—No debiste molestarte, Braulio —me dice David aún sin salir de la impresión de verme a esta hora trayendo regalos para ellos.
—No es molestia, David. Comprando dulces y demás productos para mi familia y las de mis hermanos, me acordé de ustedes y quise traerles lo mismo que estoy llevando a casa para mi hija, padres, hermana, sobrinos y mi nana. A ustedes los estimo mucho.
David sonríe y se ve el agradecimiento en la mirada. Se agacha para tomar el cajón de uvas y vinos y yo cargo la caja con los otros regalos. Caminamos hasta la mesa del pequeño comedor, ubicado al costado de la pequeña sala, y sobre las sillas, puestas en par, acomodamos las cajas que serán desembaladas mañana a primera hora.
—¿Braulio? —la voz de Alejandra llega como una dulce melodía a mis oídos. Al girar y verla abrigada por una abultada bata y calzando babuchas, camino apurado hacia ella para dejar un beso sobre su mejilla derecha.
—Hola, Alejandra. Sí, soy yo a casi las once de la noche —respondo mientras miro mi reloj—. Acabo de llegar de Ica, y antes de ir a casa le pedí al chofer que pase por aquí para dejar los regalos que compré pensando en ustedes.
Al estar completamente sin maquillaje —imagen que difiere muy poco de cómo normalmente luce, ya que ella no es de usar muchos productos para resaltar su belleza, que al natural ya es hipnotizante—, puedo comprobar lo que sospechaba, que no utiliza ningún tipo de producto para hacer que sus pestañas se vean tan largas y abundantes como siempre se dejan ver. Su piel canela luce más bonita bajo la tenue luz que nos alumbra, y su sonrisa llena de ternura me calienta el corazón, lo cual agradezco a esta hora de la noche.
—Gracias, Braulio. Tú tan bueno, acordándote de nosotros.
—Es imposible que no me acuerde de ti, Alejandra —suelto sin pensar porque cuando la contemplo pasa que me olvido de dónde estoy, pero escuchar a Pedro que como adolescente fastidia a la hermana con un cantarín: «Alejandra tiene novio», y ella se sonroja avergonzada, atino a completar lo que dije—, así como de mis pequeños caballeritos, tus hermanos y tu madre.
—¡Ya vas que te acuerdas de mí! —suelta jocosamente Pedro.
—Por eso he traído una damajuana de vino —indico con cara de yo no fui, pero la risa me gana y termino riendo a carcajadas con Pedro.
—¡No hagan ruido, que mis hijos duermen y mamá está cansada! —nos reprende Alejandra a ambos.
—¡Perdón! —pido en un susurro, y ella me sonríe, señal de que acepta mis disculpas—. Ya me voy, para que descansen. Espero que todo sea de su agrado, si no se así, me avisan —señalo, y Pedro como David me hacen gestos de que no me preocupe, que todo estará bien—. Te llamo mañana al bazar —le digo a Alejandra cuando me acerco a despedirme de ella con un beso en su mejilla.
—Está bien, esperaré tu llamada.
Después de correr con papá como cada mañana, me voy al aeropuerto a embarcar la encomienda para mi hermano Julio y su familia. El encargado de correos en el terminal aéreo es mi conocido, el hijo de uno de los empleados que se ocupan del mantenimiento del edificio donde opera la constructora, así que no dudo en ir a verlo para que los paquetes salgan en unas horas a Iquitos, y Julio vaya a recogerlos personalmente antes del almuerzo.
Ya de regreso en casa, voy a la oficina de papá para llamar a Julio y avisarle que hoy a la 1 p.m. llega a Iquitos el paquete que acabo de embarcar. Tras colgar la comunicación con mi hermano, me dispongo a ir al comedor para desayunar, pero el sonar del teléfono hace que me acerque apurado a contestar porque presiento que pueda ser Alejandra. Es más que obvio que ya estoy enamorado de ella porque todo el día estoy pendiente de aquello que de alguna manera he relacionado con ella, como el sonido del teléfono alertando el ingreso de una llamada. Al responder, resulta que mi intuición no me falló: es Alejandra llamando desde el teléfono público ubicado en la bodega cerca de su casa.
—Braulio, todos los productos llegaron bien. La uva está súper dulce y las aceitunas deliciosas, las probamos en el desayuno. Más tarde comeremos los dulces, aunque me llevo unos cuantos chocolates para compartir con la señora Emma, las chicas y Frank en el trabajo —sonrío mientras la escucho contenta narrarme lo que le ha parecido los productos y lo que piensa hacer con ellos—. Braulio, ¿puedo compartir algunas cositas con mis hermanas Carmela y Mercedes? —pregunta con algo de duda en la voz.
—¡Por supuesto! Todo lo que les he dejado ayer es tuyo —callo por unos segundos mientras ella ríe por lo que acabo de decir—, bueno, de todos en tu casa, para que Pedro no diga que no me acuerdo de él —la risa de Alejandra se intensifica—. No tengas problemas de compartir también con tus hermanas. A tus sobrinos les encantarán las tejas, chocotejas, higos rellenos y demás chocolates y bombones.
—Gracias, Braulio. Eres muy bueno y atento —dice, y yo festejo sonriendo como un idiota mientras me desparramo por todo el sofá al soltar la tensión en mi cuerpo antes los halagos que me deja—. ¿Más tarde hablamos? Ahora me tengo que ir, sino llegaré tarde al trabajo.
—¡Claro! A la una en punto, como siempre, te llamaré al bazar.
Tras cortar la comunicación con Alejandra, como ya estoy con el auricular en mis manos, llamo a Cecilia y a Fernando para decirles que he traído regalos desde Ica para sus familias, por lo que quedamos que vendrán a casa por la tarde para recoger los detalles que he traído para ellos y, de paso, tomar lonche con nuestros padres, hermana mayor, sobrinos y María, así que nos organizamos para cada quien poner algo en la mesa esta tarde.
Hoy Mariana no tiene entrenamiento, por lo que se apodera de la cocina junto a Sarita, para que mi sobrina le enseñe a cocinar algunas frituras, principalmente. Yo cumplo con comprarle algunas viandas en la bodega más cercana, y tras dejarlas tranquilas bajo la supervisión de María y el apoyo emocional de Efraín, quien se ha ofrecido a probar todo lo que preparen, subo a mi habitación a cambiarme porque con mi hermana Elena iremos a visitar al hermano que perdimos.
Lo ocurrido el domingo pasado no lo he conversado con Fernando, mucho menos con Cecilia. Asimismo, Elena tampoco ha hablado con nuestros hermanos sobre la revelación que papá hizo y mamá confirmó. Por lo que, esta primera visita la harán solos los Elena y Braulio de esta nueva generación. Mi hermana y yo dejamos la casa con excusas falsas para que nuestros hijos no sepan nuestro real destino, cosa que sí es del conocimiento de mi madre y de María, así como de papá, que ya salió al trabajo.
La ubicación del mausoleo de los Bertolotto en el cementerio Presbítero Maestro sí la recordamos bien, ya que cada año venimos a dejar flores a nuestros antepasados en las fechas especiales, por lo que estaciono el auto cerca de la puerta de ingreso por donde el trayecto será más corto. Después de aceptar la propuesta de unos jóvenes que se dedican los fines de semana a cuidar los autos de quienes venimos a visitar a nuestros muertos, me acerco junto a mi hermana a comprar flores blancas, tan puras como aquel que no nació y siempre fue un ángel que los padres recuerdan con tristeza por lo que pudo ser.
Al llegar a la zona del mausoleo, se acerca el encargado de esta sección del cementerio, ya que al ingresar hemos dado aviso de nuestra llegada. Cada año, mi familia hace una buena contribución al cementerio para el mantenimiento y cuidado del espacio fúnebre dedicado a los restos de nuestros antepasados, por lo que encontramos todo limpio y sin novedades. Al ingresar a la zona donde están tallados en mármol los nombres de quienes yacen ahí, encontramos el de nuestro hermano: Braulio Belisario Bertolotto Bianchi.
