Al día siguiente llevo en mi mochila una caja donde he acomodado cuidadosamente varias porciones individuales de torta, vasos de postres de cuchara y dulces de masa que espero vender. Ni bien ingreso al salón de clases, mis compañeros me preguntan por lo que traigo en la mochila, y yo solo abro la caja para que ellos empiecen a pedirme los precios. Como faltaban quince minutos para que llegue el profesor, algunos de mis compañeros van a otros salones e informan que estoy vendiendo unos postres buenazos que deben probar, por lo que ni bien empieza el día, termino vendiendo todo lo que llevé.
- ¿Quién hace los postres, Mateíto? —pregunta uno de mis compañeros.
- Mi novia —suelto y todos se quedan mirándome.
- Cuando las chicas de educación sepan que ya estas de novio, van a llorar a mares —comentó otro de mis compañeros.
- Yo no soy de educación, y ya estoy llorando —comentó en son de broma una de las dos únicas compañeras mujeres de mi promoción. Solo somos dieciocho que este año nos graduamos, y dos son mujeres.
- ¿Y desde cuándo de novio? —preguntó la otra compañera.
- ¿Por qué tan interesada? —repreguntó un compañero.
- Para ir con el chisme por las otras facultades. Más de una llorará con la noticia de que Mateíto ya no está disponible. Muchas tenían la esperanza de ser la elegida —todos ríen por el último comentario hecho por mi compañera.
- Solo les diré que mi noviazgo va muy en serio, tanto que ya estamos viviendo juntos —dudo en contarle sobre Sebastián, pero es mejor que lo sepan ahora—. Tengo un hijo con ella, y tras solucionar nuestras diferencias, hemos retomado lo que teníamos, y ahora vamos en serio con todo. El próximo año recibirán la invitación a nuestra boda —todos están con cara de qué pasó aquí, como si la matrix hubiera manifestado un gran error.
- ¡Qué! —alzaron la voz todos a la vez.
- Que tengo un hijo, convivo con mi novia y el próximo año me voy a casar —repito todo resumidamente.
- Bien guardadito te lo tenías, Mateíto —dice una de mis compañeras con una mirada coqueta y una enorme sonrisa—. Te felicito. Ya me imaginaba que algún cambio para bien se había dado en tu vida porque te noto más alegre, mejor cuidado y más motivado.
- ¿Cuándo nos presentas a tu novia y bebé? —pegunta mi otra compañera.
- En dos semanas, cuando sean las jornadas deportivas. Los voy a traer para que nos hagan barra —respondo sin más, de manera natural.
- ¿Y ella es chef repostera o algo así? Los postres están buenazos —dice el compañero que preguntó primero por lo que traía en la mochila.
- No, solo aprendió a prepararlos desde niña. Su madre es la experta —digo mientras termino de contar el dinero de los postres, el cual guardo dentro de uno de los apartados con cierre de mi billetera.
- Y le estás ayudando a vender los postres que prepara. Tener un hijo les debe demandar mucho dinero —comenta otro compañero.
- Con el trabajo que tengo me alcanza para mantenernos, ya que mi hijo aún es muy pequeño, por lo que no hay gastos de escuela. Sin embargo, mi novia quiere aportar económicamente, aunque ella ya lo hace al cocinar mis alimentos, y lo que gastaba comprando las tres comidas para mí solo, ahora alcanza para compara los alimentos que los tres consumimos, además que ella cocina riquísimo y me siento como un rey cada vez que me siento a la mesa —sonrío al recordar el exquisito desayuno que hace una hora disfruté.
- ¿Ella te prepara los sánguches que en los últimos días has traído? Deberías traer de esos para vender. Los dulces están buenos, pero a veces provoca algo salado y que sea más contundente, para matar el hambre y no solo callarla —lo que acaba de comentar mi compañero me da una idea.
- ¿Quiénes están dispuestos a comprar sánguches como los que traigo para comer a media mañana? —pregunto, y todos levantan la mano—. ¿Son conscientes de que al ser más grandes y contundentes que un postrecito, costarán más? —todos responden afirmativamente a mi pregunta—. Entonces, mañana traigo sánguches. Para empezar, traeré unos veinte.
- Mejor trae treinta. Terminando la clase nos paseamos por los edificios de otras facultades y los venderás todos.
Al terminar mis clases, llamo a Eliana para comentarle el éxito en la venta de los postres que quedaron de la degustación y que debemos ampliar la carta de su negocio a sánguches. Ella, feliz por los comentarios sobre lo deliciosa que es su comida, me indica lo que necesito comprar y las cantidades, así que me dirijo a hacer el mercado para ofrecer sánguches en la universidad el jueves y el viernes.
