—¿Y es frecuente ver hombres ebrios andando por tu barrio? —pregunto notoriamente preocupado.
—¡Claro que no! —responde de inmediato, pero luego aprieta los labios, se mantiene callada por unos segundos, me mira apenada y continúa hablado—. La vez que te comunicaste al número de la bodega, ¿contestó un señor que se notaba en estado de ebriedad?
—Sí —digo abriendo los ojos al recordar la sorpresa que sentí al escuchar la voz varonil con esa peculiar forma de hablar producto de la ingesta de varios vasos de alcohol—. Al principio, creí que me había equivocado al marcar, pero al escuchar la voz de una joven regañando al hombre y avisando a su padre lo que había hecho, entendí que era el número correcto, solo que quien respondió no lo era.
Ya en la última parte del plato de fondo y durante el postre, la conversación que sostenemos se ha tornado divertida. Aunque tenemos claro que nos gustamos, hemos dejado el coqueteo a un lado para dedicarnos a conocer esos pequeños detalles que hacen de nuestras vidas únicas, y saber sobre su vecino “borrachito” es uno de esas historias interesantes de escuchar.
—El señor Palomo es bueno, solo que se ha dedicado a la bebida desde que su esposa murió, hace un par de años —empieza a narrar Alejandra, y es inevitable que en los dos aparezca un rastro de lamento por el motivo que hizo caer en el vicio al señor Palomo—. Agustín Palomo estará por sus sesentas, sus hijos ya son adultos y en su casa lo acompañan la hija mayor que quedó soltera y el hijo menor con su familia: nuera y dos nietos adolescentes. La casa del señor Palomo es grande, la que queda en una esquina enfrente del parque, entre la avenida Francisco Lazo y el jirón Manuel Candamo —buscando en mi memoria, logro visualizar la casa a la que Alejandra se refiere, y sí, la propiedad es una construcción de dos plantas más azotea; calculo que debe ser de 250 m2.
—¿Y los hijos no pueden evitar que esté andando ebrio por las calles? —pregunto al parecerme que es posible que sus hijos puedan retener al señor Palomo en casa.
—En algún momento intentaron impedirle que salga de casa solo, pero el señor Palomo empezó a gritar por ayuda desde la ventana de su habitación en el segundo piso. Él decía que sus hijos lo estaban secuestrando, impidiéndole el libre tránsito, que estaban vulnerando sus derechos. El señor Palomo fue abogado, por eso sabe de leyes, aunque ya no ejerce desde que falleció su esposa. Los nuevos residentes de la casa contigua, que recién se habían mudado al barrio y desconocían la historia de esa familia, alertaron a la policía, y, cuando llegó la autoridad, estuvieron a punto de llevarse a la comisaría al hijo del señor Palomo, si no fuera porque los vecinos salieron a explicar el malentendido y obligar al supuesto secuestrado a que no haga daño a su propio hijo, ya que solo quiso evitar que cualquier día le suceda algo por andar en la bebedera de alcohol.
—De seguro los policías lo señalaron como culpable por ser el único adulto varón en casa, además del señor Palomo —suelto sin pensar, como si de un reflejo se tratara.
Alejandra ríe ante mi comentario, el cual tiene un porqué. Sucede que varias veces fueron las que traté de entablar una conversación con mis amantes de turno fuera de lo que nos ocupaba sobre la cama, ya que sentía muy mecánico y nada humano el hecho de solo encontrarnos para follar y no más, pero ellas siempre terminaban hablando mal de los hombres —sí, todas ellas son feministas, pero sin que esta sea una relación de causa-efecto, o sea, que si son libertinas es porque son feministas, o viceversa; una cosa no tiene que ver con la otra—, y yo no me podía quedar callado, por lo que participaba de la conversación defendiendo a los de mi sexo, de ahí que, sin pensar, solté ese comentario que ha hecho reír a mi querida Alejandra.
—Quizá, pero, desde ese día, los hijos ya no intentan retenerlo en la casa; solo salen a buscarlo cuando llega la noche y él aún no ha regresado —Alejandra suspira, y noto que la tristeza ha avanzado un poco más en ella de lo que pudo desarrollarse en mí—. Varias veces, cuando regreso del trabajo, lo encuentro en una banca del parque llorando. Según he escuchado, el señor Palomo bebe para escapar de la realidad que le dice que su esposa ha muerto, pero a veces el alcohol no basta, y él la recuerda, la añora, sufre y lamenta que ya no esté más a su lado, aunque se encuentre en un muy profundo estado de ebriedad. Es una pena que el señor Palomo no sea capaz de superar la partida de su esposa y vivir bien, disfrutando de lo más preciado que ella le dejó: sus hijos.