—Es raro leer su nombre. Solo el Belisario hace que difiera con el tuyo —comenta Elena sin dejar de mirar la lápida de nuestro hermano, al igual que yo lo hago.
—¡Carajo! ¡Qué fea sensación! —exclamo aún sorprendido, y mi hermana me golpea en el abdomen por la palabrota que solté. Seremos adultos, pero ella sigue siendo la hermana mayor que corrige a los menores.
—¿Lo dices por que casi es tu nombre el que aparece en la lápida? —pregunta mirándome.
—Sí —respondo girando la cabeza hacia donde está ella, para toparme con su mirada desconcertada.
—¿Te das cuenta que él pudo ser Braulio Junior? —agrega Elena, y yo solo puedo mover la cabeza confirmando lo que acaba de preguntar.
—Y si nuestros padres solo querían siete hijos, Cecilia no nacía —indico. Después de unos segundos mudos, explotamos en risa porque a la pobre de Cecilia, como es la menor de todos, la que más diferencia de edad tiene con el resto, siempre le hacíamos bromas con que era adoptada, que nuestros padres la encontraron en un tacho de basura, por lo cual lloraba y mi mamá nos amenazaba con el palo de la escoba.
—¡Basta! Seriedad, Braulio, que estamos en un lugar que debemos respetar —señala Elena, y yo dejo de reír de golpe para retomar la postura solemne que el lugar y mis ancestros se merecen.
Acomodamos las flores para nuestro hermano mayor y ofrecemos un Padre Nuestro y tres Ave María por él, para que de Dios goce. Luego ponemos otras flores para el resto de nuestros antepasados, y también oramos por ellos. Tras terminar con nuestra misión, salimos del mausoleo, el encargado cierra las puertas de la cripta familiar y nos retiramos caminando despacio.
Cecilia me toma del brazo, y a paso lento disfrutamos de la arquitectura del Presbítero Maestro. Sé que a muchos les puede parecer nada encantador caminar por los pasillos de un cementerio, pero en el que estamos hay mucha cultura y belleza por las diferentes estatuas que decoran los mausoleos y tumbas por donde pasamos. Además, como casi nunca sucede en Lima por estos últimos días de agosto, ha salido un tímido sol, por lo que la experiencia caminando en el primer cementerio fundado en el Perú es agradable y nada aterradora a estas horas de la mañana.
Ya fuera del camposanto, mi hermana y yo volvemos a la zona de floristas para comprar un par de ramos más para llevar a mamá y adornar la casa, ya que le conté que nuestros hermanos con sus familias llegarán hoy por la tarde llevando productos de panadería y charcutería para tomar lonche. Cecilia camina con las flores en las manos y apoyada en mi brazo, ya que los zapatos de tacón han empezado a fastidiarle un poco —como no sale muy seguido, ha perdido costumbre y ahora se queja de ellos—. Estamos a unos cuantos pasos de mi vehículo cuando una mujer en sus sesentas, calculo, junto con una que se nota que es su hija, por el parecido, se topan con nosotros y nos quedan mirando con sorpresa.
—¿Las conoces? —me pregunta Elena en un susurro.
—No, e imagino que tú tampoco —respondo a mi hermana de la misma manera—. Buenos días —saludos a las dos mujeres que no dejan de mirarnos con algo de miedo y tristeza, además de la sorpresa en sus miradas.
—Bu-uenos días —responde la más joven, titubeando un poco. De repente, la mayor cambia la expresión de su rostro por una llena de fastidio.
—¡Vámonos! —ordena la que imagino es la madre y camina apurada, pasando entre Elena y yo, separándonos. El impertinente movimiento de la sexagenaria termina por empujar a mi hermana, quien por fortuna logra mantener el equilibrio y no cae sobre la vereda, y a mí me mira con disgusto. La hija pasa con algo de vergüenza y tristeza, cosa que no entiendo, pero después de ayudar a mi hermana a llegar al auto, me olvido de lo ocurrido.
Por la tarde llegan Cecilia con Ignacio y el pequeño Roberto, así como Fernando con Sandra y sus hijos, Marcelo y Paulita. Mis hermanos han traído, cada uno, media panadería y charcutería. Para exagerados, nadie les gana.
