CAPITULO X

1053 Palabras
🐺LIA🌕🌓🌑 Grito el nombre de mi abuela. No por mí. Por ella. El pasillo se me vuelve estrecho mientras ese hombre me arrastra como si no pesara nada, como si yo fuera un objeto que puede mover a su antojo. Mi corazón late tan fuerte que me duele el pecho. Intento girarme, clavar los pies en el suelo, resistirme… inútil. Su fuerza es brutal, desmedida, como si estuviera hecho para romper cosas. —¡Abuela! —vuelvo a gritar, con la garganta ardiendo—. ¡Abuela! El miedo no es por mí. Es la idea de dejarla sola. Sentada. Frágil. Por culpa de este animal. La rabia me sube como una ola negra cuando siento su mano cerrarse más fuerte alrededor de mi brazo. El contacto quema. No es una metáfora. Quema de verdad. Mi piel arde donde me toca, como si me hubiera rozado fuego vivo. Un cosquilleo insoportable se extiende desde el punto donde me sujeta y se mete bajo la piel, recorriéndome los nervios. —Déjame, maldito miserable —escupo, arañándolo, golpeándolo como puedo—. ¡Suéltame! Mis uñas raspan su piel, mis puños chocan contra su pecho, su brazo. Nada. Es como golpear una pared. Él ni siquiera se inmuta. —Eres una maldita molestia —dice, con una frialdad que me hiela—. Y las molestias se eliminan. El aire se me queda atascado en los pulmones. —¿Qué…? —mi voz tiembla, pero no de miedo, de incredulidad. Su mano aprieta más. —Si te mato, asunto resuelto. No entiendo. No lo conozco. No le he hecho nada. El pasillo gira un poco. Apenas. Como si el mundo dudara. Trato de concentrarme en algo concreto: el suelo, la pared, cualquier cosa que me mantenga anclada. Pero el calor vuelve a subir, esta vez desde el pecho. Se expande, se vuelve demasiado. Mis oídos empiezan a zumbar, un sonido grave que me atraviesa la cabeza. Respiro. No funciona. Mis dedos empiezan a hormiguear. Primero las manos, luego los brazos. Es una sensación extraña, casi eléctrica, como si algo dentro de mí estuviera despertando sin permiso. El contacto con él se vuelve insoportable. Cada segundo que me toca, el ardor aumenta. —¡Suéltame! —grito otra vez, con furia—. ¿Quién demonios te crees que eres? No responde. Solo camina. Seguro. Decidido. Como si ya hubiera tomado una decisión desde antes de tocarme. El mundo se vuelve lento. Los sonidos se distorsionan. Las luces del hospital se estiran, se deforman. Trato de moverme, de hacer algo, pero mis piernas ya no me responden bien. Siento una presión brutal en el pecho, como si algo estuviera empujando desde adentro, buscando salir. La rabia es lo último que permanece clara. Rabia por mi abuela. Rabia por su mano sobre mí. Rabia por no entender nada. El zumbido se convierte en un rugido. El calor estalla. Por un segundo —solo uno— siento que algo se rompe dentro de mí, como una grieta abriéndose de golpe. Y entonces ya no hay suelo. Ni pasillo. Ni fuerza. La oscuridad me cae encima antes de que pueda volver a gritar su nombre. ***************************************** La conciencia vuelve de golpe. No suave. No lento. Abro los ojos y el techo no es el mío. Tardo un segundo en entenderlo. Dos. El espacio sobre mí es demasiado alto, demasiado limpio, demasiado… amplio. Me incorporo de golpe y una punzada me atraviesa la sien, obligándome a llevarme la mano a la cabeza. No estoy en el hospital. La habitación es enorme. Ridículamente grande. Tres veces el tamaño de mi apartamento, por lo menos. Las paredes son oscuras, sobrias, sin cuadros, sin nada que indique calidez. Todo es ordenado, frío, ajeno. La cama en la que estoy acostada parece más cara de lo que yo podría pagar en años. El aire huele distinto. No a desinfectante, no a ciudad. Me baja un escalofrío por la espalda. —Abuela… —susurro, y el nombre se me queda atorado en la garganta. Me incorporo del todo, el corazón acelerado. La última imagen me golpea con fuerza: la mano de ese hombre agarrándome con rabia, mi abuela frágil y sola en esa silla, el pasillo, el calor insoportable, la oscuridad. Me miro el cuerpo con urgencia. La ropa no es mía. Es de mujer, eso está claro, pero tal vez del siglo pasado, un vestido sin una sola arruga, como si alguien la hubiera acomodado con demasiado cuidado. Me paso las manos por los brazos, por el torso, por los bolsillos. Nada. El pánico empieza a crecer, lento pero firme. Busco el celular. En el vestido, en la cama, bajo la almohada. Nada. No está. Trago saliva con dificultad y me pongo de pie, las piernas aún un poco débiles. —¿Abuela? —digo más alto, girando sobre mí misma. Silencio. Un silencio espeso, incómodo, que no se parece al de un lugar vacío, sino al de un lugar que observa. Camino despacio, cada paso resonando demasiado en el suelo. Hay una puerta enorme a un lado de la habitación. Otra más pequeña al fondo. Todo parece diseñado para alguien que ocupa espacio. Alguien que no vive con miedo de romper nada. Mi pecho se aprieta. No sé cuánto tiempo llevo aquí. No sé qué le pasó a mi abuela. No sé dónde estoy. Y lo peor de todo: sé exactamente quién me trajo. El recuerdo de su mano cerrándose sobre mi brazo vuelve con una intensidad brutal. El ardor regresa, como un eco que late bajo mi piel, y cuando miro el lugar donde me sostuvo, descubro la marca de sus dedos grabada allí… como si me hubiera quemado con solo tocarme. Aprieto los puños, respirando hondo para no entrar en pánico. —No me puedo quedar aquí —me digo en voz baja, más como una orden que como una convicción. Pero cuando intento acercarme a la puerta, algo se instala en mi estómago. Una certeza incómoda. Si ese hombre quiso matarme… si habló con tanta frialdad de hacerlo… Entonces esto no es un rescate. Es una jaula. Una sentencia de muerte que se va a cumplir en cuanto el vuelva a cruzar esa puerta. Y no tengo idea de qué pasó con la única persona que me importa de verdad.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR