CAPÍTULO 34

1299 Palabras
El tren hacia la costa sur zumbaba con monotonía. Nari no sabía exactamente qué buscaba, pero necesitaba salir de la ciudad. De la presión. De los flashes. De los rostros que esperaban que ella supiera quién era. La brisa marina golpeó su rostro cuando bajó del bus en una pequeña localidad costera. Las casas eran bajas, el cielo se estiraba como un lienzo azul y, por un momento, todo se sintió... en pausa. Entró a una pequeña cafetería que olía a vainilla y libros viejos. Pidió un té. Se sentó sola. Y entonces lo escuchó: —¿Samantha? El nombre le atravesó como un dardo helado. Nadie la había llamado así desde… Se giró. Ahí estaba. Unos ojos intensos, oscuros, que se estrechaban con una mezcla de sorpresa y melancolía. Tenía el cabello un poco más largo, una cicatriz apenas visible en la ceja izquierda, y una mirada que hablaba de años sin respuestas. —¿Daniel? —susurró Nari, o más bien, Samantha. —Sabía que eras tú. Aunque… te ves diferente. —Mucho ha cambiado. Daniel se acercó lentamente, sin pedir permiso, como si el tiempo aún le debiera algo. —Pensé que habías muerto. —Yo también —murmuró ella—. En cierto modo, lo hice. Silencio. Él se sentó frente a ella sin que se lo pidieran. No había hostilidad, solo una carga eléctrica suspendida entre ambos. —Cuando desapareciste… fue como si el mundo perdiera color. Nunca me dijeron nada. Ni una carta. Ni un adiós. Y de pronto, años después, te veo en televisión. Bajo otro nombre. Cantando. Siendo otra. —No era otra —dijo ella con voz temblorosa—. Era… lo único que quedaba de mí. —¿Y ahora? —Ahora intento recordar. O al menos, entender. Daniel se rió con amargura. —Yo te conocí antes de que fueras Song Nari. Antes del accidente. Antes del experimento, si es que es verdad eso que leí. —¿Lo sabías? —No del todo. Pero sospechaba. Tu forma de hablar, tu forma de mirar… Era ella, pero también no lo era. Eras tú, pero sin ti. Ella bajó la mirada. Había algo en la voz de Daniel que le dolía más que todos los gritos de Sofía. —No sé quién soy, Daniel. Pero quiero saberlo. —Entonces empieza por recordar lo que fuiste conmigo. Silencio. —¿Qué fuimos? Daniel la miró con ternura y rabia mezcladas. —Un casi. Un “y si”. Un beso que no dimos. Y ahora... no lo sé. Pero si aún hay algo de ella en ti, lo voy a encontrar. Y ahí, entre té frío y memorias enterradas, el pasado comenzó a hablar. Esa tarde, Daniel la llevó por un camino empedrado hasta una pequeña casa al borde de los acantilados. El sol caía detrás de las olas, tiñendo el cielo de rojo como si el día mismo ardiera por dentro. —¿Vives aquí? —preguntó Nari, sintiendo que cada paso la acercaba más a algo que no estaba lista para enfrentar. —No. Pero era nuestro refugio. Tuyo y mío. De Samantha. La puerta de madera crujió al abrirse. El interior estaba cubierto por una ligera capa de polvo, como si el tiempo hubiera detenido su paso justo antes de su desaparición. Y entonces, Daniel sacó algo de una caja metálica bajo el sofá: un álbum de fotos. —Esto es lo que quedó de ti —dijo, con un tono entre amor y dolor. Nari se sentó, casi temblando, y comenzó a hojearlo. Primero, las fotos eran inocentes: ella con el cabello más corto, lentes grandes, sonriendo junto a Daniel, corriendo bajo la lluvia, haciendo muecas mientras pintaban grafitis en un muro escondido. —¿Esto lo hicimos? —Cada una de esas locuras era idea tuya. Siempre ibas adelante. Siempre querías más. No tenías miedo. Hasta que