Cambiando el destino: Capítulo XII (Parte2)

3738 Palabras
—Braulio, hijo, perdóname —escucho la voz de mamá con un tono lleno de lamento, sollozando, pero no veo su expresión porque simplemente no quiero mirarla. El dolor hace que mi corazón se torne duro, que quiera despreciarla, algo que es difícil de ejecutar porque no se trata de cualquier mujer, ella es mi madre. —Elena, coméntale a nuestro hijo qué fue lo que te hizo perder el control de manera tan lamentable —papá colabora en la mediación, pauteando lo que mamá tiene que decir para conseguir que la perdone. —Pasada las ocho de la noche, recibí la llamada de Rocío Armendáriz, quien participa conmigo en el voluntariado del hospital. Ella me comentó que te vio en el Jockey Club junto a Marianita y que con ustedes estaban una mujer joven, de muy buen ver, a quien no pudo reconocer al no ser parte de nuestro círculo social, y un par de niños pequeños, menores de cinco años, quienes lucían hermosos trajes de corduroy que combinaban. »Rocío me dijo que Marianita se abrazaba a la mujer joven y animaba a los pequeños a seguir alentándote para que consigas los premios del puesto donde estabas compitiendo al tiro al blanco. Ella me dijo que se te veía serio, concentrado, pero debajo de toda esa expresión había felicidad. Hasta ahí, me sentí desconcertada porque no nos has comentado que estés saliendo con alguien, mucho menos que tenga hijos, y recordé a la señora Alejandra, a quien conocimos fuera de la iglesia el día de tu cumpleaños. »Recordar que ella es una mujer casada y que se presenta como tal, hablando con soltura y orgullo sobre la procedencia de la familia de su esposo, hizo que el miedo empezara a despertar al creer que, una vez más, te estaban engañando. Rocío me preguntó si te habías casado ni bien enviudaste y esos niños eran tuyos, ya que son varios años menores que Mariana, por lo que hay la probabilidad de que así sea. Además, añadió algo que me perturbó por completo, haciéndome recordar el pasado, que si rehiciste tu vida sin participarlo a nuestras amistades es porque algo malo estás ocultando. »Yo fui la que más sufrí con todo lo que ocurrió cuando esa aprovechada llegó a tu vida. Nunca quise que te casaras porque algo me decía que esa tipa no era buena para ti y para nadie que sea decente, y que lucieras tan feliz el día que te casaste con esa, me dio tanta rabia que no quise volver a verte ni saber de ti porque pensé que te habías desvirtuado, convirtiéndote en la misma porquería que esa y su familia. »Los dos años que no nos comunicamos después de tu boda, sufrí mucho, pero no podía dejar que la pena me derrote. Cecilia, que apenas dejaba de ser una niña para convertirse en una señorita, y los gemelos, quienes estaban lejos del hogar por sus carreras militares, necesitaban de mí, de estar atenta a ellos, así que guardé muy al fondo de mi interior a la tristeza y continué con mi vida, pero por las noches, cuando ya todos dormían, bajaba a la cocina a llorar porque las preguntas sobre cómo estabas y si eras feliz aparecían junto con la sensación de que las cosas no iban bien. »Debo admitir que fue mi orgullo lo que impidió que me anime a preguntar por ti, por lo que el tiempo sin hablarte siguió avanzando, hasta que tu hermana Elena y su esposo, nuestro recordado Mauricio, llegaron e insistieron en que debía escucharlos porque sabían, de primera fuente, cómo te estaba yendo en la vida. Ahí fue que me comentaron todo lo que padecías al lado de esa arpía, que te habías retrasado bastante en la universidad porque no podías llevar todas las materias necesarias al tener que trabajar y cuidar de tu hija porque esa mujer no lo hacía, no la quería a la pequeña Mariana. »Enterarme de que ella no amaba a su propia hija y que la niña sufrió los primeros seis meses de vida porque no recibió alimentación directa de la madre, hizo que algo en mí se desbocara y calle al orgullo. Mi maternidad, el amor por mis hijos, fue lo que se manifestó con tal fuerza que les pedí a tu hermana y cuñado que traigan a la bebé a casa para cuidarla, y así es que volvimos a tratarnos como madre e hijo, como lo que siempre fuimos y no debió interrumpirse por nada ni nadie. »Cuando te vi llegar a esta casa después de tantos meses, cargando en brazos a Mariana, quien era una bebé de poco más de un año; con el bolso rosado colgando de uno de tus hombros; tú solo, sin ninguna mujer a tu lado; sentí que mi corazón se aliviaba. Mi hijo, con apenas veintidós años, estaba siendo todo lo responsable que muchos adultos nunca llegarán a ser, y eso me llenó de orgullo, así como hizo que en mí naciera la admiración por ti y que la tranquilidad llegue a mi vida porque sabía que tú no habías terminado siendo basura como esa y su familia. »Sin embargo, el comentario de Rocío sobre si podías estar ocultando algo desencajó todo en mi mente. En ese momento, no fui capaz de decirle nada que la pusiera en su sitio, no fui capaz de defenderte porque al comentar eso, ella te estaba ofendiendo. Solo atiné a colgar el teléfono, ponerme a llorar y pensar que una vez más volverías a caer en las garras de una mujer interesada que era incapaz de ver todo lo bueno que hay en ti —por unos segundos, mamá se mantiene callada. Yo no suelto ni una palabra, solo la escucho mientras tengo clavada la mirada en el sofá enfrente de mí. »Braulio, hijo, me equivoqué, y mucho, al hablarte como lo hice. Imaginarme que estabas tropezando con la misma piedra desató todos mis miedos, hasta aquellos que no tienen que ver contigo, pero que se unieron a aquel que solo está dedicado a ti por lo que ocurrió en el pasado. Tu padre me ha hecho ver que hice mal en juzgar a quien no conozco, en narrar su historia a partir de supuestos, pero lo peor de todo lo que dije fue vislumbrar para ti un futuro devastador. »Braulio, yo te amo, hijo. Junto a tus hermanos, eres mi motivo de existir, de ser mujer, ya que yo decidí dedicarme a la casa por mis hijos, y ahora por mis nietos, que me necesitan, como Marianita. Yo no quiero ni deseo nada malo para ti, solo espero que tu vida esté llena de bendiciones y que seas feliz. Perdóname por maltratarte, por haberte insultado, despreciado y dudar de tu inteligencia y capacidad de identificar lo malo, lo que no te conviene y te va a perjudicar. Sé que todo lo que dije te ha dolido y no merezco que me perdones, pero igual quiero que sepas que estoy arrepentida de todo y que suplico tu perdón. Ser la madre y tú el hijo, no me da derecho alguno a tratarte como lo hice, encima cuando Marianita estaba en tus brazos. Tú siempre has sido un buen padre, responsable, preocupado y atento a todo lo que necesita tu hijita, por lo que no te merecías que te hable así». Mamá calla porque empieza nuevamente a llorar. Es verdad que ella no debió tratarme con dureza y herirme como lo hizo cuando la ira la llevó a perder todo rastro de racionalidad. Sin embargo, hasta hace poco estuve enredándome con mujeres que me hacían permanecer en la miseria en la cual me sumergí cuando fui embaucado por Olga. Estuve tres años y medio viviendo sin poner en práctica la inteligencia y la capacidad de identificar lo malo, cualidades que mi madre cree que poseo, ya que ella ignora lo que he estado haciendo aprovechando que mi hija está bien cuidada por ella, María y mi hermana, y que tengo un trabajo que me permite poner excusas sobre el variado horario de retorno a casa. «Ella me ha herido, pero yo también lo hice, solo que lo ignora», me digo a mí mismo al imaginarme lo que mi madre hubiera sufrido si se enteraba de mis encuentros nocturnos con mujeres nada honorables. De seguro, todo lo que dijo hoy habría sido un cariño a comparación de lo que hubiera soltado en mi contra si alguna de sus amigas que frecuentan el club le comentaba lo que se dice de mí. «Es una suerte que no haya llegado a oídos de las amigas de mamá los rumores sobre mí, que después del enfrentamiento que tuve con Nidia en el bar ya no son solo chismes porque acepté el haberme enredado con ella y otras más», y saberme sucio, hace que el resentimiento se debilite y sea capaz de mirar a mi madre. Con la espalda encorvada y la mirada fija en las manos que juegan con el bordado del pañuelo que papá le entregó, mamá llora en silencio. Lo sé porque la mancha de humedad crece sobre su falda. A mi madre nunca la he visto con la cabeza agachada, escondiéndose al sentirse apenada. Ella no solo lamenta lo ocurrido por lo dura que fue contra uno de sus hijos, sino que tiene vergüenza porque acepta que no estuvo bien perder el control de sus emociones y dejarse arrastrar sin medir las consecuencias. Confieso que no me gusta verla así: reducida, humillada. —Cuando bajaba las escaleras, pensé en no perdonarte tan rápido, quedarme con el resentimiento por unos días al irme de viaje de trabajo, pero luego recuerdo que yo también me equivoqué, que tuve mis errores, por los cuales no te he pedido, en ningún momento, que me perdones —mamá se mantiene callada y sigue llorando. Me animo a extender mi mano y posarla sobre las suyas que juguetean nerviosa con el pañuelo de papá—. Te perdono, madre, como espero que tú también me puedas perdonar por todos los errores cometidos. Además, echar a la basura todos los aciertos que has tenido en tu labor de madre solo por lo ocurrido esta noche me parece que no sería justo. Mamá toma la mano que dejé sobre las suyas y se la acerca a los labios para dejar un beso sobre ella. Ese gesto me conmueve tanto que sin poder evitarlo unas lágrimas se escapan de mis ojos. Tras volver a posar mi mano con las suyas sobre su regazo, la acaricia como si se tratara de un pequeño niño a quien le está dando mimos. —Gracias, hijo. Me alegra enormemente que seas noble y humilde de corazón, que no hayas heredado mi soberbia —dice mamá, y con timidez levanta la cabeza para mirarme. Sus ojos, esos que son hermosos cuando sonríe, lucen rojos y chiquitos por lo hinchados que están de tanto llorar. Me acerco para abrazarla, y ella se aferra a uno de mis brazos, así como descansa su cabeza sobre mi pecho. Una visión llega a mí en este momento o simplemente me he dado cuenta de algo que estaba ignorando: mi madre, al igual que papá, han envejecido y ahora yo, el hijo, soy quien debe protegerlos y cuidarlos. Quizá mamá no sea una adorable ancianita porque aún está en el final de sus cincuentas, pero por primera vez siento que ella ya no tiene las mismas fuerzas con las que me cargaba cuando yo era un niño que lloraba. El llanto que soltaba ante algún raspón o moretón que me hice al jugar sin prestar atención al peligro hacía que ella quisiera consolarme, por lo que me acurrucaba entre sus brazos y me cantaba para despejar mi mente y olvidarme del dolor. Mis padres están envejeciendo y debo ser fuente de paz y no de conflicto para ellos. —Gracias a los dos por no dejar que el tiempo pase y solucionar este problema de inmediato —dice papá sonriendo mientras suelta un suspiro de alivio—. Elena, ahora yo te quiero pedir perdón por hacerte recordar el motivo por el cual nos apresuramos a casarnos —papá tiene un temperamento fuerte, luce muy serio y, a veces, es algo frío y distante, con una presencia amenazante cuando así lo quiere, pero también es un hombre justo, reflexivo, capaz de aceptar sus errores para disculparse por ellos y enmendar el daño que pudo ocasionar. —Nunca debimos mantener en secreto ese detalle. Sé que lo hiciste por mí, ya que me daba mucha vergüenza que los demás sepan que estaba embarazada de cuatro meses cuando nos casamos, pero por ocultar ese detalle de nuestra relación, no hemos compartido con nuestros hijos las oraciones por el bebé que perdimos ni el visitar su tumba en familia. Hasta ahora, solo hemos ido tú y yo a dejarle flores, recordando con cariño a quien pudo ser nuestro primer hijo. Ya es momento de que toda la familia conozca sobre él. La tensión por que no se sepa el motivo que ocasionó las repentinas nupcias provocó que mi madre pierda a quien hubiera sido el hijo mayor de esta familia. A la semana de la boda, un inesperado sangrado alertó que algo no iba bien con el embarazo y mamá terminó siendo internada en el Hospital de la Policía, donde no pudieron hacer nada por salvar al bebé. Eso deprimió a mi madre, quien se culpó de no ser lo suficientemente fuerte como para mantener a salvo a un hijo en su vientre. Papá estuvo a punto de dejar su sueño de ser policía porque le preocupaba la estabilidad emocional de mamá, a quien no podía atender como quería por el trabajo. Él recién había salido de la Escuela de Oficiales como alférez, y al ser una pieza de menor jerarquía dentro de la institución, no le quedaba de otra que acepta las órdenes de sus superiores, a quienes poco les importó lo ocurrido en su vida personal. Ahora entiendo por qué papá es tan humano con sus subalternos: él sabe el daño que causa la falta de empatía ante el dolor ajeno. —No será mañana, pero en estos días sería bueno que llamen a Fernando y Cecilia, y los citen para que les comenten los detalles que acaban de compartir conmigo, los cuales de aquí deben ir a contar a Elena. Julio piensa venir a Lima a pasar Navidad y las Fiestas de Fin de Año en familia, ahí podrían conversar con él sobre lo del bebé que perdieron, aunque estoy seguro que Fernando le adelantará algo de información. Y a Fiorella y Lorena se lo dirán cuando regresen a Lima en enero, después de tres años de servicio con su congregación en el interior del país —‍sugiero porque lo ya revelado no se puede volver a ocultar, más cuando son mis padres los que ya no quieren seguir guardando el secreto. —Estoy de acuerdo con mi hijo —dice mamá sin soltar mi brazo, aquel al que se aferró cuando me acerqué a abrazarla. —Bien, entonces, vayamos a descansar. Son casi la medianoche, y mañana los chicos deben ir al colegio y nosotros a trabajar —indica papá, pero mamá le pediría concederle unos minutos más para cerrar por completo lo ocurrido esta noche. —Braulio, hijo, no te voy a prometer que no volveré a comportarme como lo hice esta noche porque estoy segura de que no cometeré el mismo error dos veces, sino porque esto es algo que debo resarcir de otra manera —lo que mamá está diciendo llama mi atención por completo porque no sé a qué se refiere—. Todo esto nació de mi miedo, uno que se alimenta de la desinformación sobre tu vida. Más allá de los temas sobre tu trabajo y Marianita, no sé nada más sobre ti. Aquí, con tu padre como testigo, quiero pedirte que confíes en mí aquello que se refiera a tu corazón y el rehacer tu vida. Como madre y mujer puedo servirte de mucha ayuda —miro con duda a mamá, ya que ella ha demostrado fastidio ante la presencia de Alejandra, y si tengo toda la intención de conocerla para luego iniciar una relación formal, los desplantes de mamá incomodarán a quien también me importa. —Mamá, yo ya me decidí por conocer a Alejandra para confirmar la idea de mujer que tengo de ella y para mostrarme ante ella tal y como soy, sin caretas ni falsos modos. Tú ya demostraste que no te cae bien, y teniendo como testigo a papá, te digo que no pienso dejar de salir con ella y sus hijos solo por darte gusto —mamá niega moviendo la cabeza. —Braulio, mi propuesta no nace por mi interés de hacerte cambiar de opinión. Lo que te pido al confiar en mí es que traigas a Alejandra a la casa para conocerla —miro a mi padre tratando de que no se me note lo desconcertado que estoy para no ofender a mi madre—. Qué mejor para ti que puedas integrarla a las reuniones familiares, más ahora que tu hermano Fernando y su familia están en Lima, por lo que el grupo familiar ha crecido. Quiero que confíes en que me portaré correctamente con ella y sus niños. A mí, como madre, me interesa conocerla y estar segura de que ella es quien dice ser. Mi intención no es empezar una cacería de brujas al propiciar situaciones que dejen mal parada a Alejandra. Lo que quiero es que, en un espacio seguro, donde está tu familia, puedas conocerla y darte a conocer bajo nuestro respaldo. Y te aconsejo que lo mismo debería suceder en la familia de ella. Lo que acaba de proponerme mamá, me agrada, pero no soy capaz de creer ciegamente en su oferta, ya que hace un par de horas fue capaz de vaticinarme un futuro desalentador y miserable, peor que la vida que ya tuve al lado de Olga. Miro a papá, y él, con un simple gesto que no es más que cerrar sus ojos lentamente para luego volverlos a abrir de la misma manera, me asegura que confíe en mamá. Qué habrán conversado ellos dos para que mamá muestre tremenda apertura hacia Alejandra y mi casi segura relación formal con ella. —Está bien, mamá, así lo haré —acepto, y mi madre sonríe con ternura—. Y empezaré comentándoles que he decidido ir durante la semana a buscarla al trabajo para invitarla a cenar, para conversar, aunque sea un par de horas, los dos solos. Sé que somos padres y es importante que interactuemos con nuestros hijos y ellos se conozcan, pero también somos un varón y una mujer que deben conocerse como personas, y para eso debemos salir de vez en cuando ella y yo solos. —Completamente de acuerdo contigo, hijo. Solo hazme saber cuando vayas a demorar en regresar a casa por ir a verla y salir a pasear los dos solos para hacer que Mariana duerma y no te espere para recibir el beso de las buenas noches, ya que al día siguiente tiene colegio. Ya sabes cómo es tu hija con eso de que no puede dormir si no le das su beso de las buenas noches —la apertura de mamá hacia la futura relación con Alejandra me anima. Definitivamente, tener el apoyo de tus padres en lo que emprendas te fortalece y alienta a no desmayar. —No te preocupes, mamá, a ambos les haré saber cada paso que daré con respecto a conocer a Alejandra —ella me ofrece una sonrisa sincera, aunque luce muy cansada. A esta hora, usualmente, ella ya está dormida, puesto que cada mañana despierta junto a papá, que deja la cama a las 4‍ a. m. para ejercitarse—. Ahora vayamos a dormir, que hay que levantarnos dentro de cuatro horas —digo, y papá niega moviendo la cabeza. —Mañana levantémonos a las 6 a. m. para alistarnos y desayunar antes de ir a dejar a los chicos al colegio y luego al trabajo. Luciré jovial, pero a mis sesenta y un años necesito dormir unas horitas más si me desvelo —el último comentario de papá nos roba una sonrisa. Al llegar a mi habitación, me encuentro con Mariana despierta, discutiendo con María, quien le pide que se duerma de una buena vez. Tras agradecer a la buena de María por acompañar a mi hija y avisarle que el inicio de la jornada de mañana será a las 6 a. m. por el retraso en la hora de dormir que hemos tenido, se va a descansar a su habitación que queda en el primer piso de la propiedad. —Papito mío, siento mucho el no haber hecho caso a María sobre que debía dormir, pero no podía hacerlo por lo preocupada que estaba por ti. ¿La lita Elena te hizo algo malo? —mañana mamá debe disculparse con sus nietos; ellos no pueden quedarse con la idea de que es mala y que me ha maltratado. —Todo lo contrario, mi princesita. Tu abuela me pidió perdón, me explicó los motivos que tuvo para explotar de esa manera y me aseguró que lo único que quiere es que sea feliz —Mariana empieza a saltar sobre la cama, manera de festejar que mamá y yo no estemos disgustados. —Bien por la lita Elena. Ella no es mala, pero si te trata mal, yo ya no la voy a querer, dejará de ser mi lita —comenta seria Mariana, y para que no esté pensando en lo ocurrido, le comento mi plan de ir a ver a Alejandra a su trabaja durante la semana para invitarla a cenar. —Y esa noche que me encuentre con Alejandra, necesito que usted, señorita, me ayude durmiendo a su hora. Una niña de su edad necesita dormir la cantidad de horas adecuadas para que crezca sana, fuerte y más bonita de lo que ya es —mi pedido hace que Mariana se pare sobre su cama en posición de atención. —¡Sí, señor papito mío! —la respuesta solemne de Mariana, como si estuviera en el colegio militar, me hace reír. Mi hija tiene cada ocurrencia.
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