Cambiando el destino: Capítulo XI (Parte 1)

3898 Palabras
Tras revelar que tendría mi primera cita con Alejandra y nuestros hijos en unas horas, me sentí tranquilo, seguro, más aún cuando papá me dijo que esperaba que todo vaya bien, que Dios medie entre nosotros, pero ahora que estoy almorzando, siento un nudo en el estómago que no me permite comer a gusto. Por esas cosas de la vida, este domingo no ha venido Fernando y su familia, ya que habían aceptado la invitación para almorzar en casa de un amigo de mi hermano, por lo que no tengo con quien comentar lo que empieza a experimentar mi cuerpo, que asumo debe ser la respuesta de la manifestación de mis emociones. Esta es la primera cita que tengo con una mujer en mi vida. Algo tarde comienzo con esto de las citas, y por ello es que me siento algo nervioso, como preocupado. Es una sensación rara, una mezcla entre el querer que ya sea la hora de nuestro encuentro, pero a la vez que no, como si quisiera más tiempo para sentirme preparado. Dan las 3:30 p. m. y decido que es momento de prepararnos para salir de casa y dirigirnos a la de Alejandra. Mariana no quiere acompañarme a la cita porque dice que prefiere descansar. Como no le puedo confesar con quién nos encontraremos —sino ella empezará a gritar que nos vamos a ver con su amiga, la señora Alejandra, y mi madre me hará un millón de preguntas, unas de un calibre de incomodidad elevado—, le ruego que acepte ir conmigo a dar una vuelta en el auto, un momento padre e hija. Al final accede a mi pedido, pero con mal humor, el cual espero que se le quite cuando le revele con quiénes vamos a pasar el resto de la tarde. —Marianita, ¿no te gusta la idea de tener una cita con papá? —pregunto mientras salgo de la calle donde está la casa para ir hacia la avenida Arequipa. —Papito mío, debes comprender que, aunque soy joven, yo también me canso, y después del almuerzo había pensado en descansar echadita en mi cama —mi “chiquivieja” me arranca una sonrisa por su peculiar forma de expresarse, la de una mujer de años en un cuerpo de niña. —Pero si faltas a esta cita, la señora Alejandra y sus hijitos se pondrán muy tristes porque no podrán verte y jugar contigo. Como si un rayo de energía hubiera caído sobre mi hija, esta se sienta derecha, abre los enormes ojos color miel que heredó de su madre y la alegría se manifiesta en la hermosa sonrisa que marca su carita. —¡¿Vamos a tener una cita con mi amiga, la señora Alejandra, y sus hijitos?! —mi niña pregunta exclamativamente o exclama preguntando—. Papito mío, me lo hubieras dicho antes. Por lo molesta que estaba ante tu insistencia, me he puesto cualquier vestido. Pude lucir más bonita para la cita con mi amiga y sus hijitos —ahora Mariana me regaña. —Lo siento, princesita, pero si te lo decía, hubieras comentado a toda la familia con quién nos iríamos a encontrar, y eso es algo que no quería que suceda —digo mientras sigo manejando con la avenida Arequipa, tratando de avanzar en el caos vehicular. —¿Por qué, papito mío? ¿Hay algún problema con que nos veamos con mi amiga, la señora Alejandra? —pregunta mi niña, y acabo de darme cuenta que me he metido en un problema. —Porque lita Elena es un poquito celosa, y si sabe que vamos a pasar la tarde y cenar con quienes no son parte de la familia, se puede molestar. Hemos estado varios días fuera de casa, y ni bien llegamos, salimos con quienes tu lita no conoce —digo esperando que baste como excusa para mi hija. —Sí, tienes razón, papito mío. Lita Elena es celosa, de esas litas que quieren el amor de sus hijitos y nietos solo para ellas. Pero nosotros tenemos derecho a hacer amigos y salir con otras personas, como mi amiga, la señora Alejandra, y sus hijitos, a quienes quiero conocer —uf, qué bueno que mi hija se haya dado cuenta que a mamá no le gusta compartir el amor de su familia con nadie. —Por el momento, es mejor así, hijita. Eso sí, tu lito Braulio sí sabe que estamos yendo a una cita con la señora Alejandra y sus hijitos, pero te sugiero no conversar de esto con él en casa, ya que vaya a escuchar tu lita o tu tía Elena. Es mejor mantenerlo en secreto entre los tres: tú, tu lito Braulio y