—¿Qué sucedió con la esposa del señor Palomo? —pregunto para conocer un poco más sobre este caso.
—Le detectaron una enfermedad muy rara. ¿Cómo era que se llamaba? ¡Ah, sí! Esclerosis múltiple. Sí, así se llamaba. Resulta que es una enfermedad degenerativa, por lo que nadie se dio cuenta que lo que le ocurría a la señora Vilma era eso. Todos en su familia creían que era parte de la menopausia, y resultó ser algo mucho peor. Cuando se detectó, la señora Vilma ya no podía caminar ni hablar; se fue apagando de a poco hasta que murió. Fue triste porque ella era una mujer alegre que siempre veíamos bailar al lado de su “amado Agustín”, como ella llamaba a su esposo, en las celebraciones parroquiales y del barrio, y terminó su vida sin poder moverse ni hablar —Alejandra suelta unas cuantas lágrimas por la tristeza que imagino le debe causar el recuerdo de los últimos días de quien ella vio ser el alma de las fiestas de su barrio cuando era una niña.
—De seguro debió amar mucho a su Vilma el señor Palomo, por eso ha quedado devastado ante su partida —digo y sorbo un trago de vino—. Quizá lo que diga te asuste, pero no lo hago con esa intención, solo que hay tanto del amor que desconozco, y lo que sucede con el señor Palomo es una parte de eso que ignoro y me da miedo. Temo llegar a amar tanto que al perder a esa persona termine perdiéndome a mí mismo y acabar siendo un muerto en vida —Alejandra me mira, y asiente como aceptando mi punto, pero no sé si lo comparte—. ¿Y sabes por qué me da miedo terminar hecho un muerto en vida? —ella niega al mover la cabeza—. Porque pienso que mis hijos sufrirán el doble: por la muerte de la madre y por mi abandono.
Alejandra posa su mano sobre la mía, y yo me aferro a ella como si fuera un salvavidas en el mar de la tristeza que me causa la reflexión que acabo de hacer.
—Entonces, te prometo irme después de ti, para que no tengas que extrañarme tanto y hagas sufrir a nuestros hijos al verte quebrado sin opción a reponerte —lo que acaba de decir hace que mi corazón se torne cálido y que la ilusión de lo que podemos forjar los dos juntos crezca. Si empieza a soñar con nosotros de viejos es porque su corazón le dice que así será.
—¿Eso quiere decir que tú no me amarás tanto como yo? —pregunto con un toque de broma, como regañándola antes de tiempo.
—Yo te amaré en la misma proporción que tú me ames, solo que las mujeres no nos dejamos vencer tan fácilmente como los hombres cuando hay hijos de por medio —responde, pero la sonrisa que estaba naciendo en su rostro desaparece. Alejandra queda pensativa, y después de varios segundos continúa—. Aunque tú eres de esos hombres que son únicos, de aquellos que son capaces de hacer lo que sea por sus hijos, hasta olvidarse de sí mismo para que sus niños estén bien.
Sonrío sintiéndome orgulloso de mí mismo ante las palabras que Alejandra acaba de soltar. Ella deja la mirada reflexiva para enfocarse en mí y otorgarme el mayor premio de todos: su dulce sonrisa. Ahora empiezo a darme cuenta que todo sacrificio que pude hacer para que Mariana crezca bien, sana y amada, no solo es reconocido por mi niña cada vez que me dice que soy “el gestor de su felicidad” —palabras textuales de mi princesa. Ella es una “chiquivieja”—, sino que también es valorado y admirado por otros como Alejandra.
—Creo firmemente que todos los hombres somos capaces de sacrificarnos por nuestros hijos, solo que la crianza machista y el pensamiento egoísta hace que desaparezca en los de mi sexo esa cualidad. Yo crecí viendo a un padre proveedor y una madre ama de casa que son complemento perfecto y apoyo mutuo. Recuerdo que cuando era niño, de unos cinco años, mamá tuvo que ser hospitalizada y operada de emergencia por apendicitis. Mi hermana menor tenía un añito y la mayor trece. Por esas fechas, María, la persona que es como una nana para mí y mis hermanos, estaba de viaje por temas familiares, y cuando mamá debía quedarse en el hospital, nosotros estaríamos solos en casa; siete hijos a la deriva. Por la situación complicada que le tocó a la familia, papá pidió en el trabajo que le concedan una semana de vacaciones para ocuparse de sus hijos. El que menos pensó que mi padre se refería con “ocuparse de sus hijos” a buscar a quién se encargue de los niños mientras él se ocupaba de cuidar de mamá en el hospital, pero no, papá necesitaba ese tiempo libre porque él sería quien se encargue de todo sobre sus hijos hasta que llegue María.
