Cambiando el destino: Capítulo XIII (Parte 2)

3520 Palabras
—¿Braulio? ¿Qué haces aquí? —pregunta Alejandra, a quien ni noté salir por estarme regocijando en la alegría que despertó en mí lo comentado por Magda. —¡Hola! —respondo y me acerco a ella para dejar un beso sobre su mejilla derecha—. Estaba cerca del bazar, saliendo de una reunión con un posible cliente, cuando me dije ¿por qué no ir a saludar a Alejandra e invitarle a cenar? —miro mi reloj, y son las 5:20 p. m.—. O a tomar el lonche, digo, por la hora —estoy nervioso, por lo que no sé si mi último comentario salió con el tono de humor que deseaba impregnar. Alejandra ríe muy divertida, y luego me mira con ternura. Eso debe ser una buena señal, o así lo espero. —Me da pena decirte que no puedo aceptar tu invitación, pero hoy miércoles toca lavar la tanda de pañales que se han acumulado desde ayer y lo que va del día, así como la ropa sucia de mis amados hombrecitos —Alejandra me mira apenada. Sé que a ella le encantaría decirme que sí, pero la responsabilidad con sus hijos es más grande que sus ganas de pasar un buen rato conmigo, y la entiendo. —¿Los pañales y la ropa sucia de Javier y Ernesto son el único motivo para rechazar mi invitación? —pregunto mientras una idea aparece en mi mente. —Sí. Creo que si estás aquí es porque quieres que tengamos tiempo solos, sin nuestros hijos, para conversar de temas que no podemos tratar ante ellos, y a mí también me gustaría, pero tengo un cerro de pañales y otro de ropa sucia que debo desaparecer hoy sí o sí. Durante el invierno demora el secado sobre los tendederos, de ahí que debo lavar dejando solo un día, sino mis hijos se quedan sin pañales y ropa de diario limpia —su respuesta es sincera, se nota en sus bonitos ojos que está diciendo la verdad. —¿Tú lavas sola los pañales y la ropa sucia? —pregunto, y ella asiente con un movimiento de cabeza—. Entonces, si yo te ayudo, podrás terminar más rápido y saldremos a cenar —‍propongo, y miro mi reloj para calcular nuestros tiempos—. A tu casa estaremos llegando a eso de las 6 p. m.; con mi ayuda, fácil que en un par de horas terminamos con el lavado de pañales y ropa sucia, así que a las 8, más tardar 8:30 p. m., podremos salir hacia un bonito restaurante para cenar y tener una buena plática. ¿Qué dices?, ¿aceptas mi plan? —Pero ¿cómo se te ocurre que voy a hacerte pasar a mi casa para que laves los pañales y la ropa sucia de mis hijos? —pregunta entre risas Alejandra. Ella piensa que lo que he dicho es una broma, pero va cambiando de parecer al ver que yo no río y la miro esperando una respuesta clara sobre lo que acabo de proponerle—. ¿Hablas en serio? —¡Por supuesto! Soy muy competente lavando pañales y ropa sucia. Los primeros años de Mariana estuve encargado de su cuidado yo solo. Si bien es cierto que mi hermana Elena me ayudaba por horas a cuidarla, mientras trabajaba o estaba en la universidad, el lavado de su ropa y pañales era un trabajo exclusivo para mí, así que por las noches llegaba al apartamento en el distrito del Rímac a realizar esa tarea, la cual solo podía iniciar cuando ella se había dormido, lo que hacía que termine mi labor ya bien entrada la madrugada. No dudes que te puedo ayudar y ser muy eficiente en ello, por lo que podremos ir a cenar sin problema. Asimismo, prometo regresarte temprano a casa, para que descanses a tu hora, puesto que debes trabajar mañana. Y yo también debo dormir temprano porque mañana viajo a primera hora a Ica. Tengo trabajo que realizar en el sur. Alejandra me mira con ternura y con una sonrisa cálida que me enamora. Ella acepta, creo que es imposible que no lo haga después de darle las referencias sobre mi experiencia con pañales y ropa sucia. Al mirar el reloj una vez más, bromeo con que hemos perdido