🐺RIVEN🌑
El agua cae con fuerza sobre mi espalda, resbalando por mis hombros y pecho como si intentara arrancarme la piel. Apoyo ambas manos contra la pared de mármol y bajo la cabeza, dejando que el vapor me envuelva, espeso, sofocante… inútil.
Nada logra callar su recuerdo.
Cierro los ojos y la imagen de Lía aparece con una claridad enfermiza. Su respiración entrecortada, la manera en que su cuerpo reaccionó al mío, ese instante en el que estuvo a punto de cruzar la línea conmigo… y yo también.
Aprieto los dientes.
La dejé.
La maldita dejé.
El agua se enfría un poco, pero mi piel sigue ardiendo como si aún pudiera sentir el calor de la suya. Bajo la mano hasta mi cuello, recordando el aroma que se quedó pegado a mi ropa, a mis dedos, a mi maldita mente. Dulce. Intenso. Peligroso.
Gruño por lo bajo.
Después de salir de ese bar fui directo a buscar alcohol. No uno, ni dos tragos. Necesitaba suficiente para apagar el instinto, para hundir la impronta en un agujero lo bastante profundo como para no escucharla llamarme desde el fondo de mi pecho.
Funcionó… por unos minutos.
Las mujeres empezaron a rodearme apenas entré al primer club. Siempre pasa. Sonrisas insinuantes, manos deslizándose por mis brazos, promesas susurradas contra mi oído. Normalmente habría escogido a cualquiera sin pensarlo demasiado. Sin nombres. Sin preguntas. Solo ruido para callar la cabeza.
Pero anoche…
Nada.
Ni una sola me provocó algo.
Una rubia se sentó sobre mis piernas, deslizando sus dedos por mi torso. Apenas la miré. Otra intentó besar mi cuello. La aparté con más brusquedad de la necesaria. Una tercera me ofreció subir a una habitación privada.
Y lo único que pude pensar es que ninguna tenía el aroma de ella.
La frustración me golpeó tan fuerte que terminé vaciando botella tras botella, esperando que el alcohol ahogara ese vínculo que se formó sin permiso, como una cadena invisible que se tensaba cada vez que respiraba.
No lo logré
Golpeo la pared de la ducha con el puño, haciendo que el sonido retumbe en el baño.
—Maldita sea…
Salgo del baño todavía con el vapor pegado a la piel. Me seco el cabello con la toalla mientras intento sacarme de la cabeza la imagen de ella. No funciona. No ha funcionado en toda la noche. Ni el alcohol, ni las mujeres que prácticamente se me ofrecían en cada rincón del bar. Nada sirve.
Me visto rápido y salgo al pasillo.
Entonces un aroma me golpea de frente.
Familiar.
Demasiado familiar.
Me detengo en seco. El pecho se me aprieta mientras mi lobo se sacude dentro de mí, alerta, hambriento.
¿Lía?
Frunzo el ceño, intentando convencerme de que es imposible… pero entonces escucho golpes.
Golpes fuertes.
Desesperados.
Provienen del cuarto de Aldric.
Mi cuerpo se mueve antes de que lo piense. Camino rápido… luego corro. El aroma se vuelve más intenso a cada paso.
Llego a la puerta justo cuando otro golpe retumba del otro lado.
—¡Lía! ¿Me escuchas? —digo, apoyando la mano contra la madera.
Hay un segundo de silencio… y luego su voz.
—¿Quién es?
La pregunta me cae como un golpe al orgullo. Yo no podría olvidar ni su voz, ni su aroma, ni la forma en que su cuerpo reaccionó contra el mío aquella noche, pero al parecer ella si.
—Soy Riven.
No espero nada más. Bajo la mano a la chapa y, sin necesidad de usar fuerza real, la reviento. El metal cede con un chasquido seco.
La puerta se abre y yo entro sin perder tiempo.
Ella está ahí. Agitada. El cabello revuelto. Los ojos brillando entre rabia y miedo. Trae el vestido de la mujer que tuve la desgracia de tener como progenitora algo que me disgusta un poco.
Me mira apenas un instante antes de lanzarse contra mí.
Me abraza con fuerza, como si llevara horas conteniendo la respiración y por fin pudiera soltarla. Su cuerpo tiembla ligeramente contra el mío y mi lobo ruge satisfecho, malditamente complacido.
