Cambiando el destino: Capítulo XI (Parte 2)

4326 Palabras
A los niños los acomodamos en el asiento trasero. Aseguro ambas puertas con seguro y coloco los cinturones de seguridad a los tres, cosa que no le gusta a Mariana, pero le indico, tratando de que nadie más nos escuche, que como niña mayor debe ser un buen ejemplo para los más pequeños, y querer aparentar ser una hermana mayor ayuda a que acepte el protocolo de seguridad que impongo. Mi hija y Javier van a los extremos y el pequeño Ernesto en medio. Cómodos y protegidos los niños, los adultos nos sentamos en los asientos del chofer y copiloto, y tras colocarnos los cinturones de seguridad, enciendo el motor y avanzamos hacia el Jockey Club. Al ser domingo, el estacionamiento está casi copado, pero tenemos suerte y logro encontrar un espacio que acaba de desocuparse cerca al camino que nos lleva a los juegos mecánicos. El motivo principal de visitar este recinto son las carreras de caballos, actividad que es de gusto de muchos, tanto por diversión o por las jugosas apuestas, pero en la explanada que han preparado en un sector del inmenso terreno que aún tiene el club sin construcción determinada, ruedas de Chicago y montañas rusas de diferentes tamaños, así como carruseles, puestos de juegos que ponen a prueba la puntería o la precisión de los visitantes y quioscos de venta de comida resaltan al estar decorados con brillantes luces de colores y el ruido característico que es la combinación de música instrumental que invita al juego, el ruido de las piezas mecánicas al funcionar y la risa de quienes pasan un divertido momento con amigos o familia. Tras pagar por el ingreso de tres niños y dos adultos, los cinco quedamos maravillados por el ensoñador ambiente. La Mariana que quería descansar echada en su cama ha desaparecido por completo, ya que mi niña mira a todos lados con una enorme sonrisa en su rostro, sin saber por dónde ir para iniciar con la diversión. Javier sonríe mientras salta emocionado por todo el color que ve a su alrededor, y Ernesto se nota más animado, disfrutando del momento. —Papito mío, creo que hay que comprar unos tiques para hacer uso de los juegos. Algo así le entendí a mis amigos del colegio cuando me contaron sobre este lugar. La información que acaba de brindarme mi hija hace que busque la cabina de venta de los boletos para subir a los juegos mecánicos o participar de aquellos que son de darle al blanco. Asegurándome que mis cuatro acompañantes me sigan, esperamos nuestro turno en la fila. Cuando llega el momento de comprar los tiques, una de las señoritas me indica el precio de una tiquetera con suficientes boletos para subir veinte veces a los juegos mecánicos, veinte participaciones en los juegos de habilidad y cinco porciones de canchita salada o dulce. Tras comprar uno de esas tiqueteras, caminamos hacia la zona de carruseles para empezar con el domingo de diversión. Hay dos carruseles donde los niños mayores de cinco años pueden subirse solos, pero los más pequeños no tienen opción porque el adulto que los acompañe no cabe en los pequeños espacios. Por lo que lo único que nos queda es el carrusel mayor, donde adultos y niños pueden acompañarse mientras montan estilizadas figuras de corceles y carruajes. Entrego cinco boletos de los veinte que tenemos para los juegos mecánicos y subimos al carrusel. Alejandra se acomoda con Javier y Ernesto en el carruaje, mientras que yo acompaño a Mariana, quien quiere disfrutar el carrusel montada sobre el corcel. Después de acomodar la falda del vestido de mi niña, el juego mecánico empieza a moverse, llegando en cortos diez segundos a tomar la velocidad que hace de este un juego tranquilo, pero muy vistoso por las luces y el decorado que lo caracterizan, uno que nos remonta al siglo XXVIII o antes. Mariana, maravillada por la sensación de ir sobre el caballo, me dice que le gustaría aprender a montar un equino de verdad, comentario que anoto en mi memoria. Al mirar hacia el carruaje, la