valiosos cinco minutos, así que tomo su mano y la animo a correr hacia mi auto, para no perder más tiempo. De manera milagrosa, nuestro recorrido no se ve detenido por los semáforos, ya que cada vez que llego a uno, este cambiaba a verde de inmediato, así que arribamos a su casa antes de lo pensado. Ahora lo difícil será ingresar a su casa hasta la zona de lavado para ejecutar la parte importante de nuestro plan. Por un momento duda, y la noto incómoda de que yo ingrese a su casa y vea las carencias en las que vive. —Alejandra, si vieras el apartamento que podía alquilar en el Rímac, no dudarías en dejarme pasar a la intimidad de tu hogar. Te puedo asegurar que tu casa es un palacio al lado de ese pequeño espacio desprovisto de toda comodidad donde vivía con mi pequeña Mariana y la bruja de su madre. Ella sonríe por las últimas palabras de mi comentario, el cual ha servido para despejar toda duda que amenaza con deshacer nuestros planes. Al abrir la puerta de su casa con la llave que es para su uso, me pide que espere unos segundos en la sala, ya que debe avisar a su madre y hermanos que estoy aquí, y que voy a ingresar al patio trasero para lavar los pañales y la ropa sucia de mis dos apreciados caballeritos. Un muy sonoro y agudo «¡¿qué?!» se deja escuchar a los segundos que Alejandra desapareció de mi vista. Imagino que es su madre sorprendida —lo espero así, que sea sorpresa y no disgusto— ante lo que Alejandra acaba de decirle sobre el porqué de mi presencia en su casa. Escucho pasos apurados venir hacia la sala, y es David junto a otro hombre, que de seguro es Pedro, ya que se parece al hermano mayor, solo que su tono de piel es más acanelado, como el de Alejandra. —¿Braulio? ¿Es verdad que has venido a lavar los pañales y la ropa de mis sobrinos? —pregunta sorprendido David. —Hola, David. Así es. Es que con Alejandra queremos salir a cenar, y como los pañales y ropita de los bebes debe lavarse sí o sí, hoy, me he ofrecido para que los dos nos ocupemos de ese quehacer juntos, así acabamos antes y podemos ir a cenar sin inconvenientes. Los hermanos se miran sorprendidos. Ellos no creen que yo, un ingeniero civil de respetable familia, estoy en la sala de su casa esperando que me permitan ingresar al patio trasero para lavar los pañales y ropa sucia de los pequeños hijos de su hermana menor. David me presenta a Pedro, quien es un par de años menor que él, ocho años mayor que Alejandra, y luego me invita a pasar hacia el patio. Yo me deshago de mi saco y camino remangándome la camisa, así como retiro de mi muñeca derecha el reloj de pulsera. En el camino, veo a una señora de cabellos muy canosos que se parece mucho a Alejandra, con ese tono de piel bonito y ojos grandes como los de ella, pero que no se acerca, más bien cierra la puerta de la habitación donde está. —A mamá no le gusta la idea de que estés aquí, pero somos mayoría la que vemos a bien tu presencia esta tarde en casa —comenta Pedro, quien se ve que es más de sonreír que David. —Gracias por el apoyo —respondo ante su comentario. —Definitivamente, Dios está con ustedes porque al querer ayudar a mi hermana puse a hervir el agua para lavar los pañales —menciona David unos pasos antes de llegar al patio trasero, lugar donde tienen dispuesta una cocina a kerosene de una hornilla con una enorme olla ennegrecida por el hollín sobre ella. Pedro me alcanza el jabón y el rallador antes de que se lo pida, lo cual agradezco porque ha sabido leerme la mente, lo que significa que él y yo nos llevaremos bien. Y a un lado del fregadero con caño, empiezo a rallar dos bloques de jabón para ropa. Para lavar apropiadamente los pañales de tela que se reutilizan, estos deben hervirse en agua con jabón por unos diez minutos, luego retirar y con agua fría bajar