CAPÍTULO VIII

1062 Palabras
🌜LIA🌕🌓🌑 La habitación está en calma cuando los médicos regresan. Demasiada calma para todo lo que pasó anoche. Hablan con una ligereza que me incomoda, como si el desmayo de mi abuela hubiera sido un simple tropiezo y no el susto más grande de mi vida. —Los exámenes salieron muy bien —dice uno de ellos—. De hecho, su salud es sorprendentemente buena para su edad. Sorprendentemente. Esa palabra se me clava. Asiento, firmo papeles, agradezco sin sentir nada. Nos dan el alta como si nada hubiera pasado, como si no me hubiera quedado despierta horas mirándola respirar. Mi abuela ya está vestida, sentada en la cama con la serenidad de siempre, como si el hospital no la tocara. La ayudo a ponerse el abrigo. Sus manos están frías, pero firmes. Demasiado firmes para alguien que acaba de desmayarse. Caelan aparece en mi cabeza sin pedir permiso. Su voz baja. Su manera de mirarme. El hecho de que se fuera sin decir una sola palabra después de verla. La duda me oprime el pecho desde entonces. —Abuela… —digo mientras miro por la ventana—. ¿Qué fue lo que pasó antes con ese hombre? Ella tarda en responder. —Sé que dijiste algo —insisto—. Yo no lo entendí… pero él sí. Se le notó. Cuando me giro, la encuentro distinta. Incómoda. Mi abuela nunca se incomoda. La ayudo a levantarse y la siento en la silla de ruedas junto a la cama. Me inclino frente a ella, buscando su rostro. —Por favor —le digo en voz baja—. No me mientas. Sus labios se separan. Suspira. —Lía… creo que ya es hora de que— No termina. Una mano me agarra del brazo con violencia. El tirón es tan brusco que me hace girar de golpe. El dolor sube rápido, seco, y el aire se me atasca en el pecho cuando choco contra un cuerpo sólido. —¿Pero qué mierda…? —alcanzó a decir. Levanto la vista. Ojos verdes. No claros. No amables. Verdes como algo vivo y rabioso. Me miran con un odio tan crudo que me eriza la piel. No hay sorpresa en su expresión, ni curiosidad. Solo desprecio. No sé quién es. No sé de dónde salió. Solo sé que su mano sigue cerrada alrededor de mi brazo como si yo fuera una cosa. —¿Y tu quién cojones eres?—gruño, forcejeando. Aprieta más. -Cuida tu lengua, no tienes ni idea de con quién estás hablando- gruñe. -Sueltame imbécil- forcejeo- ¿Quien te crees que eres para tocarme? - No sabes cuándo cerrar la boca- me observa con odio- ese defecto suele costar caro. Entonces ocurre algo peor. Una mano toca su pierna. La mano de mi abuela. -Lunaris vethea… karsen domir- de nuevo mi abuela habla en ese idioma que no entiendo y el parece haber recibido un puñetazo invisible. El hombre se queda rígido. Como si algo invisible lo hubiera clavado al suelo. El aire cambia. Se vuelve pesado. Su agarre se afloja y logro zafarme, retrocediendo un paso con el corazón desbocado. Él tiembla, pero no de miedo. De furia contenida. —¿Cómo te atreves? —escupe, mirando a mi abuela con un odio enfermizo—. ¿Cómo te atreves a tocarme? Su voz no es normal. Hay algo en ella que no encaja. Algo antiguo. Salvaje. Me quedo quieta. Lo observo. No con atracción. No con curiosidad. Lo miro con la misma dureza con la que él me mira a mí. Como si pudiera atravesarlo solo con la mirada. No retrocedo. —Lárgate —le digo, sin rodeos—. ¡Ya! Espero que se mueva. Que al menos dé un paso atrás. No lo hace. Se queda ahí, enorme, ocupando el espacio como si le perteneciera, como si esta habitación, este hospital y yo misma fuéramos solo una molestia menor. Su negativa silenciosa me crispa los nervios. —Por favor —dice entonces mi abuela, con esa voz tranquila que siempre usa cuando quiere que el mundo se calme—. Déjame sola con él un momento. Me giro de inmediato hacia ella, incrédula. —¡Ni de coña! —respondo—. ¿Estás viendo lo mismo que yo? Ese animal casi me arranca el brazo. ¿Acaso lo conoces? Lo digo con rabia, pero también con miedo. Porque no entiendo nada. Porque no lo entiendo a él. Ni lo que me provoca. Mi abuela no me responde enseguida. Solo me observa. No con urgencia. No con preocupación. Me mira como si estuviera midiendo algo dentro de mí, como si buscara una grieta que yo no sabía que existía. —No te preocupes, Lía —dice al fin—. Nada malo va a pasar. Eso es lo que termina de desarmarme. No suena a consuelo. Suena a certeza. Aprieto los labios. Miro al hombre una última vez, con desconfianza, con odio mal contenido. Él no aparta la mirada. No se disculpa. No baja la cabeza. Solo me observa como si acabara de perder algo que aún no entiende. —Si le pasa algo… —murmuro, más para él que para ella. —No me va a pasar nada —repite mi abuela. Y, contra todo mi instinto, cedo. Salgo de la habitación con el pecho apretado, el pulso acelerado y la sensación de estar haciendo exactamente lo contrario a lo que debería. El pasillo me recibe con un silencio raro, espeso. Camino unos pasos y me detengo, apoyando la espalda contra la pared. No entiendo una mierda. Nunca la he entendido del todo, en realidad. Mi abuela siempre ha sido así. Misteriosa. Desde que era niña lo sé. Mamá decía que a veces deliraba, que inventaba historias imposibles, cosas que no existían. Diosas, lunas, hombres que no eran hombres. Pero para mí siempre estuvo lúcida. Siempre presente. Incluso aquella noche. La del accidente. Recuerdo el metal retorcido, el olor a gasolina, el silencio después del impacto. Recuerdo despertar y verla ahí, sacándome del auto mucho antes de que llegara la policía, mucho antes de cualquier sirena. Recuerdo sus manos firmes, su voz clara. Ella siempre dijo que eso nunca pasó. Que lo imaginé. Que fue el shock, el trauma. Pero yo era pequeña… y aun así estoy segura. Estoy segura de que fue real.
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