CAPÍTULO 33

1001 Palabras
El reloj marcaba las 10:47 p.m. Nari —o Samantha, aunque ella aún no lo supiera— estaba sentada en el sofá de la casa de Liam. Sus dedos jugaban con el borde de una taza de té frío, sin atreverse a mirar a nadie. Su mente iba y venía entre los fragmentos del recuerdo, como si algo dentro de ella intentara gritar desde lo más profundo. Liam se paseaba por la habitación como un lobo atrapado, sabiendo que la verdad ya no podía postergarse. —¿Qué estás ocultando? —preguntó Nari, con la voz casi temblorosa—. Sé que sabes algo. Lo veo en tus ojos. Antes de que él pudiera responder, el timbre sonó. Dos figuras estaban en la puerta. Un hombre alto, de cabello gris y expresión dura; y una mujer delgada, con las manos juntas y los ojos rojos de tanto llorar. Nari se congeló. —¿Quiénes son? —susurró. Liam tragó saliva. No había forma elegante de decirlo. —Son tus padres. —¿Mis qué? La mujer dio un paso al frente, con la voz quebrada pero firme. —Samantha… Nari retrocedió instintivamente. —No me llames así. —Lo siento, hija. No debimos dejarte ir… no debimos permitirlo… —¿Permitir qué? El silencio cayó como un rayo. Fue el hombre quien habló esta vez, sin adornos: —Ustedes eran parte de un experimento. Aceptamos formar parte del Proyecto Gemini cuando no teníamos nada. Nos ofrecieron ayuda médica y protección… solo si cooperábamos. Nos prometieron que estarían bien. Que siempre estarían juntas. La madre sollozó. —Pero mintieron. Cuando nacieron, nos las quitaron. Dijeron que era por su seguridad. Luego… luego nos ofrecieron recuperar a una. Solo una. No sabíamos cuál era cuál. Estaban marcadas como "S1" y "S2". Nunca nos dijeron quién era Samantha y quién era Nari realmente… —¿Y eligieron dejarme? —escupió Nari, sintiendo un fuego oscuro en el pecho. —No. Nunca elegimos. Fue un sorteo. Una maldita ruleta de laboratorio. La rabia se mezcló con la angustia. Las palabras se volvían cuchillos en la garganta. —Entonces, ¿la que murió… fue mi hermana? El hombre asintió. —Sí. Tú eres Samantha. Y Nari… murió en el accidente. Las lágrimas caían por las mejillas de Nari sin que ella lo notara. —Y ustedes… ¿me buscaron? La madre se encogió. —Durante años. Pero nos dijeron que habías sido adoptada en otro país. Cambiaron todos los registros. Nos amenazaron. Liam intervino por fin. —Yo descubrí todo cuando estaba en la universidad. Encontré los documentos del proyecto escondidos en un archivo cerrado. Al principio no lo entendí… luego vi tu foto… vi los nombres. Tu verdadera historia. —¿Y por qué no me lo dijiste? —Porque tenías una nueva vida. Pensé que si te decía la verdad, te rompería más de lo que ya estabas. Pero no debí decidir por ti. Lo siento. Nari se puso de pie. Sentía que el aire le quemaba los pulmones. —Me rompieron de todas formas. Silencio. —Quiero estar sola. —La frase fue un susurro de acero. Se fue sin mirar atrás, dejando atrás a quienes juraron amarla, y a quienes decían haberlo hecho desde siempre. Pero algo en su pecho había cambiado. Por fin… sabía quién era. El viento golpeaba la ventana como si quisiera entrar a la fuerza. Nari caminaba por los pasillos de su antiguo hogar con una mezcla de furia y miedo en cada paso. No había llamado. No había avisado. Esta no era una visita cordial, ni un reencuentro dulce. Era una confrontación. Sofía estaba en la cocina, distraída, cantando bajo con la radio mientras preparaba algo. No la vio entrar hasta que la voz se quebró por completo: —¿Por qué no me dijiste la verdad? Sofía se giró de golpe, la cuchara en la mano temblando. —Na… ¿Nari? —¿Soy Nari? ¿O Samantha? ¿O el fantasma de ambas? —¿Qué estás diciendo? —Lo sabes perfectamente. Lo supiste todo el tiempo. Sabías que no era tu verdadera hermana. Que no era la Nari que tú recordabas. ¿Desde cuándo? Sofía dejó la cuchara. No tenía sentido fingir. —Desde el hospital. Desde que vi el expediente. Supe que… la operación confundió los archivos. Que probablemente tú no eras Nari. —¿Y por qué no me lo dijiste? —Porque eras feliz. Porque estabas viva. Porque después de todo lo que pasó… ¿qué importaba quién eras, si podías tener una nueva vida? —¡Importaba para mí! —gritó, por primera vez alzando la voz—. Me desperté en un mundo que no entendía, con personas que esperaban que yo fuera alguien que no recordaba. Me esforcé por complacerlos, por no decepcionarlos… ¡y todo el tiempo tú sabías que esa persona no existía! Sofía rompió en llanto, pero Nari ya no se dejaba quebrar tan fácil. —Fui tu excusa perfecta para no enfrentar el duelo real. Para no aceptar que tu hermana estaba muerta. —¡No digas eso! —gimió Sofía—. No lo entiendes… no quería perderte a ti también. —No me tenías que perder. Me podías haber dicho la verdad. Podíamos haber empezado desde cero, pero con honestidad. Sofía cayó de rodillas. Nunca la había visto tan pequeña, tan derrotada. —No supe cómo hacerlo. No soy fuerte como tú… —No, no lo eres —dijo Nari con frialdad—. Pero eso no te daba derecho a decidir por mí. Se giró hacia la puerta. El mismo umbral por el que había llegado años atrás, sin saber que estaba entrando a una vida prestada. —¿Te vas? —Sí. Pero no estoy huyendo. —¿Y a dónde vas? Nari respiró hondo. —A buscarme. Esta vez, de verdad. Y con eso, cerró la puerta. No de la casa, sino de una mentira larga, disfrazada de amor.
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