—Es que somos muchos y hay varios hombres, así que por eso he traído cincuenta panes ciabatta —comenta Fernando mostrando la enorme bolsa que sostiene en sus manos.
—No olvides el kilo de mortadela, el de jamonada, el de jamón del país y la pieza de queso suizo —comenta Sandra con jocosidad, delatando, aún más, a su esposo.
—Amorcito, no me ayudas —señala con humor Fernando a su esposa.
—Bueno, yo traje todas estas salchichas porque recordé que a mi papito bello le gusta mucho comerlas con su pancito francés y un poquito de mostaza —y Cecilia enseña las bolsas de compras con la misma cantidad de panes que las de Fernando y, sin exagerar, un par de kilos de salchichas.
—Mi reina, ¿dónde pongo la torta de manjar blanco y la tarta de manzana que compramos para el lonche? —pregunta Ignacio ingresando por segunda vez con las manos ocupadas; primero fue con Roberto, que ya lo dejó en brazos de mamá, y ahora es con la tora y la tarta, las cuales deja en la mesa del comedor por indicación de mi madre—. Ahorita regreso, que debo traer los huevos —mi hermana también compró una plancha de treinta huevos.
—¡¿Qué?! Alguien podría querer comer huevitos revueltos con salchichita picada —se excusa Cecilia de esta manera ante las miradas que le gritan ¡exagerada!
Con lo variado y abundante que resultó ser el lonche, mamá señala que cena ya no habrá, que nos llenemos todo lo que podamos con sánguches, torta y tarta, lo que sus nietos celebran porque a ellos les encanta el dulce. Sandra y Cecilia secundan lo dicho por mamá, y Fernando como Ignacio aceptan la propuesta.
Mi padre va al patio trasero para encender unas brasas de carbón para preparar unas salchichas en la parrilla, ya que «el sabor ahumado de las salchichas al carbón mezclado con el pan y la mostaza hacen una combinación única», según papá. Yo entrego los regalos que traje de Ica a mis hermanos, quienes lo agradecen emocionados, y antes que se les olviden, dejan las cajas en el interior de sus autos, listas para partir con ellos cuando llegue el momento de retornar a sus casas.
A eso de las 6 p. m., papá saca las primeras salchichas, así como mamá presenta sobre la mesa el resto de fiambres ya emplatados. Al tener panes ciabattas, franceses y de yema en las paneras, empezamos a preparar nuestros sánguches. A disposición de todos hay café, té, manzanilla y anís, así como leche y azúcar para quien quiera darle un toque especial a su bebida o endulzarla. Todos departíamos muy contentos, conversando de todo un poco, hasta que el teléfono suena.
Por lo que ya les he comentado anteriormente, corro hacia el teléfono de la oficina de papá para responder con la ilusión de que sea Alejandra. Con ella hablé, como todos los días, a la 1 p. m., y tras haber acordado detalles de nuestra salida dominguera con nuestros hijos, es difícil que sea ella llamando, pero no quiero perder la ilusión de que sea ella por el simple hecho de escuchar su voz. La intuición no me falla, otra vez, pero en esta oportunidad la llamada no me resulta nada grata.
—¿Por qué lloras, Alejandra? ¿Ha sucedido algo grave en casa? —pregunto sumamente preocupado.
—¿Me has mentido, Braulio? —me pregunta, y un enorme signo de interrogación aparece en mi mente.
—No… ¿A qué te refieres? —aunque al principio niego, prefiero preguntarle para estar seguro del motivo de su pregunta.
—Mi madre y mi hermana te vieron llevando de tu brazo a una guapa mujer —ante lo dicho por ella, me pongo a recordar dónde me pude topar con su madre y hermana.
—¿Tú madre y tu hermana me vieron caminando llevando del brazo a una mujer? —repito la pregunta porque no sé a lo que se refiere.
—Eso es lo que me han dicho —su sollozo me altera demasiado porque no me gusta saber que por mi causa ella llora, pero lo que más me molesta es no saber qué es lo que hice para ser el motivo de su tristeza.