yo. Mi niña me confirma con determinación que de ella no va a salir palabra alguna sobre el tema dentro de casa. Mariana no deja de sonreír y de comentar lo emocionada que está porque conocerá a Javier y Ernesto, los hijos de Alejandra. Al estar a una cuadra de nuestro destino, veo que son las 4:30 p. m. —Faltan treinta minutos para las 5 p. m., hora de la cita —comento a Mariana. —¿Y qué vamos a hacer, dar vueltas por el distrito? —pregunta con ironía mi hija. Esta niña y sus respuestas de adulta. —Estaría mal que lleguemos antes de la hora pactada. Puede que la señora Alejandra aún esté alistando a sus hijos, ya que, al ser pequeños, ellos no deben ocuparse solos de cambiarse de ropa —comento con la intención de que Mariana se calme porque noto que comienza a inquietarse. —Entiendo. Bueno, papito mío, estaciona el auto por el parque y bajemos a caminar un poco. Cinco minutos antes de la hora acordada, volvemos al auto para llegar en punto a la puerta de la casa de mi amiga, la señora Alejandra —la propuesta de Mariana me convence y así hacemos. Paseando por este parque de Lince, mi hija encuentra muchas diferencias con El Olivar, principal parque de San Isidro, uno que es varias veces más grande que este. Pero al encontrar algunas ardillas jugueteando entre los árboles y mariposas posadas sobre las flores que decoran el espacio verde de este lado de la ciudad, percibimos su encanto. Diez minutos para la hora pactada, vemos que las puertas de la iglesia, que es la parroquia Santa Beatriz, donde asiste Alejandra y su familia, se abren de par en par a la espera de los feligreses para el rezo del rosario de las 5 p. m., actividad previa a la misa de las 6. Al mirar mi reloj por décima vez, ya que Mariana no quiere que se nos pase ni un solo minuto, y ver que faltan cinco para nuestro encuentro con Alejandra y sus hijos, dejamos la banca del parque y corremos hacia el auto. Esos segundos de competencia, para ver quién llega primero al vehículo, los disfrutamos, ya que la risa de mi hija me contagia su alegría y el esfuerzo físico me da tranquilidad. Al avanzar por el pasaje Ostolaza, por el sector en el cual está la casa donde Alejandra vive con su familia, detengo el auto enfrente del jardín bien cuidado, aquel que decora la entrada de la pequeña casa de fachada amarilla y puerta marrón. —¿Lista para nuestra primera cita con la señora Alejandra y sus hijitos? —pregunto a mi hija mientras pongo el freno de mano. —Listísima, papito mío. Tras bajar ambos del auto, caminamos tomados de la mano hacia la puerta de la casa. Después de encontrar el botón del timbre, lo presiono y esperamos unos segundos a que la puerta se abra. Alejandra, en un bonito vestido gris ceñido a su talle por un cinturón que combina con su calzado de charol n***o y tacones no muy altos, aparece ante nosotros. A quien primero mira es a Mariana, y de inmediato las dos amigas se abrazan, para lo cual Alejandra, con un sutil movimiento lleno de feminidad, recoge su falta a la hora de ponerse en cuclillas enfrente de mi hija. Después del saludo de las amigas, Alejandra hace lo propio conmigo, y noto sus mejillas enrojecidas cuando nuestras miradas se encuentran. Yo no puedo evitar demostrarle lo que siento al mirarla diferente, y ella lo sabe. La saludo con palabras que aún ponen distancia entre nosotros, pero con una sonrisa cálida, que solo le puede entregar a alguien cercano, de confianza. Ella invita a Mariana a ingresar a la casa, y señala que tiene una sorpresa para ella en la cocina. Yo espero que también me invite a ingresar, pero no lo hace. Alejandra me mira apenada, y me dice que su hermano David quiere hablar conmigo antes de irnos. Yo asiento, ante lo que acaba de comentarme, con rostro serio y gustoso de conocer a David, su hermano mayor. Alejandra y Mariana desaparecen de mi vista al ingresar a un pasadizo donde debe quedar la cocina, y la figura de un hombre alto, pero no tanto como yo, aparece. David luce fuerte, de seguro debe golpear duro. Y cuando lo tengo a unos cuantos pasos, puedo notar que tiene los ojos como los de Alejandra, pero el color de su piel es un tono más claro. David es diez años mayor