balcón.
Las luces de Seúl parpadeaban como estrellas invertidas.
Nari llevaba una camisa de él. Él, su cámara.
Ella lo miró.
—¿Me tomas una foto?
—¿De verdad?
—Sí. Pero no como artista. Como yo. Tal cual estoy ahora. Con este pelo raro, con estas ojeras, con esta tristeza nueva que se mezcla con fuerza.
—Entonces no será una foto. Será un testimonio.
Clic.
Y en la pantalla: ella, sonriendo con una lágrima rebelde bajando por su mejilla.
—Quiero que si algún día olvido este momento, puedas mostrármelo.
—Te lo recordaré con esta foto, con mis canciones, con mis pasos.
—¿Prometido?
—Prometido.
Más tarde, en la cama, entre sábanas que olían a jabón y memoria, ella lo miró con algo más que amor. Era calma. Era decisión.
—Liam…
—¿Mm?
—Cuando el mundo vuelva a atacarme, prométeme que tú no me vas a mirar con miedo. Ni con pena.
—Te miraré con respeto. Con deseo. Con locura, si hace falta.
—Y si me quiebro...
—Entonces me siento a tu lado y rompemos juntos.
—No quiero que te rompas por mí.
—No lo haré. Me volveré parte del pegamento.
Ella se rió. Esa risa suave, con voz ronca de tantas emociones.
Después, se giró y lo besó. No con urgencia. No con dolor. Sino con la certeza de quien ha encontrado su casa en medio del terremoto.
En un rincón de la habitación, la cámara seguía grabando sin querer.
Captando la respiración compartida, las manos entrelazadas, y ese susurro que casi no se escucha:
—Gracias por no soltarme… cuando yo estaba aprendiendo a sostenerme sola.
Y él, medio dormido, contestó:
—No eres una carga. Eres el camino.