🐺ALDRIC🌕
La siento dejar de forcejear.
Al principio no le presto atención. Asumo que por fin entiende que resistirse es inútil. Sigo avanzando por el pasillo con ella atrapada entre mis dedos, ignorando los golpes torpes que antes intentaba darme.
Pero entonces su peso cambia.
Se vuelve muerto. Flojo.
Giro la cabeza con fastidio, listo para lanzarle alguna amenaza para que reaccione… y la veo desplomarse.
—Maldición…
La suelto solo lo suficiente para atraparla antes de que golpee el suelo. No lo hago por consideración. Lo hago porque el ruido llamaría atención innecesaria y ya tengo suficiente mierda encima.
Su cuerpo queda colgando contra mí, inerte, y eso me irrita todavía más.
—Levántate —gruño, sacudiéndola con brusquedad.
No responde.
Su cabeza cae hacia atrás y su cabello oscuro se desliza sobre mi brazo como un maldito recordatorio de que sigue siendo una carga. Su piel luce más pálida de lo normal, sus labios apenas entreabiertos mientras respira lento, demasiado lento.
Chasqueo la lengua con disgusto.
—Patético.
No voy a dejarla tirada en medio del hospital como un cadáver. No por compasión. Por conveniencia. Demasiadas preguntas, demasiados testigos, demasiados problemas para la manada.
La cargo, pero no como un salvador. La sujeto con un brazo, casi echándomela sobre el hombro, ignorando lo incómodo de su posición. Su brazo cuelga a mi espalda, balanceándose como si no tuviera huesos.
Kars se agita dentro de mí.
Lo siento empujar contra mis costillas, arañar la piel desde adentro, inquieto… hambriento de algo que me niego a nombrar.
—Cállate —mascullo entre dientes mientras avanzo hacia la salida trasera.
El lobo no obedece.
Su respiración roza mi cuello. Tibia. Suave. Malditamente constante. Cada exhalación parece filtrarse bajo mi piel, arrastrándose por mis nervios como un veneno lento.
Kars gruñe.
Y antes de que pueda detenerlo, mi cabeza se inclina apenas. Instinto puro. Primario. Animal.
Mi nariz roza la curva de su cuello.
El aroma me golpea de lleno.
Cierro los ojos un segundo… y lo odio.
Es dulce. Demasiado dulce. Tiene algo limpio, luminoso, casi irritante, mezclado con el rastro tenue del alcohol y el sudor que dejó el miedo en su piel. No huele a humana común. Huele a algo que mi lobo reconoce con una devoción enfermiza.
Kars se revuelca dentro de mí, jadeante, desesperado por hundirse más en ese olor.
—Asqueroso… —escupo, apartando la cara como si me hubiera quemado.
Pero el daño ya está hecho.
El aroma queda atrapado en mis pulmones, pegado a mi lengua, impregnado en mi cabeza como un eco que no desaparece. Mi agarre se endurece sin que lo quiera, apretándola contra mí con más fuerza de la necesaria.
Su frente roza mi clavícula. Su respiración cambia apenas, un suspiro débil que atraviesa mi pecho como una punzada irritante.
Kars ronronea.
Maldito traidor.
—No significa nada —gruño para mí mismo mientras empujo la puerta de emergencia y salgo al estacionamiento.
La noche cae sobre nosotros con un frío seco. El viento agita su cabello y me trae otra oleada de su olor. Aprieto la mandíbula hasta sentir que los dientes van a romperse.
La llevo hasta mi motocicleta y la dejo apoyada contra el asiento con poca delicadeza. Su cabeza se ladea, pero no despierta. Busco en mis bolsillos, irritado, asegurándome de que no tenga nada útil encima.
Nada de teléfono.
Nada que pueda usar para huir o pedir ayuda.
Perfecto.
La subo delante de mí en la moto, sujetándola contra mi pecho como si fuera un paquete que necesito transportar, no una persona. Su cuerpo encaja demasiado bien contra el mío y eso solo consigue que Kars vuelva a removerse con ansiedad.
Arranco el motor con un movimiento brusco.
El rugido rompe el silencio del estacionamiento mientras acelero sin mirar atrás. La sostengo con un brazo, obligándola a permanecer contra mí mientras la ciudad comienza a deslizarse en luces borrosas.
No sé si está inconsciente o fingiendo.
No me importa.
Solo sé que necesito llevarla lejos de ese hospital… y lejos de cualquiera que crea que puede quitármela.