la temperatura de la tela para empezar a fregar hasta quitar la última señal de jabón en ellos, ya que los residuos podrían irritar la piel de Ernesto, el caballerito que por su edad aún usa pañal. Estoy a punto de terminar con el primer bloque de jabón cuando llega Alejandra cargando las cestas con los pañales y ropa sucia. Como falta poco para que el agua rompa el hervor, me apuro con el jabón. Ella empieza a desaguar los pañales, ya que en breve debemos colocarlos dentro de la olla. Me apuro a terminar de rallar el segundo bloque para encargarme de desaguar los pañales, que son varios. A ella le encargo que coloque el jabón rallado en la olla y vaya moviendo el agua para que se deshaga el jabón más rápido. Cuando termino de exprimir el último pañal sucio, Alejandra me avisa que el agua ya está lista para recibir los pañales. Uno por uno vamos sumergiéndolos en el agua jabonosa. La dejo a ella encargada de dar vuelta de vez en cuando a los pañales dentro de la olla mientras contabiliza los diez minutos que deben hervir. Yo empiezo con la ropa sucia de Javier y Ernesto, quienes llegan en brazos de sus tíos. Por un momento creo que no son capaces de reconocerme, ya que solo me han visto una vez, pero después de unos minutos escuchando mi voz, ambos me sonríen y quieren que los cargue. Por breves minutos dejo mi trabajo lavando la ropa para cargarlos y dejar un beso en sus frentes. Me alegra ver que Ernesto sonríe y es cariñoso conmigo, ya que a él lo noté más apagado cuando nos presentaron. Tras terminar el tiempo de los pañales en el agua jabonosa hirviendo, Alejandra apaga la cocina y yo entrego a Ernesto a Pedro, ya que no quiero que Alejandra pretenda cargar esa enorme olla repleta de agua hirviendo. Ella hace espacio en el fregadero para que pueda colocar la olla en él, debajo del chorro de agua que cae del caño. Con ayuda del cucharón de madera que utilizan para el lavado de los pañales en el agua hirviendo, los muevo para que el agua fría tenga contacto con ellos y la temperatura baje a un nivel que me permita tomarlos con las manos para estrujarlos. Alejandra está terminando de lavar la ropita de los bebes mientras yo hago lo mismo con los pañales, que han quedado reluciendo de limpios, con un blanco perfecto. Después de acomodar los pañales en una tina de plástico, los llevo hacia los tendederos. David y Pedro hacen que Javier y Ernesto me alcancen los ganchos con los que sujetaré los pañales, ya que de nada sirve lavarlos con agua jabonosa hirviendo si al final terminarán ensuciándose en el suelo del patio trasero. Los niños ríen mientras me entregan los ganchos, actividad que hago que para ellos se torne un juego. Tras terminar de colgar el último pañal, Alejandra se acerca con la tina llena de ropa, la cual le pido que deje conmigo para que ella vaya a cambiarse para nuestra cita. Tras terminar de colgar la última prenda chiquitita de mis queridos niños, acomodo las tinas y la olla, así como la cocina y el rallador donde me indicar David y Pedro. —Ya está todo en orden. Ahora vamos para la sala, cuñado, a esperar a Alejandra —dice Pedro. Yo sonrío emocionado de que uno de ellos me considere ya parte de la familia. —¿No te parece que es demasiado pronto para darle el título de cuñado? Además, eso es algo que Alejandra debe decidir, no tú, Pedro —señala de inmediato David, pero con un tono de voz divertido que no rompe mi ilusión. —El hombre ha venido a lavar los pañales y la ropa de nuestros sobrinos para que Alejandra pueda salir con él a cenar, ¿qué más tendría que hacer para que lo consideremos nuestro cuñado? ¡Él está superinteresado en nuestra hermana! Y creo que ella igual, sino no hubiera permitido que llega a la casa. El último comentario de Pedro me anima, y mucho. Él tiene