Me hubiera arrepentido, si no fuera porque ella ya lo había adivinado y no había tenido opción. Aunque se lo hubiese contado igualmente, ella también tenía derecho a saberlo. Terminé de ponerme la camiseta y la tomé de la mano. - Si quieres, damos un paseo antes de que entres en casa – le propuse. - No, estoy bien – aseguró, tirando de mí para que caminase con ella -. Vamos. Iniciamos la marcha despacio, sin Embargo, a medida que nos acercábamos a la casa, su ceño se iba frunciendo y sus pasos se iban acelerando, hasta que llegó un momento en que casi era arrastrado por ella. De pronto, su mano, que aferraba la mía con fuerza, se soltó y echó a correr hacia el porche, enfurecida. Mierda. ¿Por qué era siempre tan impulsiva? Bueno, aunque yo tampoco estaba para hablar, y, sinceramente,