imagen de Alejandra riendo con sus hijos me alegra el alma. Ellos tres, a quienes me imagino tristes andando por la vida por la violencia doméstica sufridas, el abandono y las dificultades económicas, hoy sonríen y disfrutan. Ernesto se percata que los estoy viendo divertirse, y me señala, reacción que hace que su madre me mire. En los ojos de Alejandra se deja ver el agradecimiento que siente porque estoy brindando a sus hijos una experiencia que su precario sueldo no le permite. Yo solo atino a hacer una ligera venia y a mirarla con ternura. Hace mucho que no trataba a alguien que con tan poco pudiera arrancarle una sonrisa, deleitarme con su risa y gozo, porque las mujeres que había frecuentado eran difíciles de consentir, de gustos caros y lujosos que muchas veces no terminaban por complacerlas. Tras terminar la primera vuelta en el carrusel, Mariana pide una más. Bajo apresurado para entregar cinco tiques más, y al regresar, mi hija me indica que quiere ir dentro del carruaje, al lado de su amiga y nuevos amiguitos. Como no hay espacio para mí, me subo al corcel, recordando las clases de equitación en el colegio militar. Mariana alaba mi habilidad para montar con elegancia el caballo, y yo siento que me sonrojo. Alejandra ríe y aplaude sumándose a los elogios de mi hija, y los pequeños, al notar esas expresiones de alegría, imitan a las mayores. —Miren a papito mío, Javier y Ernesto. Cuando ustedes sean grandes, van a ser tan guapos y unos caballeros como él, así que tómenlo como ejemplo —dice Mariana con orgullo. Mi hija me ama y me admira, y eso calienta mi corazón. —Tú chedás tan linda como mami —agrega Javier, quien se ha animado a hablar. Mientras el carrusel vuelve a girar, siento cómo la felicidad me invade. Que Javier haya empezado a expresarse oralmente significa que la está pasando bien y siente que puede confiar en quienes los rodea, que no debe ser tímido y puede mostrarse como es. Ernesto aún no ha soltado palabra alguna, pero que al verme haya señalado con emoción hacia donde me encuentro, reconociéndome, me ha conmovido. «¿Te ves con esposa y tres hijos, Braulio? Sí me veo rodeado de tantas personas que me colmen de felicidad», me pregunto y de inmediato me respondo seguro de que quiero pasar el resto de mis domingos por la tarde de esta manera. Tras dejar el carrusel, nos encontramos con las piscinas de pelotas que Mariana mencionó. Yo no estoy de acuerdo de que sea seguro para los niños porque aún son pequeños y para mi hija creo que será incómodo porque está con vestido, pero a veces es difícil poder decirle que no a Mariana, así que entrego tres tiques para que los niños ingresen a una piscina llena de pelotas de colores. Al notar que la profundidad no hace que Ernesto, el más pequeño, desaparezca en el mar de pelotas, dejo que disfruten el momento, pero siempre supervisando. Tras terminar los quince minutos que los tiques concedían a cada uno, entrego tres más. A Mariana hay que rogarle para que salga, pero al ver que los más chiquitos no objetan el pedido de su madre, mi hija abandona la piscina sin protestar. Quedan cuatro tiques y somos cinco. Aunque puedo comprar más, no lo digo, esperando la reacción de Alejandra. —Aprovecha en subir con Marianita al gusanito dos turnos seguidos mientras me quedo comiendo canchita con mis pequeños. A ellos les encanta la canchita. La respuesta de Alejandra me encanta. Con naturalidad, me explica que considera que la primera vuelta del carrusel no lo disfrute porque me la pasé parado a un lado del corcel, y luego lo mismo por media hora en la piscina, por lo que a ella se le ocurre que debo divertirme y pasar un momento padre-hija con Mariana. Yo sonrío y le propongo que ella sea quien suba al gusanito con los tres niños. La idea le gusta, por lo que acepta dejándome saber que se encuentra agradecida porque me preocupo que ella y los niños disfruten de la velada. Mientras mis cuatro acompañantes gozan al pasear en el gusanito, que es una especie de montaña rusa de menor escala cuyo carro de varios vagones luce como una oruga muy larga, regreso a la cabina de ventas por más tiques. Al explicarle a la vendedora que quiero solo tiques para los juegos mecánicos, me ofrece veinte boletos más por la mitad del precio de una tiquetera. La verdad es que los juegos de habilidades no les interesan a los chicos, así que comprar otra tiquetera está de más, por lo que acepto la oferta. Regreso justo a tiempo, cuando el gusanito se detuvo y Alejandra baja con los tres niños. —¿A qué otros juegos quieren subir? —pregunto serio. —Ya no quedan más tiques para juegos mecánicos —advierte Alejandra, y Mariana suelta un prolongado «¡ah!» lleno de decepción—. No te pongas triste, Marianita, aún quedan los tiques para los juegos de habilidades. Mira los bonitos peluches que están entregando si ganas el juego —ante el comentario de Alejandra, mi hija se anima. —Papito mío, vayamos a ese puesto donde se ofrece como premio mayor ese lindo pony. Gánalo para mí —pide Mariana. Cuando me toma de la mano para jalarme, gira y se encuentra con las miradas de Javier y Ernesto, quienes siguen sonriendo por lo felices que están. Mi hija deja de insistir y empieza a mirar a su alrededor—. Papito mío, mejor vamos a ese otro puesto donde los premios son esos lindos carritos y pelotas de fútbol, para que ganes premios para mis amiguitos Javier y Ernesto. Quiero que ellos regresen a su casa con muchos regalos. Mi niña es de buenos sentimientos. Como hija única, Mariana nunca ha tenido que compartir nada con ningún niño cuando sale conmigo, y esta vez es la primera oportunidad que tiene para probarse como hermana mayor, pasando con la mejor calificación posible, ya que acaba de poner por encima de su beneficio el de Javier y Ernesto. —Mi princesa, son veinte tiques, puedo ganar seis premios para ti, seis para Javier, seis para Ernesto y dos para Alejandra, ¿te parece? —ofrezco seguro de mi puntería y fuerza. Mariana me mira con algo de duda, pero su amor hace que acepte mi propuesta. —Me parece, papito mío, me parece —responde mi hija con su peculiar estilo de “chiquivieja”. En el puesto que destaca por tener como premios una serie de juguetes de mayor interés para niños varones, se debe atinar en un minuto a cinco patitos, como mínimo, de los diez que se desplazan por un riel mecanizado si quieres llevarte un premio. En una pancarta, se indica los juguetes a entregar según la cantidad de aciertos que se logre en diez tiros, cantidad de intentos que te dan por tique entregado, que se realizan con una escopeta de perdigones. Mientras espero que los retadores antes de mí hagan sus disparos, cargo en mis brazos a mis dos pequeños amigos para preguntarles qué juguetes quieren. Javier empieza a decirme cuáles prefiere; Ernesto se nota nervioso, jugando con un botón de su abrigo que retuerce entre sus deditos. Cuando llega su turno de decirme qué juguetes quiere, me mira apenado. Yo solo atino a dejar un beso sobre sus cabellos y decirle que está bien, que puede confiar en mí. Apretando sus labios en un gesto lleno de inseguridad, Ernesto señala un caballo de madera que funge de mecedora. Para conseguirlo, necesito acertar todos los tiros en una vuelta del riel. —¿No quieres otro premio más? —pegunto a Ernesto. Él niega moviendo su cabecita—. De acuerdo. Te conseguiré ese caballito y otros juguetes más. Al encargado entrego doce tiques, lo que hace que tenga ciento veinte tiros en doce oportunidades. Tras hacer un mini espectáculo alrededor de mi reto, bromeando sobre mi seguridad en mi puntería, mi primera opción corre cuando el riel mecanizado es activado. Llevo años sin hacer práctica de tiro, pero el talento no se pierde cuando es innato. En el colegio militar fui declarado tirador selecto, donde pongo el ojo, pongo la bala; lo único que debo hacer para aprovechar mi oportunidad es conocer el arma que voy a utilizar, por lo que el primer turno es un desastre, al darle solo a un patito. Todos