🐺ALDRIC🌕
Dejarla ir me provoca una ansiedad brutal. Es como tener la garganta seca, como estar muriéndome de sed frente a un río que no puedo tocar. Mi cuerpo no lo entiende. Kars ruge, impaciente, furioso, golpeando dentro de mí como una bestia enjaulada. No debería sentir esto por una humana. No por ella.
—Siéntate —dice la anciana.
La miro con desprecio.
—No recibo órdenes de nadie —respondo, seco, grosero—. Mucho menos de alguien que apenas puede sostenerse en una silla.
Ella no se inmuta. No baja la mirada. No se encoge.
Al contrario.
—Sé muy bien quién eres, alfa.
La sorpresa me atraviesa como un latigazo. La disimulo de inmediato, la entierro bajo una sonrisa torcida y venenosa.
—No sabes una mierda —escupo—. Y aunque la supieras, no te serviría de nada.
Sus ojos se clavan en mí. Viejos, sí. Pero afilados. Peligrosamente lúcidos.
—Entonces dime —continúa, con una calma que me crispa—, ¿qué carajos quieres con mi nieta?
Parpadeo una sola vez.
Eso no me lo esperaba.
No por la pregunta.
Por el vocabulario.
Una carcajada áspera se me escapa, corta, sin humor.
—¿Tú? ¿Hablando así? —me burlo—. Vaya. Resulta que debajo de esa cara de abuelita hay colmillos.
—No esquives la pregunta, lobo —dice, y al pronunciar esa palabra algo se tensa dentro de mí—. ¿Qué quieres de Lía?
Aprieto la mandíbula. Kars vuelve a rugir. Porque no tengo una respuesta limpia. Porque no quiero admitirla. Porque ni siquiera yo la entiendo.
—Nada —miento—. Es una humana insignificante que se cruzó donde no debía.
Ella sonríe apenas. No con dulzura.
Con conocimiento.
Y eso…
eso me irrita más que cualquier insulto.
—Le dije a tu abuelo, Aurelian, que me iba —dice la anciana—. Que no podía seguir en la manada. Que debía proteger a mi familia. La Luna lo consintió. Yo me alejé.
El nombre me golpea más fuerte de lo que debería.
Aurelian.
El viejo alfa. El único al que mi padre respetó sin reservas. El que firmó pactos que ya nadie recuerda… excepto quienes deben recordarlos.
Aprieto la mandíbula.
—No me interesa tu historia —gruño—. Si te fuiste, fue tu decisión. No nos debes nada.
—Y ustedes no me deben vigilar —replica—. Mucho menos a mi nieta.
Doy un paso adelante, invadiendo su espacio. No por intimidarla —aunque podría—, sino porque algo en su voz me crispa.
—¿Qué demonios estás insinuando?
Ella no retrocede. Alza apenas el mentón.
—Que no eres el único —dice—. No eres el único de tu gente que ha estado rondándola.
El aire se vuelve espeso.
Kars se agita con violencia.
—¿Quién más? —escupo—. Dímelo ahora.
La anciana me observa con calma. Demasiada calma para alguien que debería estar temblando frente a mí.
—Eso ya lo sabes —responde—. Lo has olido. Lo has sentido. Si no fuera así, no estarías aquí rompiendo paredes como un animal sin riendas.
Mi puño se cierra solo.
Maldita sea. Se que Caelan estuvo cerca de ella, pero percibir también el aroma de Riven, fue una sorpresa no grata. A menos que él y ella.... Sacudo de mi cabeza esas malditas suposiciones, pensar en nuestra r**a intimando con insignificantes humanos es aberrante.
El aroma vuelve a invadirme, clavándose en mis sentidos como una burla. Ella. Siempre ella. Mezclada con otros. Con rastros que no me pertenecen.
—No tienes derecho —digo, con la voz baja, peligrosa—. Te fuiste. Renunciaste. No puedes venir ahora a reclamar nada.
La anciana sonríe apenas.
—Renuncié a la manada —corrige—. No a la Luna.
Ese es el segundo golpe.
Y esta vez…
no logro disimularlo del todo.
Sostiene mi mirada y ladea la cabeza, como si escuchara algo que yo no.
—Tal vez Kars sea más sensato —dice—. Tal vez él sí me diga la verdad.
El nombre me quema.
Mi lobo.
Mi maldito nombre verdadero en la boca de una anciana que no debería conocerlo.
La ira me sube como fuego por la garganta.
—¿Cómo carajos sabes que…? —empiezo, pero no me deja terminar.
—Sé muchas cosas —me corta, seca, autoritaria—. Cosas que no tengo por qué explicarte.
El silencio que cae después es pesado. Kars embiste dentro de mí, furioso, desconfiado. Mi respiración se vuelve más lenta, más profunda, intentando contenerlo… contenerme.
La anciana apoya ambas manos a cada lado de la silla como si intentara ponerse de pie y su voz se endurece.
—Quiero que tú y los otros alfas se alejen de mi nieta. Ella no tiene nada que ustedes puedan querer.
Miente.
O cree que miente.
—Yo me comprometo a alejarme aún más de la manada —continúa—. A desaparecer por completo. Y ustedes no regresarán jamás.
Algo en mí se rompe.
Una risa baja, peligrosa, se me escapa sin permiso.
—¿Crees que puedes negociar conmigo? —digo, dando un paso al frente—. ¿Crees que esto funciona así?
Sus ojos no vacilan.
Eso solo me enfurece más.
—No eres tú quien decide —gruño—. No eres tú quien pone las condiciones. Soy yo.
El aire vibra con mi autoridad, con el peso del alfa empujando hacia afuera. Las paredes parecen tensarse. Cualquier otro habría bajado la cabeza.
Ella no.
—Eso crees tú —responde—. Pero incluso los alfas olvidan algo.
Entrecierro los ojos.
—¿Qué?
—Que la Luna también elige —dice—. Y cuando lo hace… ni tú ni Kars pueden cambiarlo.
Mi pecho se contrae.
Sed.
Ansiedad.
La imagen de la humana cruza mi mente como un relámpago.
Maldita anciana.
Maldita Luna
Salgo del cuarto con la furia retumbándome en los huesos.
No pienso. No escucho. No dudo.
Agarro del brazo a la insignificante mujer y la arrastro conmigo antes de que siquiera entienda qué está pasando. Protesta, se sacude, me grita algo que no registro. Su voz es ruido. Todo lo es.
Ni la anciana.
Ni la Luna.
Ni la manada.
Ni siquiera la maldita humana.
Nadie va a decirme qué debo hacer.
Mi agarre es firme, dominante, cargado de esa autoridad que no pide permiso. La siento resistirse, sentirme, odiarme quizá, y algo oscuro se revuelve en mi interior ante eso. No la suelto. No ahora. No después de haber probado lo que es alejarme de ella.
Antes de cruzar el umbral, antes de perderme en el pasillo, lo último que escucho es la voz de la anciana.
Un grito.
—¡Lía!
No me detengo.
Si la Luna cree que puede arrebatarme lo que ya marcó mi sed…
está a punto de descubrir lo equivocada que está.