- ¿Y en torno a quién gira el tuyo, mamá? – le critiqué de forma acerada -. Dime una cosa, ¿cómo supiste tú que papá era el hombre de tu vida, si sólo saliste con él? Tú no probaste ni comparaste con nadie más. Pero, claro, me imagino que a ti no te hizo falta. Nada más verle, supiste que era tu amor eterno – le solté con ironía. - Pues sí – me respondió sin un ápice de duda en su semblante de porcelana. Puse los ojos en blanco ante tanto amor perfecto. - Pues yo también lo sé – le rebatí, molesta -. Amo a Eliot, y pienso decírselo en cuanto llegue. - No, no lo harás – me contestó con un aire imperativo. - ¿Es que me lo vas a prohibir? – le pregunté, incrédula y cabreada. - Si tengo que hacerlo, lo haré – me advirtió en un tono monocorde -. Aunque preferiría que no me obligaras. - ¿