que ella, y hace una semana cumplió treinta y un años. Sigue soltero, algo que no entiendo por qué, ya que puedo afirmar que es un varón de buen ver. Cuando se para enfrente de mí, extiendo mi mano derecha hacia él, me presento y saludo. —Braulio Bertolotto, es un gusto conocerlo —el hermano de Alejandra responde el saludo apretando fuerte, pero sin sobrepasarse. —David Ramos, bienvenido —dice y me invita a pasar a la pequeña sala que inicia ni bien se cruza la puerta de entrada. —Gracias por recibirnos a mi hija y a mí —digo mientras abro el botón de mi blazer para estar más cómodo al sentarme en uno de los sillones. —Por mi hermana, sé que ha entablado una buena amistad con su hija —la voz de David es profunda, varonil, y no sé si es porque aún no lo conozco, además que es el hermano mayor de la mujer que me interesa, que siento algo de nerviosismo cuando lo escucho hablar—, pero no ha sabido decirme el tipo de relación que tiene con usted —los ojos de David son como los de Alejandra, pero la mirada que me ofrece no hace que me sienta entre las nubes como logra la de su hermana. Él está con la guardia en alto, esperando escuchar algo que no le guste para sacarme a patadas de la austera vivienda. —Entre la señora Alejandra y yo aún no existe una relación que nos haga cercanos. La invitación a pasear y cenar para hoy responde a mi interés de conocernos mejor. Como ambos somos padres, no podían faltar nuestros hijos, de ahí que le propuse una salida familiar, para que los niños también se conozcan —yo me escucho seguro, tranquilo, pero el sentirme férreamente observado por David hace que dude si estoy actuando con calma. —¿Conoce el pasado de mi hermana? —pregunta, y yo asiento con un movimiento de cabeza—‍. Entonces es de su conocimiento lo que ella ha sufrido —sin emitir palabra, confirmo nuevamente de la misma manera—. Sé que ella es una adulta, madre de dos niños, aunque yo la sigo viendo como la niña de diez años que corría hacia mí cuando llegaba del trabajo para preguntarme si le había traído un caramelo —el recuerdo hace que la mirada de David se suavice un poco, pero es cosa de segundos para que vuelva a mirarme de manera inquisidora—‍, pero por más adulta que sea, por su condición de madre soltera tras separarse de la alimaña con la que se casó, soy, como hermano mayor, responsable de protegerla junto a mis sobrinos. Es por ello que esta primera conversación entre nosotros no es nada cordial, al menos de mi parte, porque lo que quiero dejar bien en claro es que, si le hace daño a mi hermana, iré tras de usted para cobrarme cada lágrima que suelte por su culpa. Que sea ingeniero civil y trabaje en una respetada constructora, hijo de un general que pertenece a una familia adinera o lo que sea, no va a impedir que lo encuentre y le haga pagar la falta cometida contra mi hermana. No seré un hombre educado, adinerado ni poderoso, pero soy una persona con una enorme determinación, y lo que me propongo, lo consigo, más aún si es para hacer justicia a mi familia. David, aunque me aterra un poquito, me cae bien. Él no me conoce, por eso es que se muestra ante mí amenazante, dispuesto a romper cada uno de mis huesos si daño a su hermana, y lo entiendo, ya que yo haría lo mismo por alguna de las mías. Me gusta que quiera proteger a Alejandra y a sus hijos. Imagino que ver sufrir a la mujer que aún recuerda siendo una niña debió ser frustrante para él, por lo que comprendo la fiereza de sus palabras: él, simplemente, no quiere volver a ver a su hermana padecer por un mal amor. —David, no se preocupe. Tengo una hija, y algo que la vida me ha enseñado es que toda la maldad que hoy haces, mañana regresa a ti. Mis intenciones con Alejandra son buenas. Yo también he pasado por mucho, y es que el dinero no asegura que no se sufrirá por amor. Yo solo quiero conocer a su hermana y que ella me conozca. Y si vemos que somos el uno para el otro, lo que queremos y necesitamos, tomaremos la decisión de formalizar una relación —digo completamente seguro. —¿Qué es lo que necesita? —pregunta con sospecha David, y yo me quedo mudo unos segundos hasta que entiendo que se refiere a lo que acabo de