Cambiando el destino: Capítulo XIII (Parte 3)

4248 Palabras
El valet del estacionamiento abre mi puerta, saluda y me indica que se encargará de cuidar el vehículo, lo cual agradezco. Tras abrir la puerta del copiloto y ayudar a bajar a Alejandra, caminamos hacia el restaurante, cuyo diseño arquitectónico lo hace lucir como una cabaña en los Alpes italianos. Alejandra mira por todos lados maravillada, ya que es para ella la primera vez en un restaurante italiano que recrea la experiencia de estar en la misma Italia. Al indicar a la anfitriona que tengo reservación a mi nombre, nos guía hacia la mesa que pedí exclusivamente para los dos, una que se encuentra en una esquina, algo lejos de las demás, ya que no quiero que los comensales de otras mesas escuchen lo que vayamos a platicar. Antes que se vaya a sentar por sí sola, le pido que me permita ayudarla a acomodar su silla, lo que acepta sonriendo ruborizada. Antes de tomar asiento, le recomiendo retirarse el abrigo, lo cual le ayudo a hacer para dejarlo colgando en su silla, junto con su cartera. Yo desabrocho los botones de mi saco y me siento a su lado. La anfitriona nos entrega las cartas y nos indica que en breve llegará el mesero que tomará nuestro pedido. El mesero aparece ante nosotros a tiempo, después de haber ayudado a Alejandra a elegir el platillo para cenar. Tras irse con nuestro pedido, Alejandra comenta lo que es obvio para mí desde que me preguntó si donde íbamos era un restaurante de varios cubiertos. —Esta es la primera vez que estoy en un restaurante tan bonito, donde los platillos son completamente nuevos para mí, o al menos los nombres que aparecen en la carta, ya que acabas de decirme que spaghetti alla bolognese no es más que tallarines rojos —ella ríe nerviosa, y yo río encantado de su comentario—. Braulio, temo no saber comportarme y hacerte quedar mal —sus ojos se llenan de lágrimas, y eso me preocupa. —Alejandra, por favor, tranquila. Si te traje a este restaurante es para que disfrutes el momento, la comida, el ambiente, no para que te preocupes por si encajas o no. Eres una mujer hermosa de movimiento delicado, por lo que luces perfecta en el diseño de este espacio. No seré arquitecto, pero algo de ese trabajo entiendo, y tú eres tan bella que luces perfecta donde estés —la conforto con mis palabras mientras con mi mano acaricio sus cabellos. —Gracias —dice tratando de no llorar. Saco mi pañuelo del bolsillo interior del saco y limpio las lágrimas que se han acumulado en sus ojos, tratando de no estropear su tenue maquillaje. Al llegar el mesero con las copas de vino que pedí y las entradas, empezamos la cena. Después de unos minutos, ella se da cuenta que nadie nos mira, que cada quien está ocupado en sus asuntos, por lo que se suelta un poco y come tranquila. Ella tiene un buen manejo de los cubiertos, así que no entiendo qué fue lo que causó el nerviosismo de los primeros minutos en la mesa. —Braulio, hay algo que no te he dicho sobre mí que quizá no te imaginas y que es la base de mi inseguridad en estos momentos —el mesero llega con los platos de fondo justo cuando hemos acabado con las entradas. Cuando se retira, Alejandra continúa con lo que quiere compartir conmigo. »Yo solo tengo primaria completa —ella dice tratando de no llorar—. En realidad, todos mis hermanos solo tienen primaria completa, salvo Mercedes, quien no quiso continuar estudiando tras terminar el tercer grado de primaria». Lo que acaba de decir me ha sorprendido mucho. Ella es una mujer que demuestra mucha inteligencia, una buena capacidad de comunicarse y expresar ideas sin problema, por lo que no entiendo por qué no estudió la secundaria, pero que me diga que los mismo sucedió con todos sus hermanos y que una de ellas decidió dejar a medias la primaria, no me lo creo. —¿Por qué tu