Paso varios días vendiendo los sánguches de Eliana, los cuales siempre se acaban en los primeros minutos que estoy en la universidad porque ni bien pongo un pie en el campus, son varios los que me piden que les venda uno. Al mismo tiempo, la venta de los postres de Eliana en el negocio de Barbarita es un éxito. El primer pedido que hizo se le acabó en dos días, por lo que ahora Eliana le abastece tres veces por semana. Pablo consiguió un cliente más, la hermana de su cuñado, ya que ella tiene a cargo la cafetería en un colegio de más de mil alumnos. Al acabarse en el mismo día el pequeño pedido que hizo para probar si a los alumnos les gustaban los postres de Eliana, triplicó el pedido y solicitó que le lleven esa cantidad de productos tres veces por semana, ya que los profesores tenían jornadas pedagógicas los sábados por la mañana, de ahí que debía tener variedad de productos para ofrecerles.
Al llegar el primer cumpleaños de Sebastián, decidimos hacerle una pequeña fiesta, solo con los amigos de siempre, más Ángel, Barbarita y sus hijos, la familia de la hermana de Pablo y la cuñada de esta, ya que nos hemos hecho cercanos por la relación comercial. Al comentarle a mis compañeros de la universidad, todos piden ser invitados, y prometen llevar regalos para mi hijo. Al contar a todos los posibles invitados, casi llegan a ser cincuenta personas, número que no veo acomodado en el apartamento. Olena, que siempre está pendiente de nosotros y nos visita constantemente, se entera de este pequeño problema, y sin más ofrece que el cumpleaños sea en la casa que comparte con Aleksandr, Sasha y sus sobrinos.
- La casa tiene un patio con jardín que es enorme, el cual podemos acondicionar para la fiesta. Hay dos baños en la primera planta y la cocina es amplia, por lo que podemos preparar todo lo que los invitados degustarán —comenta Olena entusiasmada por celebrar el primer año de Sebastián.
- Gracias, Olena, pero quizá sea un problemita que esté ubicada en el barrio más lejano y peligroso de la ciudad —digo tratando de que no suene mal el hecho de que estoy rechazando su oferta.
- Podemos movilizar a los invitados desde sus casas hasta la nuestra. Aleksandr tiene una serie de autos y camionetas que dan ese servicio a los clientes exclusivos del negocio de apuestas y del burdel. Podemos usar los vehículos sin problema para recoger a los invitados porque a la hora que inicia la fiesta están desocupados, y cuando la reunión acabe, aprovechamos para dejar a los invitados en sus domicilios, ya que luego irán a recoger a los clientes de los negocios nocturnos —la propuesta de Olena hacía que sea difícil negarse. Los hermanos Shevchenko habían estado para Eliana y Sebastián cuando más necesitaban de ayuda, y rechazar la oferta de celebrar en un bonito lugar el primer cumpleaños de Sebastián no era aceptable. Eliana me miró de esa manera que es capaz de hablarme con los ojos, y entendí que ella estaba de acuerdo en celebrar la primera fiesta de nuestro hijo en la casa Shevchenko.
- Gracias, Olena. Será una fiesta hermosa que siempre recordaremos —tras aceptar la propuesta de la rubia de ojos grises, empieza a llamar a su hermano, cuñada, novio y proveedores para de una vez organizar la fiesta de cumpleaños de Sebastián, ya que teníamos exactamente diez días para ello.
Como lo comentó Olena, Aleksandr destina el uso de los vehículos que transportan a los clientes del negocio de apuestas y burdel a que recojan a los invitados de la fiesta. Ver las caras de asombro de mis compañeros al llegar a la casa de los Shevchenko resulta muy gracioso, ya que el barrio donde está ubicada asusta, pero por dentro es una muestra del buen gusto y dinero de ese par de hermanos. Para que Eliana no esté atrapada en la cocina, Sasha propuso contratar al catering que siempre ofrece sus servicios en los cumpleaños de sus hijos, así que acepto, ya que me parece justo que mi novia disfrute de la fiesta de nuestro hijo, pero cuando quiero pagar por el servicio, Aleksandr ya lo había hecho. «Es nuestro regalo, de Sasha y mío para Sebastián», ante este comentario, está de más discutir, así que este día disfrutaré las delicias que el catering presente durante la fiesta de mi bebé.