Entro a la casa con ella entre mis brazos, su peso inerte contra mi pecho, su respiración tibia rozando mi cuello como un recordatorio constante de que sigue viva… y de que sigue siendo una maldita molestia.
La sostengo en posición nupcial solo porque es la forma más eficiente de cargarla sin que se desplome. Nada más.
La puerta principal apenas termina de abrirse cuando lo percibo.
Caelan.
Está en el centro del vestíbulo y en cuanto me ve, su cuerpo entero se tensa.
—¿Qué le hiciste? —pregunta, la desesperación rompiendo su voz.
Da un paso hacia nosotros. Luego otro. Sus ojos recorren el rostro pálido de la humana, sus labios entreabiertos, su inmovilidad… y su mano se extiende, temblorosa, intentando tocarla.
Un rugido nace en mi pecho antes de que pueda detenerlo.
Grave. Amenazante. Instintivo.
El sonido vibra en las paredes y hace que el aire entre nosotros se vuelva denso. Caelan se queda inmóvil a medio movimiento, su mano suspendida a centímetros de ella.
Ni siquiera debería estar respirando tan cerca.
La sensación posesiva me golpea con una violencia que no comprendo. Es su olor mezclándose con el de ella, su mirada clavada en su rostro, su maldita preocupación… todo me irrita hasta el punto de querer arrancarlo del camino.
Los ojos de Caelan se enrojecen lentamente. Lo veo perder el control por primera vez. Sus hombros se tensan, sus dedos se curvan y su lobo empuja con furia bajo su piel.
Interesante.
—No empieces algo que no serás capaz de terminar —le advierto, mi voz baja, cargada de amenaza—. Apártate de mi camino.
Por un instante creo que va a lanzarse contra mí. La tensión entre los dos se vuelve casi insoportable, como si el suelo mismo estuviera esperando el impacto.
Pero Caelan traga saliva. Sus fosas nasales se dilatan mientras lucha contra sí mismo. Finalmente, se aparta un paso… luego otro.
Me deja pasar.
No le agradezco. No lo miro. Simplemente avanzo.
Subo las escaleras sin prisa, sintiendo su mirada clavarse en mi espalda, siguiendo cada uno de mis movimientos mientras llevo a la humana hasta mi habitación.
Empujo la puerta con el hombro y entro.
El silencio del cuarto me envuelve de inmediato.
Camino hasta la cama y la deposito sobre el colchón con cuidado… demasiado cuidado para alguien que considero indigna de tocar siquiera mis sábanas. La observo unos segundos, irritado conmigo mismo.
No puedo dejarla en ningún otro lugar.
No a la vista de todos.
No con su olor impregnado en la ropa, mezclado con rastros de otros hombres. La idea me provoca una oleada de repulsión tan intensa que aprieto la mandíbula.
—Asqueroso… —gruño entre dientes, sin saber si me refiero a ella o a lo que siento.
La incorporo apenas lo necesario y comienzo a quitarle la ropa. Mis movimientos son bruscos, rápidos, casi clínicos. Intento no detenerme en la suavidad de su piel ni en la manera en que su cuerpo se curva bajo mis manos.
Kars empuja con fuerza, curioso, hambriento, fascinado por su aroma.
Lo reprimo.
La tela cae al suelo pieza por pieza. Mantengo la mirada fija en cualquier punto que no sea su cuerpo más de lo necesario, pero cada roce deja una estela caliente que me obliga a tensar los músculos.
Maldita humana.
Tomo el vestido del respaldo de la silla. La tela oscura se desliza entre mis dedos y un recuerdo fugaz de mi madre intenta abrirse paso en mi mente. Lo aplasto antes de que crezca.
No voy a pensar en ella ahora.
Regreso junto a la cama y deslizo el vestido por el cuerpo de la humana con movimientos firmes, apresurados, ajustándolo lo justo para cubrirla. Procuro no permitir que mis manos se demoren donde no deben, ignorando el impulso que late en mis venas y amenaza con nublar mi juicio.
Cuando termino, la recuesto nuevamente sobre el colchón.
Su cabello se esparce sobre mis almohadas, oscuro, desordenado, invadiendo mi espacio como si siempre hubiera estado ahí. Su respiración permanece lenta, constante, y el leve ascenso de su pecho atrae mi mirada más de lo que debería.
Retrocedo un paso.
Luego otro.
Necesito distancia… pero no me muevo demasiado lejos.
Simplemente me quedo observándola, con el fastidio ardiendo en el pecho y algo más… algo que se retuerce bajo mi piel y que me niego a continuar alimentando.