hermana Mercedes no terminó la primaria? —pregunto antes de consultar sobre lo que en verdad me interesa: lo que ocurrió con ella. —Porque a ella nunca le gustó estudiar. Mercedes repitió dos veces segundo grado y tres veces tercero. Tenía once años cuando logró pasar ese grado, por lo que no quiso continuar. —Entiendo que en el caso de Mercedes haya sido por un bajo rendimiento que no termine la primaria, pero ¿qué pasó contigo y el resto de tus hermanos? —incluyo a sus hermanos en mi pregunta para que no sienta que la cuestiono. Yo solo quiero saber más sobre ella. —Mi padre nunca se preocupó porque sus hijos estudien, ni siquiera los varones, ya que es común que en las familias sean los varones quienes tengan la oportunidad de estudiar y crecer profesionalmente, pero ni mis hermanos David y Pedro pudieron estudiar la secundaria. —¿Y eso por qué? ¿Fue por cuestión de dinero? —pregunto, y ella niega con la cabeza mientras bebe un sorbo de agua. —La escuela pública es gratuita, salvo por el uniforme y los libros, pero es un gasto mínimo, ya que están subsidiados por el Estado —responde, pero a medias. Por unos segundos se queda callada, mirando su plato. De seguro está pensando en lo que dirá para responder mi pregunta—‍. Simplemente, papá no quiso que ninguno de sus hijos estudie. —Espera. ¿Cómo que tu papá no quiso que sus hijos estudien? —Así, como te acabo de decir. Él nunca me dio una respuesta sobre por qué no me apoyó a cumplir mi deseo de estudiar la secundaria —Alejandra juega con su comida. Yo dejo de comer la mía porque estoy completamente interesado en lo que ella dirá. »Cuando terminé la primaria, yo misma fui al colegio de secundaria a averiguar los requisitos y costos de uniforme y libros, ya que me emocionaba la idea de poder estudiar y aprender más. Recuerdo que le contaba a David y a Pedro que me daba mucha ilusión iniciar la secundaria, pero mis hermanos solo sonreían ante mi inocente deseo. Mercedes, quien es seis años mayor, se reía de mí, pero nunca me dijo el porqué de su burla, la cual entendí el día que papá me dijo que no estudiaría la secundaria. »Pasó Navidad y las Fiestas de Fin de Año, y nuevamente insistí a papá sobre el estudiar la secundaria. Resulta que los primeros días de enero conocí a la vecina de mi hermana Carmela, cuando ella vivía por Aviación, en el distrito de La Victoria. La señorita Isabel era profesora en un colegio de secundaria, y ya estaba a pocos años de jubilarse. Ella nunca se casó ni tuvo hijos, por lo que gustaba ayudar a los jóvenes que queríamos estudiar. Al contarle que mi papá me dijo que no estudiaría la secundaria, ella pensó, así como tú, que era por un tema de dinero, por lo que me ofreció conseguirme un par de uniformes de sus alumnas que ya se habían graduado y los libros. »Recuerdo que regresé corriendo a casa para comentarle a papá la oportunidad que me estaba dando la señorita Isabel al ayudarme con el uniforme y los libros. Tras comentarle que no gastaría dinero para que yo estudie la secundaria, que solo necesitaba ir al colegio y firmar los documentos de matrícula, igual me dijo que no iba a estudiar la secundaria. Ahí me di cuenta que no era cuestión de dinero, solo que él no quería. Lloré por días. Mis hermanos me consolaban contándome que con ellos ocurrió lo mismo, que les negó el estudio. La única feliz con ello fue Mercedes, a quien nunca le gustó el colegio ni aprender cosas nuevas, pero el resto de mis hermanos fueron muy infelices. »Al creer que quizá papá no quería que estudiemos la secundaria porque pensaba que no era necesario para salir adelante, decidí buscar algún oficio que pudiera aprender para hacerme útil, como pasó con mi hermana Carmela, que aprendió a coser y ahora trabaja en la fábrica de Maidenform —una marca que produce ropa interior para