a mi alrededor empiezan a reírse de mi pretensión de ganar algún premio con tan mala puntería. Mariana se molesta con la gente que se burla de mi mala actuación. —¡Cállense! —grita mi niña molesta—. No hagas caso, papito mío. Tú eres el mejor en todo; vas a conseguir todos los juguetes para Javier y Ernesto. ¡Vamos a animar a papito mío! —y tras el pedido de Mariana, los dos niños, empiezan a alentarme. Al grito de «¡Papito mío, tú puedes!, los tres niños me hacen barra. Las voces de Mariana y Javier las percibo claramente, la de Ernesto a medias porque aún no pronuncia bien varias consonantes, pero saber que confía en mí me basta para esforzarme. Tras acomodarme mejor la escopeta de perdigones, atino a siete de diez tiros en el segundo turno. —¡Papito mío mejoró notablemente! —señala el encargado del puesto a la par que entrega una pelota de fútbol a Javier, la que él quería. Durante los siguientes cinco turnos logro atinar tantas veces sean necesarias para cumplir con los cinco premios restantes que Javier eligió. Ya he utilizado siete intentos y ya encontré la maña de la escopeta de perdigones, por lo que decido ir por la racha perfecta, diez de diez en el octavo turno. Atino a nueve señuelos, y la gente se alborota. Ernesto solo me había pedido el caballo de madera mecedora, por lo que yo elijo un premio y se lo entrego. Él me mira desconcertado. —Es para ti, un regalo adicional al que ya elegiste —su tímida sonrisa al tomar entre sus brazos el oso polar de peluche hace que me motive. Noveno, décimo y undécimo turno; ocho, nueve y siete aciertos. Tres regalos más para Ernesto, pero no el que desea. Al ya quedarme una sola oportunidad, pido unos segundos para concentrarme. Repasando rápidamente lo aprendido sobre el arma que estoy usando, encuentro la manera adecuada de usarla para conseguir el preciado caballo de madera mecedora. —¡Que ande el riel! —exclamo con determinación, y todos a mi alrededor vitorean emocionados. De corrido, en diez segundos, diez disparos limpios, acertados en medio de la cabeza de cada figura de patito. Conseguí el premio de Ernesto. —¡Papito mío es el mejor! —grita Mariana, y todos lo afirman. El encargado del puesto me entrega el premio mayor, celebra mi triunfo, y, entre broma y broma, pero con mucha verdad, me dice que no regrese más a su puesto porque lo voy a llevar a la quiebra. —Ernesto, esto es tuyo —digo estirando mis brazos hacia el pequeño que está en los de su madre. Él mira emocionado el regalo. Solo lo toca porque al ser aún un bebé por sus dos años, no puede cargarlo. Dejo la mecedora en el suelo, lo tomo de los brazos de su madre, y lo siento sobre el caballito de madera. Le enseño a empuñar los soportes a cada lado de la cabeza del caballito y colocar sus pies sobre los que están en la base del juguete, para luego darle un ligero impulso con una de mis manos. El vaivén empieza, y Ernesto comienza a reír disfrutando de su juguete deseado. Después de unos segundos, detiene el balanceo al apoyar sus pies en el suelo, me mira y me dice «cias»; yo le entiendo por completo. Cuando estamos por dejar ese espacio del Jockey Club tras ganar los premios para Mariana y Alejandra, subir a otros juegos mecánicos e ir por las canchitas, pasamos por los puestos de juegos de habilidad y entrego un billete de alta denominación a los dos que dejé desabastecidos de premios por mi racha ganadora. —Señor, ¡van a creer que me está pagando por dejarle ganar! —exclama el encargado del primer puesto, de donde me lleve once premios, incluyendo el mayor de ellos. —No se debe preocupar, que bien sabe que no fue así —indico, luego tomo su mano y coloco el billete que equivale a cincuenta tiques para su puesto—. Disfruté jugando y ganando en su puesto, pero esto es su trabajo. Tome este dinero como muestra de agradecimiento por la experiencia que viví. —¡Gracias, señor! —responde el encargado, y me sorprende al darme un abrazo—. Ahora sí le dejo volver a participar en mi puesto —bromea—. Vuelva cuando quiera jactarse de su buena puntería ante su esposa e hijos. Por cierto, felicidades, tiene una bonita familia. Después del delicioso pollito a la brasa que los niños y los adultos disfrutamos, bajamos la cena caminando por el parque cercano a la casa de Alejandra. Mariana corre junto a Javier, y Ernesto da pasitos apurados para alcanzarlos. Los niños se divierten con las pequeñas pelotas de jebe atadas a ligas que se colocan en los dedos que acabo de comprar a un vendedor ambulante, y con el movimiento de sus manos hacen que reboten contra sus palmas, creando un divertido juego que a los tres anima, claro que para Ernesto es más complicado lograr que la pelota rebote, pero ese detalle no le importa porque igual se nota que la está pasando bien al seguir a sus compañeros de juego con una gran sonrisa en su carita. Al ver que ya son las 9 p.m. y que la hora de dormir de los niños ya ha pasado, nos apuramos a subir al auto para dar una vuelta al parque y terminar entrando por el pasaje, hacia la casa de fachada amarilla y jardín perfectamente cuidado. Saco los juguetes de la maletera del auto mientras Alejandra baja a los niños. Tras tocar el timbre, David abre la puerta y sonríe al ver a sus sobrinos cargando con varios regalos. Mariana, quien se siente cómoda al lado de David, no duda en seguirlo tomando de las manos a Javier y Ernesto mientras el tío carga los premios que gané para ellos y los lleva a la habitación que Alejandra comparte con sus hijos. En la sala, quedo a solas con ella cuando veo desaparecer a mi hija, David y los pequeños por el pasadizo. —Gracias por esta maravillosa salida de domingo. Mis hijos y yo nos hemos divertido mucho —agradece Alejandra con naturalidad. Ella es sincera en todo aspecto. —El agradecido soy yo. Me divertí mucho, especialmente en los puestos donde pude practicar nuevamente mi puntería —comento mientras sonrío. En eso, esa sensación de dolor que percibí cuando saludé en esa misma sala a Javier y Ernesto por la tarde regresó. —¿Sucede algo? —pregunta preocupada Alejandra, y yo no sé cómo explicarle lo que siento. —Ernesto es muy triste —digo al recrear en mi mente la primera impresión que tuve de él. —Una tía, amiga de mi mamá que lee cartas y las palmas de la mano, dice que mi hijo es así porque en mi vientre escuchó el rechazo de su padre, y eso lo marcó con la tristeza —los ojos de Alejandra brillan, pero de la manera incorrecta, por las lágrimas que se asoman. —Entonces, hay que darle motivos para que sonría, se sienta alegre y sea feliz —comento, y sin pensar, estiro mi mano hace el rostro de Alejandra, donde mis dedos secan las lágrimas que se atrevieron a recorrer sus mejillas—. Creo que, si a nosotros nos duele lo que los progenitores de nuestros hijos hicieron en contra de ellos, no vamos a ser capaces de ayudarles a sanar. Deja las palabras y la decisión de ese hombre en el pasado, y cuando debas sacar de ahí a ese recuerdo, que sea solo para burlarte del atrevimiento que tuvo de despreciar a tu hijo siendo él un sujeto de nulo valor. En un abrazo que les aseguro carece de toda intensión romántica, aprieto a Alejandra contra mi pecho. Por unos segundos ella llora, callando su lamento al ahogarlo entre mis brazos. Un gesto tan cercano no solo sirve para sentir por completo el cuerpo de una mujer después de una noche de pasión, sino es también una forma de consolar un corazón que sufre, y ahora lo entiendo. Alejandra más que nada padece por sus hijos, por el dolor que los pequeños guardan al no contar con un padre que se preocupe por ellos, que tenga buenos sentimientos y deseos para ellos. —Disculpa por mojar tu blazer —me dice cuando se separa de mí. Yo le entrego mi pañuelo, el segundo que le dejo como señal de que siempre, mientras ella me lo permita, estaré a su lado para consolarla y ser su apoyo. —No te preocupes, ya toca enviarlo a la lavandería —comento con tono divertido para hacerla reír, lo que consigo—. ¿Cómo te puedo contactar