razón, por una mujer que no me interesa, no movería ni un dedo por conseguir que acepte mi invitación. Además, el trabajo de lavar pañales y ropa de bebé es duro, por lo que cualquiera se lo pensaría dos veces, pero a mí me importa conocerla y que ella sepa de lo que soy capaz por ella y por la familia que construiremos cuando lleguemos a formalizar. Tras acomodar mi camisa, colocar mi reloj en mi muñeca y vestir el saco, Alejandra llega a la sala con un bonito y sencillo vestido verde esmeralda que luce hermoso en ella y hace perfecto juego con el tono canela de su piel. Acompaña al atuendo los mismos zapatos de charol que utilizó en la cita con nuestros hijos, una cartera a juego y un abrigo n***o que ya lució antes. No soy de fijarme en esos detalles sobre cuántas veces una mujer puede repetir vestido, calzado u accesorios, pero imagino que no cuenta con un presupuesto mensual dedicado a proveer su guardarropa. Ella luce hermosa como está, aunque repita mil veces el mismo vestido, zapatos, cartera y abrigo, y soy muy consciente de eso, pero no puedo evitar molestarme porque la vida no le ha dado la oportunidad de gozar ciertas banalidades que se merece al ser tan buen ser humano en todo sentido. «Bueno, por algo he llegado a su vida. Soy quien proveerá de comodidades y lujos a Alejandra, aquellos que se ha ganado por ser tan maravillosa persona», me digo a mí mismo, decidido a que seré parte de su vida más pronto de lo que todos imaginan. Al ser la 7:35 p. m., Alejandra me pide que le conceda unos minutos para dejar cambiados a los bebés, listos para que duerman. David y Pedro habían dado de cenar a los niños mientras nosotros estábamos iniciando el lavado, por lo que solo se debía cambiarlos, lavarle los dientes y llevarlos a la cama. —Si me permiten ingresar a la habitación donde duermen mis pequeños Javier y Ernesto, puedo ayudarte a cambiarlos, asear sus dientes y dejarlos listos para dormir. Ante mi ofrecimiento, Alejandra mira a sus hermanos, y David hace el gesto de invitarme a pasar hacia el pasadizo que ya conozco al haber ido al patio trasero a lavar pañales y ropa sucia. En la pequeña casa de fachada amarilla y jardín frontal bien cuidado, hay dos habitaciones, un baño completo y una cocina, además de la pequeña sala-comedor y el patio trasero. David y Pedro comparten la habitación que da al patio trasero, y Alejandra con sus pequeños y su madre en la que está enfrente de la cocina; el baño queda enfrente de la habitación de los hermanos varones. Como la mamá está encerrada en su habitación, me guían hacia la de David y Pedro, donde cambiaremos a los niños sus ropas por los pijamas, para luego ir al baño a cepillarle los dientes. Alejandra trae agua tibia de la cocina para darles un rápido baño de esponja a los pequeños, ya que por el frío no es recomendable bañarlos a esta hora. Con la ayuda de Pedro me encargo de Ernesto mientras Alejandra y David asean a Javier. Entre los cuatro avanzamos rápido, y he vuelto a colocar un pañal de tela después de varios años, ya que ahora mis sobrinos usan descartables, puesto que mis hermanos pueden pagar por ellos. Tras colocar los abrigadores pijamas, vamos al baño a lavar los dientecitos de estos dos caballeritos, a quienes les divierte sentir las cerdas de sus cepillos rozando sus delicadas encías. Limpios y abrigados, los dos se acomodan juntos en la cama de su tío David y esperan ser arropados. Pedro y David me invitan a ir junto a Alejandra a darle las buenas noches a Javier y Ernesto. Pedro sonríe mientras David contempla la escena luciendo serio. Alejandra me enseña que primero rezan un Padre Nuestro y tres Ave María antes de darles un beso y arroparlos para dormir. Javier ya sabe hacer la señal de la cruz, pero a Ernesto hay que guiarle la manito derecha. Yo ayudo al caballerito menor, y este me agradece con una linda sonrisa. Con las manitas juntas, en postura de oración, los niños tratan de repetir lo que su madre y yo rezamos. Al terminar el rezo, vuelvo a ayudar a Ernesto con la señal de la cruz, y él extiende sus manos hacia mí. —Te está pidiendo su beso de buenas noches —comenta Alejandra en un susurro, ayudándome a entender lo que Ernesto quiere de mí. —Buenas noches, pequeño Ernesto. Que tu ángel de la guardia te proteja mientras duermes, por lo que te deseo hermosos sueños —digo, y me acerco a dejar un beso sobre la frente de Ernesto. Al estar tan cerca de él, mi niño acaricia mi cara y sonríe. A mí me gusta su tacto, me recuerda el de Mariana a su edad. Luego con Alejandra cambio de sitio para desear buenas noches a Javier. —Buenas noches, pequeño Javier. Que tu ángel de la guardia te proteja mientras duermes, por lo que te deseo hermosos sueños —repito para el caballerito mayor, y tras dejar un beso sobre su frente, se apodera de mi nariz, haciendo que mi voz suene chistosa cuando hablo, lo que hace que ambos hermanitos empiecen a reír. Ya arropados, nos despedimos de ellos, quienes se quedan con Pedro, ya que David nos acompaña a la puerta. —¿A qué hora regresas? —pregunta el hermano mayor. Alejandra me mira para que sea yo quien responda. —Son las ocho, nos tomará quince minutos llegar al lugar que tengo pensado. Mientras toman nuestra orden, llegan los platillos y cenamos, será una hora y media más. Luego quince minutos para regresar, así que calculo que estaremos de regreso a las 10 p. m. ¿Está bien o muy tarde? David gruñe, yo le sonrío mientras espero su respuesta. Dos horas para una cita a cenar me parece lo mínimo decente que se nos puede conceder. —Está bien, 10 p. m. Ni un minuto más, Braulio, ¿entendido? —enfatiza en la última palabra David. —Entendido —digo mientras hago rápido el saludo militar, dejando notar que David es mi superior a quien hago caso sin discutir. —Gracias, David —la dulce voz de Alejandra se deja escuchar. Ella se acerca a su hermano y deja un beso en la mejilla de David. De seguro él ha vuelto a recordarla siendo una niña de diez años, aquella que lo esperaba cada tarde a que llegue del trabajo, porque él sonríe con un toque de melancolía. Ya en el auto, le comento a Alejandra sobre el restaurante donde he reservado, una trattoria con buenísima comida italiana y un ambiente cálido, que, según las personas que comparten la cena, podría sentirse como hogareño o romántico. —Braulio, disculpa que haga esta pregunta, pero ¿es de esos lugares que te ponen varios cubiertos por todos lados, igual que copas? —aprovechando el semáforo en rojo, giro mi cabeza para ver a Alejandra, y al encontrarme su expresión llena de preocupación, noto que ella teme no ser capaz de desenvolverse con comodidad a donde nos dirigimos. —No, solo un juego de cubiertos, una copa para el vino y un vaso para el agua u otra bebida que elijamos —respondo con mucha empatía, ya que lo último que quiero es que ella se sienta incómoda. Al notar que está nerviosa porque está jugando con el broche de su cartera, poso mi mano sobre las suyas—. Alejandra, no te preocupes. Si por algún motivo no sabes utilizar algún cubierto que coloquen sobre la mesa, yo te puedo enseñar. Los dos estaremos solos, así que nadie se fijará si sabes o no utilizar los cubiertos con propiedad. Olvídate de eso, y solo preocúpate de pasarla bien a mi lado. Cuando llegamos a la zona de parqueo exclusiva del restaurante, le pido a Alejandra que me permita abrirle la puerta. —Por supuesto, Braulio. Mi querida Marianita me enseñó que todo caballero debe abrir la puerta de toda dama —ella sonríe, y la noto más relajada.
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