- De momento, sólo tu sangre – entonces, mi rostro cambió y se puso serio -. Te has arriesgado demasiado. - Paraste a tiempo y tú estás bien, que es lo que realmente importa – afirmó con un murmullo, acariciando mi mejilla con el dorso de su mano -. Además, yo confiaba en ti, sabía que lo conseguirías. Me eché sobre su hombro y le abracé de nuevo, se estaba tan bien ahí. - ¿Te das cuenta de que me has salvado la vida? – musité. - Bueno, tú salvaste la mía – me respondió con un susurro. - ¿Yo? ¿Cuándo? – quise saber, extrañada. - Cuando me imprimé de ti – confesó -. Tú eres mi ángel. Mi garganta se vio bloqueada por un instante. - Y tú el mío – murmuré finalmente, apretando mi abrazo -. Siempre has sido mi ángel de la guarda. Sus brazos me estrecharon aún más y estuvimos así otros