mujeres, varones y niños—. Encontré una pequeña academia donde daban clases de costura, pero al ser menor de edad necesitaba que mi padre firme el permiso, puesto que yo debía estar estudiando la secundaria y no en una academia de oficios. Una vez más, mi papá me negó la oportunidad de estudiar». Alejandra no puede más y llora, pero en silencio, para que ningún comensal de las mesas vecinas se percate de su tristeza al recordar cómo su padre le negó estudiar cuando ella lo único que quería era prepararse para la vida. Con caricias que dejo en su mano, logro que se tranquilice, y tras tomar un par de sorbos de su vaso con agua, continúa narrando su historia. —Al no ir al colegio ni a la academia de costura, me quedé en casa ayudando a mamá en los quehaceres del hogar. Tenía doce años cuando mi hermana Mercedes, de dieciocho, salió embarazada de un joven abogado que trabajaba en el edificio donde ella fue contratada para que realice la limpieza. Ese hombre nunca trató bien a mi hermana, y cuando nació la primera de mis sobrinas, simplemente vi cómo mi hermana iba todos los días a pedirle dinero para su hija, una que no reconoció. Mercedes perdió el empleo al salir con su panza y papá todos los días la insultaba. Cuando mi hermana se cansó de ser maltratada por mi padre y el de su hija, decidió irse sin decirnos nada, dejando a la bebé bajo el cuidado de nosotros. »Una noche que David llegó tomado después del trabajo, enfrentó a papá a gritos. Mi hermano le reclamaba el por qué no le ayudó a estudiar a él y a Pedro, ya que, como hermanos varones, hubieran podido ayudar a sus hermanas mujeres, en especial a Mercedes, quien por las justas sabía leer y escribir por no ser buena estudiante. Además, mi hermano le reclamó que no me apoyara ni siquiera para estudiar costura, carrera que podía darme la oportunidad de tener un trabajo en un taller o fábrica. Mi padre nunca respondió los reproches de mi hermano, solo se quedó callado, recibiendo todas sus quejas, hasta que David se cansó y dejó la habitación de mis padres para irse a la que compartía con Pedro a dormir porque la borrachera ya estaba haciendo efecto. »La verdad es que nunca supimos por qué mi padre, que era un buen hombre, un esposo y padre proveedor, que no permitía que en su mesa falte comida ni tengamos problemas con los pagos de servicios y renta, fue tan egoísta con sus hijos que querían estudiar y ser mejores en la vida. Es por eso que la idea de irme de casa apareció. Enterarme que Mercedes estaba trabajando en el Mercado de Frutas y que le iba bien, por lo que pronto regresaría a casa a reclamar a su hija, me hizo ver que lo mejor para mí, que no iba a estudiar, sería dejar la casa para ir en busca de un mejor futuro, pero aún era una niña a mis catorce años y debía esperar hasta los dieciocho. »Ahora creo que fue la idea de que encontraría mi progreso al irme de casa lo que me animó a aceptar el cortejo de Javier cuando lo conocí, ya que vi que esa era mi oportunidad de salir de mi casa, pero no como cualquier cosa, sino casada. Yo era joven, muy joven, y al principio no me interesaba el cortejo de Javier. Yo no tenía aún la cabeza metida en eso de los chicos, de que eran guapos y lo bonito que sería que te den un beso. Lo único en lo que pensaba era en mi deseo por estudiar, así que cuando él llegó a mi vida, yo no lo quería como él me quería a mí, solo lo vi como una oportunidad de dejar mi hogar para conseguir crecer en la vida. »Los dos años que Javier llegaba a mi casa a cortejarme, nunca salí con él como ahora estoy salido contigo: a solas. Mi padre siempre me enviaba con mi hermano Carlos, quien es dos años menor que yo, o con Pedro cada vez que Javier me invitaba a pasear. Él siempre respetó la voluntad de mi padre y nunca intentó sobrepasarse conmigo; me hacía regalos