La decoración, el espectáculo, las sorpresas y la torta las pagué con mis ahorros. El ajuar de Sebastián ha sido un regalo de Olena, lo cual agradecimos. Pablo contrató a un fotógrafo para que se encargue de plasmar en fotos y vídeo este día, y señaló que ese sería su regalo. Al estar todo listo, la fiesta da inicio con todos los invitados presentes, quienes disfrutan de la animación. Mis diecisiete compañeros de clase están con nosotros compartiendo esta tarde especial, conociendo a Eliana y a Sebastián. Verlos participar de los juegos propuestos por la animadora es un espectáculo que agradezco no perdérmelo y que quede para la posteridad en vídeo. La fiesta de mi hijo ha servido también para compartir una jornada fuera de las aulas universitarias, y eso nos ha integrado más. Todos, como lo prometieron, llevaron un regalo para mi bebé, por lo que, a la hora de abrirlos, Sebastián sonríe al ver tantos paquetes envueltos en papeles de brillantes colores. Tras servir la cena y partir el pastel, la hora de dar las gracias y terminar la fiesta llega. Despedimos a nuestros invitados, y los vemos subir a los autos que los trajeron. La fiesta fue un éxito y un breve fuera de tiempo, puesto que debemos continuar con nuestra agenda de pedidos del negocio de Eliana, el cual está creciendo a un ritmo mucho más acelerado que el imaginado.
Al crecer la cantidad de pedidos y de clientes, analizamos nuestros ingresos y decidimos contratar a dos personas para que ayude en la producción. Así es como Olena nos presenta a dos señoras que necesitaban trabajar. Una había perdido su empleo porque su exjefe la consideró vieja y prefirió contratar a alguien más joven, cuando ella apenas había cumplido los cincuenta años de edad. La otra señora había enviudado teniendo a sus dos hijos estudiando, uno en la universidad y el otro en la escuela secundaria; la pensión de sobrevivencia no le alcanzaba, así que debía tener un ingreso extra. Así es como Raquel y Lourdes se suman a nuestro equipo, y empiezan a trabajar con Eliana, pero iniciando labores en distintos horarios. Raquel, al no tener hijos, es quien llega a las 4 a. m. para preparar los sánguches que vendemos temprano, a eso de las 7 a. m. Mis ahorros los invierto en una camioneta, en inscribir formalmente el negocio como microempresa y en los permisos municipales para vender alimentos en la vía pública. En vez de colocar un carrito de comidas en alguna esquina, cada mañana aparco la camioneta en un punto estratégico cerca de la universidad, así que antes de ingresar al campus, estudiantes, profesores y personal administrativo pasan por la camioneta para comprar su sánguches, cafés o alguno de nuestros postres. Raquel y yo nos encargamos de vender, ya que Eliana se queda con Sebastián, que aún duerme a esa hora. Cuando llega la hora de ir a mis clases, Raquel se queda encargada del negocio, siendo la que sube todo a la camioneta cuando ya se termina hasta el último producto y maneja de regreso al apartamento, para seguir trabajando al lado de Eliana.
Lourdes va llegando a eso de las 8 a.m., después de que sus hijos han partido hacia la escuela y universidad. Cuando las tres están juntas, empiezan a dar los últimos toques a la producción que debe entregarse a mediodía y luego empiezan con los pedidos que están agendados para el siguiente día o los próximos. Eliana es quien se encarga de la organización del trabajo de cocina, de la programación de los pedidos y las compras de ingredientes. Yo soy responsable de las ventas de los sánguches y el reparto de los pedidos, y cuando por cuestiones de la universidad se me hace tarde y no estoy libre al mediodía o antes, es Raquel quien se encarga del reparto antes de que termine su jornada laboral, por lo que, cuando se tiene que hacer cargo de ello, se gana un bono, el cual siempre agradece.
Las semanas se han vuelto meses, y llega el final del año académico en mi universidad. Al ver las últimas notas de mis trabajos y exámenes, veo que mi promedio superó por un punto al del semestre anterior. Aunque haya estado con varios temas a la vez, la energía que gano por tener en mi vida a Eliana es Sebastián es tanta que he mejorado en mis estudios, algo que agradezco porque cierro esta etapa del pregrado con broche de oro. Al llegar a casa y darle la noticia de mi mejorado promedio, Eliana me dice que ese es un motivo para celebrar, así que me invita a cenar los dos solos, dentro de tres noches, cuando me toca descansar del trabajo. «Yo invito, y no se diga más. Los ingresos del negocio son buenos, así que me puedo dar el gusto de celebrarte este logro. Sasha me comentó que cuando queramos tener una cita, dejemos a Sebastián con ella, así que eso haremos. Te amo, y estoy muy orgullosa de ti», yo solo atino a abrazarme a su cuerpo después de escucharla decir que me ama y está orgullosa de mí.
Durante la ceremonia de graduación, Eliana y Sebastián, así como Pablo con Olena y Aleksandr con Sasha, me acompañan. Mi familia más amigos se ven muy alegres por mi logro. Ellos no lo saben, pero ahí se enteran que terminé siendo el primero en el ranking de honor de las carreras de la Facultad de Ingeniería, y que soy el encargado de decir unas palabras en representación de los graduados de las dieciséis clases que hoy celebran. Estoy algo nervioso, por lo que busco aquello que me da fuerza y es mi cable a tierra. Miro hacia donde está Eliana y Sebastián, y veo que mi novia está llorando muy emocionada, abrazada de Olena y de nuestro hijo. Sasha, Aleksandr y Pablo vitorean al escuchar mi nombre al ser invitado al estrado para decir el pequeño discurso que he preparado. Plantado enfrente de los más de doscientos graduados y sus familias, empiezo a agradecer a todos por compartir con nosotros este momento que es especial porque no estamos solos, porque lo podemos compartir con quienes amamos, quienes nos llenan de ganas de ser mejores.