decir. —Tengo una hija, así que, además de querer un buen amor, necesito una buena mujer a mi lado que quiera ser una madre para mi niña. Mariana es parte de mi vida, viene conmigo, y no la pienso hacer a un lado por tener una relación. Mi hija ya es mi familia, y lo que busco con una relación formal es hacer que mi familia crezca. David me mira serio, pero, después de unos minutos, me ofrece una sonrisa. Lo que le acabo de decir le ha gustado. Creo que, desde el inicio de esta conversación, él solo ha estado examinando la clase de persona que soy. —Espero que se comporte bien en todo momento. Me parece un buen ser humano, por lo que me daría algo de pena tener que romperle la cara si llegara a faltarle el respeto a mi hermana. No soy un hombre agresivo, pero, cuando es necesario, no dudo en dejar a un lado la razón para defender a mi familia. Nuestra conversación termina justo a tiempo, cuando Alejandra sale de la cocina acompañada de Mariana, quien trae tomada de la mano a Javier y Ernesto, dos pequeños hombrecitos que visten pantalones de corduroy que combinan con una camisa a cuadros, tirantes y un corbatín, además del abrigo a tono. Ambos lucen el cabello bien peinado, con raya al costado. Javier, de tres años y medio, tiene un paso más firme; en cambio, Ernesto, que apenas tiene dos años y un mes, vacila un poco al caminar. —Papito mío, ellos son los hijitos de mi amiga, la señora Alejandra: Javier y Ernesto. ¡¿No son lindos?! —la pregunta que suelta mi hija al final de la presentación hace que sonría a gusto. Parece que le ha encantado conocerlos. —Son unos caballeritos muy apuestos —respondo a la pregunta de mi hija—. Sus atuendos combinan —añado mirando a Alejandra, en cuyas manos hay un táper lleno de bocaditos dulces. —Como solo hay un año y medio de diferencia entre ellos, son casi de la misma talla, por lo que compro sus ropas al por mayor, por docena. Además, en el Bazar Naval me hacen un descuento adicional como trabajadora, y al ser la primera que se entera de las ofertas en las colecciones de vestimenta de niños, aprovecho para abastecer el guardarropa de mis hijos cada vez que el dinero me lo permite —Alejandra comenta mientras mira con dulzura a sus niños. Javier y Ernesto aún son muy pequeños. El mayor, Javier, parece que tiene una mejor percepción de lo que ocurre a su alrededor, por lo que se ha quedado mirándome con curiosidad desde que salió del pasadizo hacia la sala tomado de la mano de mi hija. En su mirada no hay temor, se sabe protegido, pero le debe llamar la atención que dos personas desconocidas estén en su casa. Quizá la presencia de Mariana no haya sido tan novedosa porque ella es una niña, por lo que de inmediato la puede sentir como su par, alguien igual a él con quien puede compartir un agradable momento, pero yo, un varón en edad adulta, sí soy un personaje que hace despertar interrogantes en su joven mente, y por eso sus enormes ojos marrones no se despegan de mí. En cambio, Ernesto luce un poco perdido de la realidad. Él apenas ha cumplido los dos años el mes pasado, y por unos cuantos días ya tiene un mes más para sumar a los veinticuatro celebrados recientemente, por lo que caminar con soltura y fluidez le cuesta un poco. Aunque Ernesto no me mira, en su carita noto un rastro de tristeza que me preocupa. Este pequeño, cuya madre lo ama con fervor, luce melancólico, y me niego a permitir que esa idea se inserte en mi mente porque él es demasiado joven para padecer de una tristeza vaga, que es profunda, sosegada y permanente, la cual hace que no encuentre gusto ni diversión en el ambiente que lo rodea. Por lo que he podido percibir de ambos, dejo el sillón donde he recibido las advertencias de David para acercarme a ellos. En cuclillas, sonrío al mayor de los hermanitos, quien de inmediato responde a mi gesto, uno que le da tranquilidad porque noto que suelta un suspiro tan pequeño como él, y luego me devuelve el saludo con una tierna sonrisa. Al menor, que mantiene su mirada fija en la mesa de centro del juego de sala, lo saco de su obnubilación tocando con delicadeza, una que se siente como miedo por no querer quebrar algo muy frágil, su