»Papá cuenta que cuando llevaron a mamá al hospital, esta le hizo jurar que nadie que no fuera María se ocuparía de sus hijos. Mi padre siempre ha sido un hombre de palabra, así que no le quedó de otra que hacerse cargo de sus hijos él mismo. La hermana menor de mi madre, mi tía Graciela, aún estaba soltera, así que fue quien se quedó por las noches con mamá para que papá duerma en casa con nosotros, sus hijos. Papá se levantaba temprano a prepararnos el desayuno, nos llevaba al colegio y al regresar a casa preparaba el almuerzo. Con el almuerzo listo, cargaba a Cecilia para ir con ella a ver a mamá. Mi hermana aún lactaba, y con esa excusa, papá ingresaba a mi hermana al hospital sin problemas, además que mamá se encontraba en un pabellón de cirugía, no de enfermedades infecciosas.
»Cuenta mamá que la única forma que ella tenía para estar tranquila de que todo iba bien con sus hijos era ver a mi hermana Cecilia llegar limpia y escuchar a papá narrar cada uno de los pasos que ejecutó en las labores de la casa. Cuando ya era hora de recogernos del colegio, papá dejaba a mamá almorzada y a un par de horas que llegue mi tía Graciela para acompañarla por lo que quedaba de tarde y toda la noche. Luego de recogernos del colegio, papá nos daba de almorzar, nos ayudaba a bañar a los hijos que aún necesitábamos apoyo con ello y revisaba los deberes de la escuela que teníamos pendientes. Recuerdo que nos sentaba a los seis en la mesa del comedor a hacer la tarea y a Cecilia la tenía dentro del corral, jugando, mientras él bajaba el planchador para quitarle las arrugas a la montaña de ropa que el día anterior se había lavado.
»Cuando ya estaban listas las tareas, llegaban mis abuelos Belisario e Isidora a quedarse con nosotros un par de horas para que papá pueda ir a ver a mamá una vez más antes de que el horario de visitas termine en el hospital. De regreso a casa, papá traía pan, embutidos y una tarta dulce para el lonche, que era la última comida para nosotros, ya que a las 9 p. m. debíamos estar en la cama durmiendo. Recordar a mi padre dedicado a nosotros y de muy buen humor fue lo que me inspiró a hacer lo mismo por Mariana cuando su madre se negó a cuidar de ella por completo. Por esa experiencia, comprendí que un hombre también puede hacerse cargo de sus hijos, y si hay mujeres que trabajan y se encargan de las labores del hogar a la vez, por qué un hombre no lo puede hacer, y así fue que me decidí a cuidar de mi hija, estudiar y trabajar a la vez».
La mirada llena de admiración que me ofrece Alejandra hace que me sonroje y desvíe la mía gratamente apenado. Ella ríe por mi reacción, y yo también lo hago al darme cuenta que le ha hecho gracia mi respuesta ante su elogio. Es bonito saber que la personas que te interesa, que estás empezando a amar, te admira y te tiene como un referente de lo que es bueno.
—Entonces, creo que no te ocurriría lo del señor Palomo si yo parto primero de este mundo. Eres un hombre fuerte que por tus hijos superarías la pérdida y seguirías adelante —comenta, y yo la miro con preocupación. Ella se da cuenta del cambio de emoción en mí y me presta atención.
—No, mejor yo me voy primero. Soy un hombre que piensa en sus hijos, pero igual sigo siendo hombre, así que no vaya a ser que termine como el señor Palomo. Además, si me voy primero, podré construirte una hermosa casa donde tengamos que continuar la existencia, de la misma manera como te haré una para que vivamos juntos a nuestros hijos, los que ya están aquí y los que vendrán.
Ella me mira ruborizada, abanicando sin darse cuenta sus largas pestañas, esas que adornan los hermosos ojos marrones que brillan llenos de inocencia y pureza, aunque sea la madre de dos niños. Alejandra habrá conocido varón, pero no es maliciosa como otras mujeres que ya probaron los placeres carnales, y eso es lo que más llama mi atención porque pudo mantenerse libre de tanta maldad e impureza cuando su corazón fue duramente maltratado, lo que justificaría que ahora sea una mujer cruel y desalmada. Y creo que es por su estado de inocencia y pureza que no puedo mirarla con lujuria ni hablarle provocativamente como lo hacía con mis amantes eventuales, solo puedo poner cara de bobo enamorado y perderme al contemplarla.