Narro brevemente lo que hemos vivido en las aulas durante los últimos cinco años de estudio, y concluyo que todo sacrificio que tuvimos que hacer ha valido la pena. Agradezco a la institución educativa, a nuestros profesores, al personal administrativo, hasta a quienes se encargan del trabajo de limpieza y seguridad del campus porque también aportaron a que nuestro paso por la universidad sea placentero. Y al final, pero no menos importante, agradezco a Dios y le pido que no nos desampare nunca, en especial ahora que saldremos al mundo a buscar empleo para ejercer en lo que nos apasiona. «Y de manera muy personal, quiero darles las gracias a dos personas que son mi fortaleza y motivación: Eliana y Sebastián, mi novia y mi hijo. Por ustedes ahora sé la clase de hombre que soy y de todo lo que soy capaz con tal de llegar a casa para ver sus cálidas sonrisas. Los amo», así termino el discurso, y luego doy la señal que los graduados hemos pactado para dejar nuestros asientos y lanzar al aire los birretes, una escena que, cuando la veo en los vídeos grabados por Pablo y Aleksandr, me hace sonreír por sentirme satisfecho.
Una semana después, llega Navidad. Esta es la primera de tantas que pasaré al lado de mis amados Eliana y Sebastián. Es la primera vez desde que murió mi madre que siento ilusión de vivir estas fechas, por lo que no dudo en comprar decoración alusiva a las festividades. Mi hijo es el más feliz al ver el árbol decorado con luces y esferas brillantes y llamativas. Eliana ha planeado la cena de Nochebuena, ya que, al ser nuestra primera Navidad juntos, la recibiremos en nuestro apartamento los tres solos, en familia. Después de la cena, muevo uno de los sillones hacia la ventana, para contemplar el firmamento nocturno mientras esperamos que dé la medianoche y empiece oficialmente Navidad. Eliana se sienta a mi lado, y se abraza a mí. Sobre mi otro brazo, acomodado en mi regazo, duerme Sebastián. Cuando las doce campanadas se dejan escuchar, Eliana me desea una feliz Navidad, y yo hago lo mismo. Ella deja caer su cabeza sobre mi hombro, y solo me abraza mientras cada uno de nosotros llora en silencio, mirando cómo el n***o cielo se llena de luz por los fuegos artificiales. Ella, de seguro, llora porque aún le duele el rechazo de su familia, y yo lloro porque aún extraño a mi mamá.
No me malinterpreten. Amo a Eliana y a Sebastián, ellos son mi razón para ser mejor y la materialización de mi amor, pero perdí tan pronto a mi madre, la tuve a mi lado por tan poco tiempo, que en estas fechas me permito llorarla, decirle, donde sea que esté, que la amo, que la recuerdo, que la extraño, y que, aunque no está conmigo, soy feliz. «Quizá eres el artífice de mi felicidad. Quizá eres quien le ruega a Dios por mí, para que me permita ser feliz», le digo a mi madre, quien de seguro también es feliz al haberse encontrado con mi tío, su hermano, quien en verdad la amó, y por eso no la juzgó ni se alejó de ella. Tras llorarla todo lo que no hice cuando estaba solo porque no podía entristecer al no tener a quien me saque de un posible estado de depresión al sentirme miserable por la falta que me hace mi madre, seco mis lágrimas, y le digo a Eliana, quien está dormitando con la cara mojada por la tristeza, que ya debemos ir a nuestra cama para acomodarnos y dormir abrazados a nuestro hijo.
Ella acepta mi propuesta, seca su rostro y me muestra esa sonrisa que cada día me enamora más y más. Al ver mis ojos rojos, deja sus besos sobre ellos, y yo me aferro a su cintura, jalándola suavemente para comerme su boca con desesperación. Han pasado ya varios meses desde la última vez que tuvimos intimidad, en el baño del Área de Lavandería del hotel, cuando me dijo que no quería conocerme. Siento que mi cuerpo tiene necesidad de ella, de sentir su piel pegada a la mía, mientras ambas se humedecen por el sudor que nuestros cuerpos producen ante el calor que nuestra pasión enciende, pero me prometí que la siguiente vez que la tendría desnuda entre mis brazos sería cuando sea mi esposa, por lo que dejo el beso y pego mi frente a la suya.