—Alejandra, no estoy entendiendo. ¿Dónde aseguran que me han visto con una mujer? Además, yo no conozco a tu madre ni a tu hermana, por lo que no podría decirte que me he encontrado con ellas en algún lugar, ya que no las hubiera podido reconocer —en este momento, siento como la frustración está volviéndome loco.
Al no entender lo que sucede y desesperarme porque ella llora por mi culpa, he elevado la voz, por lo que mi hermano y cuñado llegan a la oficina a preguntarme si todo está bien. Yo solo los miro sin saber qué decirles. Fernando me quita el teléfono e Ignacio trata de calmarme porque me siento terrible al perder mi autocontrol al escucharla llorar por algo que hice mal y no soy capaz de recordar.
—Señorita Alejandra, ¿por qué lloras? —le pregunta Fernando con total calma. Ella le está diciendo algo, y yo pierdo más la paciencia al no poder escuchar lo que Alejandra le comenta a mi hermano—. Pero señorita Alejandra, mi hermano ha estado fuera de Lima los dos últimos días. ¿Cuándo tu madre y hermana lo vieron caminando al lado de una guapa señorita? —Fernando me fulmina con la mirada, y yo le juro que no he hecho nada.
—Solo he salido a tres lugares hoy: al aeropuerto para dejar la encomienda de Julio; al cementerio para dejar flores en el mausoleo, junto a Elena, y a la bodega a dos cuadras de la casa para comprar huevos y salchichas con las cuales Marianita ha practicado en la cocina. Lo juro, ¡soy inocente! —lo último lo grito para que Alejandra me escuche.
Mi hermano adopta ese gesto que siempre aparece en su rostro cuando piensa detenidamente. Él acaba de escuchar la respuesta de Alejandra a la par del listado de mis salidas de hoy sábado. Después de unos segundos, que para mí son una eternidad, Fernando responde a Alejandra.
—Señorita Alejandra, me temo que tu madre y hermana han cometido un gravísimo error y son ellas las culpables de que estés llorando en estos momentos —Fernando habla tranquilo, con demasiada pausa, y yo estoy que desespero porque termine su idea—. Por la mañana, Braulio ha ido al Presbítero Maestro a dejar flores a nuestros antepasados junto con Elena, nuestra hermana mayor. ¿No será que tu madre y hermana han confundido a nuestra inocente y decorosa hermana mayor con otra mujer?
A mi mente llega el recuerdo de las dos mujeres que nos miraban raro a Elena y a mí cuando salimos del Presbítero Maestro. Haciendo un esfuerzo adicional, logro traer al presente la imagen imprecisa del rostro de la madre de Alejandra cuando la vi en medio de la oscuridad del pasadizo de su casa la noche que ayudé con el lavado de pañales y ropa de los niños, y me doy cuenta que la mujer mayor que empujó a Elena y me miró con cara de pocos amigos era la madre de Alejandra.
—¡Alejandra, ya recuerdo, tu madre y hermana son las mujeres que nos miraban raro a mi hermana y a mí! —exclamo casi a gritos.
Tengo una pequeña rencilla con Fernando por el auricular del teléfono, el cual logro quitarle al terminar doblándole el brazo hacia la espalda. Mi hermano se queja, Ignacio lo auxilia al ayudarle a pararse porque termina en el suelo, pero no presto atención a esos detalles porque yo tengo el auricular, y en estos momentos solucionaré todo.
—Alejandra, la mujer que se apoyaba en mi brazo era mi hermana Elena. Hoy fuimos al cementerio a poner flores y orar por nuestro hermano fallecido. Es una larga historia que aún no comparto contigo, pero te puedo asegurar que en verdad estaba saliendo del cementerio con mi hermana mayor —estoy tan preocupado por que Alejandra me crea que me olvido de Fernando e Ignacio.
—Braulio, ¡qué vergüenza contigo! —me dice Alejandra. Aún llora, pero espero que sea por la pena que debe sentir de haberse equivocado al creerle a su madre y hermana todo lo que le dijeron sobre mí.