Se abalanzó sobre mí, estampándome la espalda contra la pared. El impacto fue tal, que el estruendo hizo eco en los paramentos colindantes y el muro se agrietó, desparramándose en el suelo trozos del enfoscado y la pintura blanca. Me quedé sin respiración durante unos segundos, del golpe, y me mareé, tiempo que él aprovechó para sostenerme por el cuello y deshacerse de mi cazadora de pana; quería abrirme el torso para comerse mis órganos y la prenda era un estorbo. La rasgó con sus afiladas uñas con impaciencia, reduciéndola a unos retales que cayeron sobre la calzada, y empezó a olerme con voracidad mientras jadeaba como un animal. De repente, mi pulsera vibró. Lo hizo fuerte, como un móvil, y entonces me espabilé como si me hubieran echado un cubo de agua helada. Intenté zafarme con tod