bonitos y me hablaba de todo lo que haríamos juntos al casarnos: que tendríamos una tienda donde venderíamos diversos productos a los vecinos, lo que a poco nos llevaría a tener un restaurante y mejorar nuestros ingresos. Yo soñaba con esa vida al lado de Javier, allá en su Lamas, su ciudad, la cual extrañaba y añoraba volver ya casado, listo para tener su familia y hacer negocios al lado de una esposa organizada y trabajadora. »Cuando cumplí dieciséis años, le pidió a papá que firme los documentos que me permitían casarme con él para irnos a vivir a Lamas, ya que él había pedido su cambio de zona a la instancia mayor de la Policía. Papá aceptó de inmediato porque creyó que él era un buen hombre al haber comprobado por dos años que me respetaba, así como lo respetaba a él y a toda la familia. Tres meses después, me casé y a la semana partí con Javier a Lamas, sin saber que mi vida no sería el bonito sueño que él me hizo creer. »Cuando me casé, creí que estaba enamorada de Javier, pero la verdad es que estaba enamorada del sueño que me hizo creer que sería nuestra vida juntos. Yo solo quería progresar en la vida, como lo había logrado mi hermana Carmela al lado de su esposo, por lo que no dudé en casarme y seguirlo hasta Lamas. Al principio, la vida no era mala, él era cariñoso y gentil conmigo, un buen proveedor de su hogar, el cual yo mantenía limpio, ordenado y ayudaba a ahorrar el dinero con el cual haríamos realidad la tiendita que soñamos tener juntos. »Estábamos a nada de alcanzar el monto que necesitábamos para empezar con la tienda cuando salgo embarazada de mi primer hijo. Javier estaba feliz, aunque tener un hijo en ese momento retrasaba nuestros sueños, ya que el dinero ahorrado tendríamos que usarlo para acondicionar la habitación del bebé y comprar todo lo que necesitaba. Estábamos bien, felices, con los planes pospuesto, pero no olvidados, cuando, faltando tres meses para dar a luz, la noticia del repentino fallecimiento de mi padre llegó a Lamas, y saber que no podría despedirme de él me deprimió terriblemente. Resulta que mi padre había tenido cáncer de colon, pero cuando se lo detectaron ya era demasiado tarde, por lo que murió al mes de recibir el diagnóstico. »Tras nacer mi primer hijo, mi Javiercito, dejé a un lado la depresión y me enfoqué a ser una mejor esposa y madre. Para alcanzar nuestros sueños debíamos ahorrar mucho más de lo que ya lograba al administrar bien el dinero que me entregaba cada mes Javier, así que estaba dispuesta a no dejarme vencer por la tristeza y alcanzar nuestros sueños, ya que éramos tres, y yo quería lo mejor para mi hijo, pero sin tener idea de lo que ocurrió, él cambió, y todo lo que una vez vislumbró para nosotros se destruyó. »Una vez más, era incapaz de entender el comportamiento de un hombre. Primero fue mi padre con su negativa a que estudie, y después fue mi esposo al destruir los sueños que se imaginó para nosotros. El dinero empezó a escasear porque comenzó a gastarlo en la bebida. En los bares que frecuentaba, conoció a mujeres con las que no dudó en intimar, faltando a la promesa que hizo cuando nos casamos. Yo le reclamaba, ya que llegué a desconocerlo, y él me respondía con golpes e insultos. »Por los consejos de su madre, quien no era una buena persona, quise retenerlo a mi lado por medio del sexo. Llegué a hacer cosas que no me hacían sentir cómoda, más aún cuando él terminaba comparándome con las prostitutas que trabajaban en los bares donde era cliente asiduo. ¿Cómo yo iba a competir contra esas mujeres en esas cuestiones si el único hombre que había conocido era él? Lo único que conseguí tras seguir el consejo de su madre fueron varias visitas al Área de Obstetricia del centro de salud, donde pudieron ayudarme a curar una enfermedad que él me contagió, y mi hijo Ernesto. »Cuando se enteró de mi embarazo, durante el primer cumpleaños de mi hijo Javier, delante de toda su familia me dijo que no quería un hijo más, que lo aborte. Yo me sentí muy mal porque él no quería a nuestro hijo, pero yo no estaba dispuesta a abortarlo. A los dos días, llegó a mi casa su madre con una de sus hermanas y un brebaje que tenía que tomar por orden de él. Como no quise, lo llamaron para decirle que me negué a abortar a mi hijo. Cuando él llegó del trabajo, me forzó a beber la infusión lograda por la mezcla de varias hierbas de la zona que harían que mi hijo se desprenda de mi útero y termine siendo un charco de sangre en medio de la sala de esa casa. »Él se marchó cuando vio la taza vacía, y yo corrí a cargar a Javier para ir de inmediato al centro de salud para que las obstetras me ayuden una vez más porque no quería perder a mi hijo. Ellas me dieron otro brebaje que me hizo vomitar por horas. Esa noche me quedé en el centro de salud acompañada por dos de ellas que se ofrecieron desinteresadamente a observar mi estado y el de mi bebé. Ellas colocaban el estetoscopio sobre mi vientre y me hacían escuchar los latidos del corazoncito de Ernesto, quien se aferró a la vida por más que su padre quiso acabar con él. Inspirada por la tenacidad de mi pequeñito en mi vientre, tomé fuerzas y decidí que ni un día más estaría al lado de ese miserable, por lo que llamé a mi padrino, y el resto de la historia ya la conoces». En este momento, tengo mucha rabia contra el padre de Alejandra. Si hubiera apoyado a su hija y esta hubiera estudiado, ella nunca hubiera aceptado iniciar una relación con el tipo ese con quien terminó casándose y no hubiera pasado por todo lo que vivió en Lamas. «Quizá hubiera ido a la universidad y ahora estuviera terminando una carrera en vez de estar trabajando en un bazar porque tiene dos hijos que alimentar», es lo que mi razón me dice, y yo lamento tanto que Alejandra no haya tenido el apoyo de su padre, así como el resto de sus hermanos. —¿Aún quieres estudiar? —pregunto para despejar su mente de la tristeza que le causa recordar esos momentos que aún la afectan. —Desde que nació Javier, no he vuelto a soñar despierta —responde secando con mi pañuelo las lágrimas que aún caen de sus bonitos ojos. —Creo que estás demasiado sumida en las responsabilidades de la maternidad que no tienes tiempo para soñar —comento, y ya confirma con un movimiento de cabeza. —Mis hijos me mantienen atada a la realidad —señala con un tono ocurrente que celebro al sonreírle animadamente. —Sin embargo, si quieres que ellos aprendan a soñar, tú tienes que hacerlo. Los hijos aprenden al imitar a los padres —Alejandra me mira fijamente, y noto la tristeza aún en su mirada—. Debes poner empeño a ser mejor, como cuando querías lograr una mayor cantidad de ahorro para alcanzar las metas propuestas cuando todo era felicidad en tu matrimonio —indico, y ella sonríe. —Ya no soy la niña ingenua a la que convencieron con engaños —comenta después de tomar un sorbo más de agua para retomar el interés en su plato. —Eres una maravillosa mujer que tiene todo el derecho de soñar y hacer realidad aquello que la ilusiona —le digo perdido en su mirada. Alejandra, por primera vez, sostiene la mía, ya que cada vez que la observo así, con intensa necesidad de ella, termina por agachar la cabeza o enfocar la mirada en otro lado. —¿En verdad crees que tenga ese derecho? —pregunta con un toque de coquetería que me agrada descubrir en ella. —Estoy completamente seguro de ello —digo mientras me acerco, y, por primera vez, dejo un corto y tímido beso sobre sus labios que me saben a salsa bechamel—. Estoy dispuesto a hacer tus sueños míos y ayudarte a realizarlos —comento mientras mantengo la cercanía a su boca. —¿Y tú qué quieres que yo haga por ti? —en su mirada se deja ver miedo, ya que no sabe qué esperar de mí, alguien que recién está conociendo. —Que confíes en mí —suelto de inmediato, y ahora me mira con duda—. La confianza es lo que hará que seas capaz de no dudar en ir por mí, algo que deseo porque significa que empiezas a tener el mismo interés que yo tengo por ti, y eso es un paso al enamoramiento —ella suspira ante lo que acabo de decir, y su aliento pega contra mi boca, lo que me está volviendo loco. —¿Y si te digo que ya estoy enamorada, me creerías? —lo que acaba de decir me obliga a alejarme de ella para observar cada gesto que pueda plasmar con su cuerpo. No quiero que se me escape nada—. Para mí, que tú me intereses significa que ya estoy enamorada, y desde que nos encontramos a las afueras de la iglesia de tu barrio, pienso mucho en ti porque me di cuenta que me miras y tratas de una manera especial, lo que me hace sentir única. —¿Y te gusta eso, sentirte única? —pregunto porque todo esto que nos está pasando para mí es nuevo, y no quiero equivocarme al malinterpretar lo que dice y siente. —Sí, pero también me aterra. Alguna vez el padre de mis hijos me hizo sentir única, y todo entre nosotros terminó siendo una pesadilla —y el miedo se marca en su bonita mirada. —Después de todo lo que viví por el egoísmo de quien me engañó al hacerme creer que me amaba, no soy capaz de jugar con los sentimientos de una mujer porque sé lo horrible que se siente al ser burlado. Yo siempre te hablaré con la verdad; te diré cuáles son mis miedos, lo que me está incomodando y lo que me hace desear progresar en la vida. Y como soy humano, un simple hombre como cualquier otro, también te voy a hablar sobre mis deseos más mundanos, unos que estarán relacionados con el hambre que tengo por probar tus labios y fusionarme a tu piel mientras te abrazo porque lo que siento por ti es una mezcla de pasión carnal y ternura que no entiendo cómo pueden mezclarse y convivir sin conflicto. Quizá es amor, pero como es la primera vez para mí, no soy capaz de identificar el sentimiento de inmediato. Alejandra sonríe, se ruboriza y sus mejillas se tornan de un bello color rosado, pero no deja de mirarme a los ojos. Ahora es su mano la que se posa sobre la mía, y deja suaves caricias que hacen que mi hombría responda de una manera como nunca me ha sucedido. La quiero cerca, pero no como antes he experimentado, con la loca necesidad de llevarla a un lugar oscuro donde estemos solos porque deseo arrancarle la ropa. Por primera vez, no quiero hacer caso al instinto porque con ella no quiero nada a escondidas, sino a plena luz, que todos nos miren y sepan que yo la elijo a ella, así como ella me elige a mí. —Reconozco que eres bueno, Braulio, pero tengo dos hijos, de ahí que debo ir con prudencia. Esta noche, quiero que sepas que pienso en ti y que me gustaría mucho que hagas tuyos mis sueños porque así yo haré míos los tuyos. Sigamos conociéndonos. Hoy compartí contigo un lado de mí que he mantenido oculto de todos, ya que no es fácil confesar que no cuento con estudios secundario y el dolor que guardo por no haber sido apoyada por mi padre, lo que demuestra que te aprecio y que empiezo a confiar en ti. No intentaré recuperar el beso que robaste de mis labios porque considero que es todavía muy pronto, pero te diré que vamos por buen camino. Quizá la próxima cita solos reclame lo que hoy has tomado. Aguantando las ganas de gritar de alegría y saltar entre las mesas del restaurante, sonrío mientras tomo mi copa de vino y la invito a que haga lo mismo para brindar por el avance logrado en esta corta cita. Esta noche ha habido grandes progresos entre nosotros, unos que nos demuestran que podemos ser todo lo íntimo que el cuerpo, la mente y el espíritu nos pidan.
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