—Braulio —escucharla pronunciar mi nombre me deleita tanto que cierro los ojos y solo suelo un «ujum» como respuesta—, ya son veinte para las diez. No es que quiera que termine la cita, pero le diste tu palabra a mi hermano David.
De una me despierto y miro la mesa. Ya terminamos con los postres, así que pido la cuenta. El mesero no demora nada en traer el cálculo de lo consumido y yo de pagar. «Quédese con el cambio», digo mientras ayudo a Alejandra a levantarse y tomar su abrigo. Tomados de la mano y riendo como si fuéramos un par de niños, corremos hacia el estacionamiento del restaurante por mi auto. Al no tener monedas, le dejo un billete al valet, lo cual agradece con mucho entusiasmo.
Ya camino a casa de Alejandra, planificamos la salida del domingo con nuestros hijos. La propuesta que tengo es ir al cine a ver el reestreno de Blancanieves y los siete enanos y luego ir a comer a un conocido restaurante de comida rápida donde venden hamburguesas, salchipapas y también anticuchos —su toque peruano no podía faltar—. Ella acepta, y fijamos la cita para las 3:30 p. m., ya que el inicio de la película está programado para las cuatro en punto.
Cuando me estaciono enfrente de su casa, a las 10 p. m. en punto, la puerta se abre y sale David. Al verme salir del auto para ir hacia el lado del copiloto y ayudar a Alejandra a bajar, sonríe. De seguro su corazón se alegra porque la niña que él recuerda, aquella que lo esperaba después del trabajo para preguntarle si le había llevado un caramelo, ahora que es una mujer sonríe sin miedo en la mirada al saberse segura a mi lado, de alguien que la trata como una dama y cuya palabra vale.
—Como prometí, regreso a Alejandra, sana y salva, a su casa a las 10 p. m.; ni un minuto más, ni un minuto menos —digo mientras guio a la joven hermana hacia el ingreso de la casa, donde David sonríe. Ella le da un beso a su hermano, y él deja una caricia en la mejilla de quien aún ve como su hermanita pequeña.
Alejandra se despide de mi deseándome que todo me vaya bien durante mi viaje de trabajo a Ica. «Te llamaré al número del bazar, a la misma hora de siempre», le digo, y ella sonríe con un toque de coquetería que significa mucho para mí porque quiere decir que ella me ve más cercano y empieza a confiar en mí. Al desaparecer la imagen de Alejandra entre la oscuridad del pasadizo de su casa, me quedo conversando unos minutos con David.
—Gracias —dice, y estoy a punto de comentar que no tiene nada que agradecer, cuando él continúa hablando y yo quedo mudo— por ser realmente un hombre de valor. Me alegra que mi hermana se haya topado en esta vida con un hombre que sabe lo importante que es tener palabra y ser capaz de sostenerla. El día que conozca a tus padres, les voy a agradecer por el estupendo trabajo que hicieron contigo cuando te criaron —la noche es fría, pero siento que mi rostro toma temperatura. Estoy ruborizado por las palabras de David, a quien apenas conozco, pero su preocupado amor por Alejandra hace que lo respete y aprecie.
—Mi padre nos enseñó con su ejemplo lo que es el honor y el valor de un hombre que respeta su palabra, uno que va más allá del dinero y el poder —esta noche, me he dado cuenta que gracias a mi padre he sabido obrar bien cuando he tomado su ejemplo y lo he hecho acción en mi vida.
—Un gran padre tienes, Braulio —comenta, y un rastro de tristeza se nota en su mirada. Por lo que me contó Alejandra durante la cena, entiendo la expresión que ahora muestra David.
—Lo sé, y estoy agradecido por ello —digo, y para alejar de él la tristeza, cambio de tema—. Con Alejandra hemos quedado en salir con nuestros hijos el domingo. Vamos a ir al Cine Roma a ver Blancanieves y los siete enanos, y luego nos vamos a comer unas salchipapas y anticuchos.
—¡Anticuchos! A Javier le encantan. A Ernesto aún no le hemos dado a probar porque consideramos que aún es muy pequeño, pero salchipapa sí come —la información que me comparte David es vital, ya que es importante saber lo que mis pequeños caballeritos pueden o no comer.
—La carta del restaurante donde vamos a ir es amplia: también tienen hamburguesas, pollo a la brasa, sánguches y diferentes postres. Podemos pedir varios platos y que los niños prueben. La idea es pasar un domingo en familia —lo que acabo de decir alegra a David porque empieza a reír a carcajadas.
—Una vez más, gracias por ser bueno con mis muchachos. Ellos necesitan todo el afecto que se les pueda dar —yo solo asiento moviendo la cabeza.