mejilla. Los ojos de Ernesto son ligeramente rasgados, diferentes a los de su hermano y madre, y profundamente negros. Después de sonreírle, me animo a soltar un «hola, pequeño», y el calor que contiene ese simple saludo hace que de él se desprenda una sonrisa capaz de iluminar el espacio que nos contiene. Ante la alegría manifestada por su hermano menor, Javier se suelta de Mariana, toma la mano de Ernesto, guiándolo a caminar hacia mí. El mayor me abraza, y el menor, al ver el ejemplo de su hermano, hace lo mismo. En ese instante, siento que algo en mí se torna cálido, pero a la vez me siento roto. De inmediato, de mi imaginación se proyecta una escena, la de Alejandra siendo golpeada por un hombre sin rostro en el espacio entre la cocina y el comedor de una pequeña vivienda iluminada por luz natural, pero que se siente oscura por los sentimientos y emociones que se desprenden de los protagonistas. En una esquina, siendo un espectador infortunado, un pequeño observa lo que ocurre. Por la violencia, Alejandra cae, y de inmediato ella protege su vientre al doblar sus piernas para pegarlas a su pecho mientras con una mano trata de alejar al hombre que la castigó por atreverse a exigir lo debido: respeto y comida. «Lo que estoy percibiendo es la esencia de los pequeños, una que se ha dañado por la falta del padre, por su desamor, abandono y desprecio», concluyo. Queriendo desaparecer todo rastro de dolor, abrazo a los hermanos. No sé si es posible que el calor de un corazón empático pueda derretir la gruesa capa de tristeza que el desinterés paternal creó alrededor de tan tiernos corazoncitos, quizá sea necesario algo más, un amor sincero y desinteresado, pero lo que sí sé es que hoy empieza el proceso de sanación de Javier y Ernesto. Tras soltar el abrazo, ambos sonríen de tal manera que duele. Sí, duele, y no sé por qué. —¿Y a dónde van a ir? —la voz de David interrumpe mis pensamientos y hace que me enfoque en la realidad. —Me han comentado que en el Jockey Club han llegado unos juegos mecánicos para niños de todas las edades, así como para adultos. Había pensado en ir para allá y que los niños se diviertan por un par de horas en esos juegos; luego podemos ir a cenar pollo a la brasa, y antes de regresar a casa, podemos caminar por el parque que está aquí, a una cuadra —comento los planes que pude hacer durante el viaje de regreso a Lima. —¡Sí, papito mío, vayamos a esos juegos! Mis compañeros del colegio ya han ido, solo yo falto. A Javier y Ernesto les va a encantar jugar ahí porque hay unas piscinas llenas de pelotas y un carrusel con caballitos de mentiras y carritos de colores —el entusiasmo de Mariana hace que los pequeños rían y salten animados por mi hija. —Entonces, ¿qué dices, Alejandra? —por primera vez la llamo sin el título de cortesía, ya que no quiero sentirla alejada de mí. —¡Me parece bien! —responde muy animada. Espero que su entusiasmo no sea solo por los planes que he pensado para esta tarde, sino porque se ha dado cuento que quiero sentirme cómodo a su lado, por lo que deshacernos de los títulos de cortesía o respeto al llamarnos es un primer paso. —¿Y su señora madre? Me gustaría poder saludarla y expresarle mis intenciones —David es el hermano mayor que vive con Alejandra, pero prefiero dejar en claro a su madre lo que quiero con su hija y que no soy un desalmado. —Los fines de semana mamá prepara bocaditos dulces y salados para fiestas de cumpleaños y otras actividades sociales. Hoy ha tenido tres pedidos y ha salido a entregarlos, acompañada de nuestro hermano Pedro —responde David con una ligera sonrisa en su rostro. Creo que, tras saludarme con los pequeños, le caigo un poco mejor. —Bueno, quizá la próxima semana los pueda conocer, a su madre y hermano —menciono llevando mi mirada de Alejandra a David, quienes se miran de una manera cómplice que espero signifique algo bueno para mí y mis intenciones. —Ya veremos, es cuestión de coordinar horarios —comenta David a la vez que coloca su mano detrás de mi hombro izquierdo para encaminarme hacia la puerta de la vivienda; ya es hora de iniciar el paseo dominical.
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