durante la semana? ¿Hay algún número de teléfono al que te pueda llamar? Tras mi pregunta, Alejandra va por un lapicero y papel para anotar el número del Bazar Naval, donde se encuentro desde las 8 a. m. hasta la 6 p. m., y el del teléfono público ubicado en la bodega en la cuadra del pasaje que da al parque, donde si la llamo, la vecina le avisa. Con la promesa de coordinar en la semana una nueva cita con los chicos para el siguiente fin de semana, me despido. Una vez más, no entrego mi mano para que la apriete como señal de saludo, sino que me atrevo a acercarme a ella y dejar un respetuoso beso sobre su mejilla, la cual siento húmeda por alguna lágrima traviesa que mi pañuelo no llegó a secar. Ella se sonroja, y yo no fuerzo a que se anime a devolverme el beso. David aparece con los pequeños y mi hija, quien me muestra los caramelos de chicha morada y limón que el «tío David» le ha regalado, ya que mi hija ha decido llamar con tanta familiaridad al hermano mayor de Alejandra porque le cae bien. De la misma manera como los saludé, me despido de Javier y Ernesto. De cuclillas enfrente de ellos, acaricio sus caritas a la vez que les sonrío. Con más confianza después de pasar la tarde juntos, los niños me sonríen y se acercan a abrazarme. Les prometo volver a visitarlos para ir a otro lugar a divertirnos juntos, y ellos celebran el ofrecimiento que les dejo. Tras despedirme de David con un apretón de mano y agradecerle la confianza que está depositando en mí, salgo de la casa con Mariana tomada de mi mano. Después de acomodar a mi hija en el asiento de atrás, subo al auto mientras le repito a Alejandra que estaré comunicándome con ella durante la semana. Tras encender el vehículo y empezar a andar para alejarnos de la pequeña casa de fachada amarilla y jardín perfectamente cuidado del pasaje Ostolaza, Mariana empieza a llorar mientras agita su mano para decir adiós. Alejandra lamenta ver a mi hija demostrando lo que a mí también me afecta porque solo bastaron unas cuantas horas para acostumbrarme a la presencia de Alejandra y de los niños en mi vida. Al salir hacia la avenida Arequipa, el camino a casa se hace más ligero y rápido porque esta noche de domingo no hay mucho tráfico a casi las 10 p. m. Mariana se queda dormida por el desgaste físico y emocional. Mi niña está cansada de tanta diversión y por el llanto generado al tener que decir adiós a quienes ya quiere como familia. Yo aprovecho para reflexionar sobre la tarde, y al darme cuenta que los minutos que estuve enfocado a conseguir los premios para los niños me olvidé de la madre, la mujer que me interesa románticamente, supe que lo que me dolió cuando conocí a Javier y a Ernesto, y volví a sentir cuando regresamos de nuestra cita dominical, era el saber que los debía dejar en una casa que no era la mía y que pasarían varios días para volverlos a ver. «¿Acaso se puede conectar tan rápido con alguien?», me preguntó mientras paso el cruce de la avenida Arequipa con la Javier Prado, ingresando a San Isidro. Y sí, sí se puede conectar con alguien en un solo instante. Eso ya me había pasado, sucedió con Olga, para mi mal, pero ahora es distinto porque Javier y Ernesto son dos tiernos niños que carecen de afecto, cuidado y protección de un progenitor responsable. En eso, las últimas palabras que mi padre pronunció en nuestra conversación previa a la cita que acaba de culminar resuenan en mi mente: «…debes amar a la mujer antes que a la madre». Que la conexión que he logrado con Javier y Ernesto, así como la que Alejandra y Mariana tienen, no sea la excusa que me ate a ella. «Las citas con los chicos son divertidas, pero Alejandra y yo necesitamos conocernos como personas, en la faceta básica e individual con la que nacimos, por lo que debemos salir en algún momento los dos solos». Y por ello, decido que durante la semana debo darme un tiempo para ir a buscarla al bazar e invitarla a pasear los dos solos.
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