—Gracias… —susurra.
La sostengo por reflejo, pasando una mano por su espalda.
Pero ella se separa rápido, mirándome con confusión.
—¿Qué haces tú en este lugar?
—Vivo aquí —respondo, sin darle importancia.
Veo cómo su expresión cambia, como si la realidad la golpeara de pronto.
Y entonces aparece Aldric.
Está de pie en el pasillo con una bandeja de comida entre las manos. Se queda inmóvil al vernos.
Lía reacciona al instante. Se esconde detrás de mí, aferrándose a mi espalda.
El aire se vuelve pesado.
Los ojos de Aldric se encienden… y la bandeja sale volando. Choca contra la pared y se hace pedazos contra el suelo.
—¿Ahora te metes en mis asuntos, hermano? —gruñe.
Aprieto la mandíbula.
—¿Qué hace Lía aquí? —pregunto, sintiendo la rabia subir como fuego por la garganta—. ¿Por qué la tienes como una maldita prisionera?
Sus ojos se tornan rojos.
—Así que la conoces… —escupe con desprecio.
Sus hombros se tensan mientras su lobo empuja por salir.
—Maldita profecía de mierda… —gruñe—. ¿O es que no sabes que esta insignificante humana es el centro de esa asquerosa burla?
Siento a Lía tensarse detrás de mí, sus dedos aferrándose más fuerte a mi camiseta.
Mi lobo despierta completamente.
Y esta vez… no está dispuesto a contenerse.
—Retrocede, Lía… —le digo sin apartar la mirada de Aldric.
Puedo sentirla detrás de mí. Puedo oler su miedo. Su respiración se vuelve irregular, entrecortada, y ese terror me perfora el pecho con una urgencia que no sé manejar.
Pero ya es tarde.
Aldric sonríe apenas. No es una sonrisa humana. Es algo torcido… peligroso.
Kars emerge en sus ojos como una tormenta desatada.
Mi piel arde.
Mis huesos crujen.
Kael despierta dentro de mí con un rugido salvaje que me arranca el aire de los pulmones. No pide permiso. Nunca lo hace. Toma el control como una ola que arrastra todo a su paso.
El cambio me atraviesa como fuego líquido. La columna se arquea. Las garras rompen la piel de mis dedos. El gruñido que sale de mi garganta ya no es completamente mío.
Aldric tampoco pierde tiempo.
Su transformación es más violenta, más brutal. Sus músculos se expanden, la camisa se desgarra y en cuestión de segundos Kars está frente a nosotros, enorme, oscuro, con los colmillos brillando bajo la luz del pasillo.
Lía grita algo detrás de mí, pero el sonido se pierde cuando nos lanzamos al mismo tiempo.
El choque es brutal.
Nuestros cuerpos impactan contra la pared con un estruendo que hace temblar toda la casa. El yeso se resquebraja. Madera astillada vuela por el aire.
Clavo los colmillos en su hombro.
Sangre caliente llena mi boca.
Kars responde con un zarpazo que me abre el costado. El dolor me atraviesa, pero Kael ruge, excitado, alimentándose del combate. Lo embisto con todo mi peso y rodamos por el pasillo, derribando una mesa, arrancando cuadros, destruyendo todo a nuestro paso.
Gruñidos. Mordiscos. Zarpazos.
Todo se vuelve un maldito caos.
Siento sus colmillos rozar mi cuello. Giro la cabeza justo a tiempo para evitar que me lo arranque. Le muerdo la mandíbula con furia, empujándolo contra una columna que se parte con el impacto.
El suelo cruje bajo nuestras patas.
Kars es más pesado. Más dominante. Intenta someterme aplastándome contra el mármol, pero Kael se niega a ceder. Clavo las garras en su pecho y lo empujo hacia atrás, arrancando mechones de pelaje oscuro.
El olor a sangre, a furia, a territorio… lo llena todo.
Escucho objetos romperse. Madera astillarse. Vidrio estallar.
Entonces, entre el caos… percibo su aroma.
Miedo.
Lía.
Kael titubea apenas un segundo… y ese segundo es suficiente.
Kars aprovecha para lanzarse directo a mi garganta.