Tras despedirnos porque la hora avanza y yo tengo que madrugar, ya que la camioneta que me llevará a Ica pasará por mí a las 3 a. m., subo a mi auto y avanzo mientras con una mano me despido otra vez de David. Al igual que su hermana, él también está permitiendo que me haga más cercano a él, por lo que ahora nuestras conversaciones se están tornando más casuales, algo que agradezco porque así tengo su apoyo —como el de Pedro, quien se nota que es un poco más alegre y relajado que David— ante la negativa de su madre sobre mi presencia en la vida de Alejandra.
En un abrir y cerrar de ojos pasaron los dos días de trabajo en Ica. Dormito un poco durante el viaje de regreso a Lima, ya que tampoco es bueno que me despreocupe del avance por la carretera. Reconozco las habilidades de Erasmo, el chofer que la constructora nos ha asignado para este viaje corto y cercano, pero no puedo pecar de confiado ante la probabilidad de una eventualidad en el camino.
Ante los baches con que nos topamos en cierto sector de la carretera, miro las cajas que traigo en la tolva de la camioneta. El trabajo de campo lo pudimos acabar el viernes por la mañana, lo que nos dio tiempo para comprar por la tarde las delicias que produce Ica para llevar a nuestras familias. Cargamos un poco de cada cosa: uvas, aceitunas, vino, tejas, chocotejas, higos rellenos y otras más. Mientras realizábamos las compras, pedí que se repartiera mi pedido en cinco paquetes: para mi casa, la de Cecilia, la de Fernando, la de Julio —debo llegar a Lima y hacer un envío a Iquitos de inmediato— y la de Alejandra. A ella le voy a entregar una caja de igual tamaño y peso que la de los demás, para que mis pequeños caballeritos, David, Pedro, su mamá y ella se deleiten unos días con lo mejor de esta ciudad del sur.
Además de Erasmo, me acompañan dos ingenieros más que regresan de Ica a Lima para descansar la jornada 20-10: veinte días de trabajo por diez de descanso. Ni bien llegamos a Lima, dejamos a los dos ingenieros que nos acompañan, y antes de que me deje en casa, le pido a Erasmo que me lleve a la casa de Alejandra. Son las 10:46 p. m., las luces están apagadas, me arriesgo a que me mandan bien lejos, pero ya estoy aquí y no vengo con las manos vacías; además, es solo cuestión de que me abran la puerta, reciban las cajas y ya. Así que, sin pensarla mucho, bajo de la camioneta y toco el timbre, luego me alejo de la puerta para ir a la tolva y sacar una caja con uvas y vinos y otra con los dulces tradicionales iqueños.
Cuando me acerco a la puerta cargando la caja con uvas y vinos, veo que por la ventana que da a la sala se asoman David y Pedro. Ellos son hermanos, pero responden diferente ante la sorpresa. David se congela al quedarse parado sin saber qué hacer, mientras que Pedro sonríe y se aleja de la ventana para abrir la puerta.
—¡Hola, Braulio! ¿Qué te trae por aquí a estas horas? —pregunta Pedro con la mirada traviesa revoloteando entre la caja que acabo de poner sobre la vereda y la tolva de la camioneta.
—¡Hola, Pedro, buenas noches! —saludo y le ofrezco la mano, la cual recibe con gusto—. Acabo de llegar de Ica, estuve por allá por trabajo, y antes de ir a casa, paso para dejarles unas cositas que compré para ustedes.
Camino hacia la tolva y saco la segunda caja, que es más grande. La mirada de Pedro es la de un niño sorprendido por los regalos que ve llegar a su casa. Me doy cuenta que eso de ser puros e inocentes viene de familia.
—Braulio, ¿qué es todo esto? —pregunta David aún sin creer lo que está viendo.
—¡Hola, David! —saludo extendiendo mi mano, la cual aprieta—. Acabo de llegar de Ica, y le pedí al chofer que me haga el favor de pasar por aquí para dejar las cosas que compré para ustedes. En esta caja o, mejor dicho, cajón, hay uvas y vinos. Las uvas para los bebes y los vinos para ustedes —Pedro se frota las manos mientras sonríe muy animado, gesto que me hace reír—. Y en esta otra caja hay tejas, chocotejas, higos rellenos, aceitunas de varios tipos, bombones y otras clases de chocolates. Espero que les guste.
—¿Quién es, David? —se escucha la voz de la madre preguntando.
—¡Es Braulio, mamá! Ha traído regalos de su viaje a Ica —responde Pedro mientras ingresa a la casa.