todo se apagó. Siguió pasando páginas. Y entonces se detuvo. Una carta. Escrita a mano. Doblada con cuidado. Tenía su nombre: “Para Daniel. Si algo me pasa.” Sus manos temblaban. —¿La escribí yo? —Sí. Un día antes de que desaparecieras. Nunca supe por qué. Nari desdobló el papel con una reverencia casi sagrada. "Si estás leyendo esto, entonces algo salió mal. Me dijeron que probablemente perdería recuerdos. Que sería como empezar de cero. A veces me pregunto si estoy tomando la decisión correcta, pero si esto puede salvar a mi hermana, a Sofía, entonces no me importa. Solo quiero que sepas que te amé, aunque nunca te lo dije. Que fuiste mi única verdad en medio de tanta mentira." El silencio se volvió un abismo. Las lágrimas le rodaban por las mejillas sin permiso. Daniel la miraba, conteniendo su propio terremoto. —Ahora entiendes por qué nunca te olvidé —dijo él, en voz baja—. Porque tú, Samantha, eras más que una chica en una fotografía. Eras mi razón. Nari se cubrió el rostro con las manos. —No sé qué hacer con esto, Daniel. —Solo recuerda. El resto vendrá solo. Y ahí, con la carta sobre sus rodillas y el mar rugiendo abajo, Nari empezó a ver. A sentir. A cuestionar todo. Incluido a Liam. —¿Quién es él? —preguntó Liam con la voz tan tensa como un alambre a punto de reventar. Estaban en el apartamento. Nari acababa de volver, los ojos aún rojos, el cabello desordenado por el viento del mar. Tenía la carta en la mano, arrugada, como si no quisiera soltarla ni aunque el mundo se derrumbara. —Daniel —respondió ella, sin levantar la mirada—. Él dice que me conocía antes. Que fuimos… cercanos. Muy. Liam sintió un frío seco bajarle por la espalda. —¿Y tú le crees? —Mostró pruebas. Fotos. Un álbum. Y esta carta… la escribí yo. Era mi letra, Liam. Pero no recordaba nada. Él la miró como si acabara de romperse en pedazos. De esos que ya no encajan. —¿Y qué más te dijo? —Que me llamaba Samantha. Que antes de todo esto, antes del accidente… yo sabía que me borrarían la memoria. Que acepté hacerlo por Sofía. Que todo fue parte de un experimento. Mis padres lo sabían. Y tú… Ella lo miró. Directo. Herida. —¿Tú lo sabías también, Liam? Silencio. Liam apretó los puños. —No exactamente. —¡¿Cómo que no exactamente?! —su voz subió como un trueno contenido. —Sabía que había algo raro. El expediente, las fechas… No cuadraban. Tu madre me lo insinuó. Pero cuando empecé a investigar, me advirtieron que si seguía escarbando... te perdería. Que te arriesgarías a otra recaída. ¡Y no podía permitirlo! —¿Así que preferiste mantenerme en una mentira? —Preferí cuidarte. —¿Cuidarme… o tenerme solo para ti? Eso fue un disparo directo al pecho. Liam retrocedió un paso, como si las palabras le hubieran quemado la piel. —No digas eso. —¡Es la verdad! Me amaste desde el primer momento… pero no sabías quién era yo. A lo mejor te enamoraste del recuerdo que querías construir. No de mí. Liam la miró, roto. Dolido. Vulnerable. —No quiero perderte. —Entonces deberías haber confiado en mí. Silencio. Otra vez ese maldito silencio que dolía más que cualquier grito. —¿Vas a verlo de nuevo? —preguntó Liam, casi en un susurro. —Sí —respondió Nari, firme, con una fuerza que no sabía que tenía—. Necesito saber quién era. Qué nos unía. Necesito saber qué estoy eligiendo ahora. Liam bajó la mirada. —Y si te das cuenta de que no soy yo… —Entonces espero que seas lo bastante valiente para dejarme ir.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR