A regañadientes, Mariana y mis sobrinos dejan la cama y se disponen a asearse para ir al colegio. Mientras María me ayuda con mi hija, yo aprovecho en tomar una ducha rápida y vestir el traje con el que hoy iré a la constructora. Cuando bajo al comedor junto a mi hija y María, veo que mamá ha preparado un suculento y bien variado desayuno; es su forma de querer disculparse con la familia.
Mamá se acerca a Mariana y le pide que la perdone por lo ocurrido ayer por la noche. Mi niña, quien ama a su abuela, la abraza. Lo mismo sucede con Sarita y Efraín, quienes ingresan al comedor con algo de desconfianza. Mamá de inmediato les pide que la perdonen por lo sucedido, que no fue su intención causar un mal rato para la familia. Mis sobrinos, inteligentes e intuitivos, aceptan las disculpas de su abuela, ya que saben que ha pedido perdón de corazón. Todos sentados en la mesa para desayunar, incluida María —quien lloró un poquito cuando mamá le pidió también perdón a ella— pudimos disfrutar las deliciosas viandas preparadas con esmero por mi madre antes de empezar los chicos la jornada escolar y los adultos el trabajo en nuestros centros laborales como en casa.
A mi regreso por la noche, mi hermana Elena me pide conversar. Mamá ya le contó todo sobre el hijo que perdió poco después de su boda con papá, y me propone ir el sábado, aprovechando que Mariana no tiene lecciones de tenis por un evento deportivo de alto nivel que se realizará en el club, a dejar flores en la pequeña tumba dispuesta para él en el mausoleo de la familia, el cual está en el cementerio Presbítero Maestro, el más antiguo de Lima, que data de inicios del siglo XIX. Nuestros padres han invitado a Fernando y Cecilia con sus familias a almorzar el domingo, y aprovecharán para comentarles lo del bebé que perdieron, por lo que no podemos sumar a nuestros hermanos a la visita planeada para el sábado. Yo acepto, ya que noto a mi hermana triste tras enterarse de la desgracia ocurrida los primeros días de la vida matrimonial de nuestros padres, así que tenemos una misión por realizar este sábado la hermana mayor y el hermano menor, los nuevos Elena y Braulio.
Terminada la cena y, al mirar mi reloj, ver que son las 8:30 p. m., me pregunto si me podré comunicar con Alejandra por el teléfono público ubicado en la bodega de su vecina. Durante las horas de trabajo, no tuve tiempo para llamarla al Bazar Naval, ya que mi jefe aprovechó para calendarizar mi labor de supervisión de los siguientes dos meses, por lo que estuve ocupado negociando fechas, y fue una decisión acertada que hoy veamos las obras a supervisar y los días que estaría fuera de Lima porque sin consultarme ya había contemplado que estuviera por Huaraz el día del cumpleaños de mi hija, algo que no podía permitir.
Aprovechando que papá aún no llega, me encierro en su oficina para usar el teléfono sin ser interrumpido. Tras marcar el número del teléfono público de la bodega que Alejandra anotó con tan bonita letra, la voz de un hombre notoriamente ebrio se deja oír.
—Buenas noches, quisiera comunicarme con Alejandra Ramos, por favor —digo elevando la voz porque el tipo al otro lado de la línea se queja de no escucharme bien.
—Car-rajo, ¿no p-puede hablar más alto? ¡Hip! —suelta el hombre. Pensar que en el barrio de Alejandra hay borrachos por doquier hace que me preocupe. ¿Qué pasaría si alguno le falta el respeto mientras está llegando tarde, por la noche, a casa?
—¡Suelte el teléfono, señor Palomo! ¡¿Otra vez ebrio?! ¡Papá! El señor Palomo está ebrio y contestando el teléfono, otra vez —escucho una voz joven de mujer.
—No te preocupes, hija, yo lo llevo a su casa. Fíjate si ya colgaron o aún esperan respuesta —la voz varonil se aleja mientras la del borracho se queja.
—¿Aló? —dice la jovencita esperando respuesta.
—Buenas noches. Por favor, quisiera comunicarme con la señora Alejandra Ramos, su vecina que vive en la casa de fachada amarilla y bonito jardín —estoy tan nervioso, y no sé por qué, que empiezo a dar más detalles de los debidos—. ¿Podría avisarle que Braulio la llama?
—¡Claro! No hay problema. ¿Espera o corta? Podría volver a llamar en diez minutos —sugiere la jovencita.
—No, yo espero. No se preocupe.
El ruido circundante se filtra por el auricular mientras espero escuchar la voz de Alejandra atendiendo la llamada.
—¿Aló, Braulio? —escuchar su voz me da tranquilidad.
—¡Hola, Alejandra! Espero no llamar en un mal momento. Por la mañana no tuve tiempo para comunicarme contigo al teléfono del bazar —como no está en su casa, me imagino que debe ser incómodo estar contestando una llamada en el teléfono público de la bodega, en plena calle.
—Los bebes acaban de quedarse dormir, y yo recién he puesto a hervir la olla para lavar los pañales de mis hijos —con el sueldo que gana, Alejandra no se permite gastar en pañales desechables, los cuales son costosos, por lo que cada cierto día debe dedicarse a hervir los pañales de sus hijos, como yo lo hacía con los de Mariana—. Tengo tiempo hasta que David me avise que el agua ya hirvió —comenta con un tono jocoso que me hace reír.
—Te llamaba porque quería saber cómo te ha ido, si los chicos están bien, así como David, tu mamá y tu otro hermano, Pedro —la verdad es que no tengo tema de conversación planeado, solo quería escuchar su voz. Lo de la cena durante la semana será una sorpresa, así que no lo pienso mencionar.
—Gracias a Dios todos estamos bien y hemos empezado bien la semana —me la imagino sonriendo mientras habla porque ella es así de dulce y amable—. ¿Cómo estás tú? ¿Y Marianita? ¿Cómo le va a mi pequeña amiga? —acabo de percibir en la voz de Alejandra lo que mi hija me comentó alguna vez, que su voz cambia cuando habla de sus hijos, como que suena más alegre, pero estaba vez ha ocurrido al preguntar por Mariana. ¿Será que Alejandra empieza a ver a mi hijita como suya?
—Mi princesita está bien, solo muy atareada porque debe ponerse al día en el colegio. El viaje a Iquitos hizo que se retrase en las materias. Mañana le prestarán unos cuadernos para que copie los apuntes, así que regresaré temprano a casa para ayudarle a ponerse al día y explicarle lo que no entienda de las clases que no pudo asistir —comento mientras estiro mi cuerpo y siento que mis músculos se relajan. Conversar con ella fluye de manera natural.
—Qué bueno que Marianita puede contar con un papá responsable y dedicado a ella. Es importante para nuestros pequeños saber que tienen nuestro apoyo para todo —no percibo tristeza en su voz, pero quizás en su mirada ha aparecido una señal de esa emoción.
—No quise que mi comentario te ponga triste —suelto creyendo que lo puede estar.
—¡Pero no lo estoy! —comenta de inmediato, soltando una risita encantadora que me hace suspirar como un bobo—. Braulio, es triste que el padre de mis hijos se haya desentendido de ellos, pero no es algo que determine mi vida. Con mi comentario solo pretendí resaltar tus cualidades como padre, no añorar lo que mis hijos no tendrán.
—No te adelantes al futuro, Alejandra. El propósito de conocernos y hacernos cercanos es el de ver la posibilidad de iniciar una relación formal y convertirnos en familia al unirnos juntos a nuestros hijos. Javier y Ernesto, cuando sea el momento de que vayan al colegio, me tendrán a mí para ayudarles, siempre y cuando tú quieras que así sea —ahora estoy nervioso. Hablar de estas cosas con Alejandra me tensa, ya que no sé lo que puedo esperar de ella. Al ser una mujer decidida a hacerse respetar y luchar sola por sus hijos, no sé si pueda tomar a mal mis palabras y sentirse ofendida. Ella se queda callada por unos segundos, los cuales siento como si fueran horas. El ruido de su barrio me perturba al aumentar mi nerviosismo.
—Gracias, Braulio —suelta con una voz sumamente suave, melodiosa, que me enamora y retorna a mí la paz—. Tú también puedes estar seguro de que yo seré un apoyo para Mariana si decidimos entablar una relación formal. No me animo a decir que seré como su madre porque creo que ese lugar nunca lo podré llenar. La madre pudo haber estado muy equivocada con respecto al trato que le dio a la hija, pero quiero creer que, si hubiera tenido la oportunidad de darse cuenta de su error, hubiera rogado por el perdón de su hija y hecho todo lo posible por reparar el corazoncito herido de Marianita. Sin embargo, si nuestra querida niña quisiera llamarme mamá, yo lo aceptaría con mucho gusto. Los adultos debemos apoyar a nuestros niños en todo, y si para ella es importante saber que tiene una mamá que ve en mí, estoy dispuesta a ejercer ese papel con orgullo y dedicación.
Alejandra me enamora. Y lo digo no porque esté hablando de mi hija, de cómo va a ser un soporte para ella, sino porque escucharla decidida, firme, me enamora. «Alejandra, ya hirvió el agua», se escucha la voz de David a lo lejos.
—Ya es hora que te vayas. No hay problema. Mañana, que estaré más tranquilo en la constructora, te llamo al bazar —es una promesa que le hago porque me estoy quedando con las ganas de hablar más con ella.
—Está bien. Hazlo a eso de la 1 p. m., durante mi hora de almuerzo. Podemos conversar un ratito antes de ir a la sala de empleados a comer —de seguro no puede dejar su puesto durante las horas laborales, así que no queda de otra, aunque sea unos diez minutos le robaré a su almuerzo para escuchar su bonita voz.
—Buenas noches, Alejandra. Saludos para David, así como para Pedro y tu madre, aunque no los conozca. Dale un beso de mi parte sobre la frente a mis pequeños Javier y Ernesto. Mañana conversamos.
—Buenas noches, Braulio. Gracias por los saludos, y los besitos se los daré a mis pequeños. Un beso y abrazo para Marianita. Mañana hablamos.
Tras colgar el auricular, el teléfono suena, una llamada está ingresando. Descuelgo y se trata de mi amigo Pablo Santivañez, quien muy contento me llama para cancelar nuestra cita de todos los miércoles. Resulta que la prima de su cuñada lo ha invitado al cine. «Benditas las mujeres fuertes e independientes que no temen dar el primer paso cuando los hombres somos algo tímidos», pienso imaginándome la voz de Fernando, ya que a mi hermano se le hubiera ocurrido una frase parecida a la que surgió en mi mente. Acepto con gusto la cancelación de nuestro encuentro de media semana, y le deseo una exitosa salida al cine, para que en septiembre Pablo ya esté con enamorada.
Al recordar mis ganas de sorprender a Alejandra a la salida de su trabajo para invitarla a cenar, me alegra que Pablo esté ocupado este miércoles porque así puedo adelantar varios días mis planes. Ya había pensado que sería este sábado nuestro inesperado encuentro para pasar unas horas solos, sin hijos, conversando sobre nosotros, de nuestros pasados con mayor libertad y detalle, ya que ante los niños no se puede hablar de esos temas, pero que Pablo cancele me viene a bien.
Ya es miércoles, y tanto ayer como hoy me he comunicado con Alejandra al teléfono del Bazar Naval. En las dos oportunidades marqué el número a la 1 p. m. en punto y le robé diez minutos de su hora de almuerzo solo para escuchar su voz y sentirme reconfortado; además, es importante que Alejandra sepa que estoy pendiente de ella porque me importa, y eso solo lo consigo con una oportuna llamada diaria.
Como mañana jueves salgo muy temprano hacia la ciudad de Ica para supervisar la obra de un puente y dos carreteras, lo que hará que regrese el viernes por la noche, justifico mi salida de hoy a las 4:30 p. m. alegando que debo atender unos asuntos personales previo a mi viaje. Mi jefe no se hace problema al dejarme ir, ya que no tengo pendientes, así que con una enorme sonrisa bajo hasta la cochera para encender mi auto para dirigirme hacia el distrito de San Miguel y sorprender a mi querida Alejandra.
Solo en mi mente la llamo así: querida, amor, mi cielo, corazón mío, ternurita, pedacito de cielo, angelito mío, y de tantas otras formas más que solo expresan el cariño que aumenta en mí para Alejandra. Ella es bella e inteligente, de comportamiento amable y delicado, lo que hace que mis ojos obtengan vida propia y no quieran despegarse de ella cuando la captan en la periferia, pero más allá de la atracción física, en mí está comenzando a manifestarse aprecio y cariño a niveles que sobrepasan la amistad o una relación familiar, lo que creo que es amor de un varón por una mujer.
Si llego a enamorarme de Alejandra, a amarla, sería la primera vez para mí, ya que ahora entiendo que por Olga solo sentí atracción y deseo —lujuria y lascivia juntas—, mas no amor, y ni qué decir de mis amantes de una noche, por quienes nunca tuve ningún sentimiento de real importancia. Ella, Alejandra, si decidimos iniciar una relación formal y duradera, sería la única mujer a la que llegue a amar, lo que la define como un ser sumamente especial para mí. Entiendo que hay hombres a los que no les interesa tener una sola mujer, pero a mí me causa mucha ilusión poder amar solo a una y que ella me ame con la misma intensidad.
El Bazar Naval está abierto hasta las 9 p. m., pero Alejandra se retira a las 5 p. m., ya que ingresa a las 8 a. m., una hora antes de apertura del bazar para verificar que el cuadre de caja de la noche anterior esté conforme y reponer los artículos que faltan en los estantes. Ella pertenece al turno de apertura y es una empleada a tiempo completo. Cuando estaciono mi auto en la zona de parqueo del bazar, son las 4:57 p. m. ¿Cómo pude llegar en menos de media hora a San Miguel desde San Isidro?, no tengo ni la menor idea; debe ser que hubo intervención divina para ello.
Camino hacia el ingreso del bazar, y en verdad Dios está conmigo porque me encuentro a la señora Emma, quien es la jefa inmediata de Alejandra y de todo el personal de servicio al cliente. Ella me reconoce y saluda con amabilidad, yo hago lo mismo y me atrevo a preguntarle por Alejandra. La mirada pícara de la señora Emma me incomoda, pero el comentario que deja me hace saber que ella aprecia a Alejandra y quiere lo mejor para la mujer que me interesa.
—Ingeniero, Alejandra es una muy buena mujer, una joven excepcional, única. Se la confío porque sé que proviene de una buena madera como lo es su padre, el general Braulio Bertolotto, quien no permitiría que uno de sus hijos dañe a una inocente como Alejandra —la señora Emma me observa, esperando una respuesta de mi parte.
—Señora Emma, más que por honrar el nombre de mi padre, a Alejandra la trato con respeto y amabilidad porque me interesa. A ella la aprecio y valoro, así que me gustaría que un día ella me considere alguien especial en su vida —ante mi respuesta, la jefa de atención al cliente del Bazar Naval sonríe y me indica dónde debo esperar a que salga Alejandra, ya que el personal se retira por una puerta distinta a la del ingreso de clientes.
La espera me impacienta y miro mi reloj de pulsera cada tanto. Al ver que ya superan las 5:10 p. m., respiro hondo para calmar mis nervios y recuesto mi espalda sobre la pared, a un lado de donde estoy aguardando por Alejandra. A los minutos, escucho la puerta de ingreso y salida del personal del bazar abrirse. Oigo distintas pisadas y voces despidiéndose, por lo que dejo pasar todas aquellas que no pertenecen a quien me interesa. Los comentarios en susurros sobre mi buena apariencia me hacen esbozar una ligera sonrisa casi imperceptible, pero es el siguiente comentario directo a mí el que me hace sonreír complacido.
—Buenas tardes, joven. Mi nombre es Magda y trabajo en la Sección de Electrodomésticos y Cocina del bazar —iba a responder el saludo y presentarme ante la señorita que está parada enfrente de mí, vistiendo el mismo uniforme que Alejandra usa durante las horas de trabajo, pero la joven habla tan rápido que no sede el turno en la conversación—. Me atrevo a acercarme porque estoy segura que ha venido por Alejandra —dice, y solo logro asentir con la cabeza porque ella corta nuevamente mi intento de hablar—, y solo le quiero decir que ella es una buena mujer que se merece respeto y consideración, así que espero que sus intenciones con ella sean buenas —dice con un poco de reproche en su voz.
—Magda, ¿qué haces? No te metas, que no es tu asunto —indica la señorita que acompaña a aquella que se ha presentado como Magda.
—¡Claro que es mi asunto! Alejandra es nuestra amiga, trabaja con nosotras y yo la aprecio mucho.
—Pero Alejandra es casada, ¿acaso sabes que este joven es su esposo? —pregunta la señorita sin nombre.
—Por favor, Aída. Dos años trabajando en el bazar y, ¿cuándo ha llegado ese tipo? Mi intuición me dice que Alejandra está sola, que ha sido abandonada a su suerte por el que es su esposo, así que tiene todo el derecho de rehacer su vida. Además, ¿no reconoces al hermano del teniente primero Fernando Bertolotto? —la joven que ahora sé que se llama Aída me mira y se asombra tanto al darse cuenta quién soy que se tapa la boca y la nariz con las manos—. Por favor, le pido que sea bueno con mi querida amiga Alejandra y que su acercamiento a ella sea para bien —termina de decir Magda, luego hace una reverencia, muy al estilo de los asiáticos, y de seguro alguna de sus dos familias debe ser china o japonesa, si no son ambas, porque los ojos rasgados de Magda así lo hacen notar.
—No se preocupe, señorita Magda, mis intenciones con Alejandra son buenas. Me alegra que en el trabajo haya gente que la aprecie y la considere su amiga —digo, e imito la reverencia que acaba de hacer.
La voz de un joven llamando a la señorita Magda se escucha provenir desde un moderno auto. Ella indica que se trata de su hermano, quien siempre va a recogerla de paso que sale de su trabajo en un operador logístico con presencia en el Puerto del Callao. Tras despedirme de ambas compañeras de trabajo de Alejandra, quedo con una sonrisa al entender que ante los demás se nota mi interés por ella, así como el que ella también tiene por mí; además, los demás aprueban que ella se dé una oportunidad conmigo, algo que es bueno porque deja en un plano sin importancia el hecho que sea una mujer casada.