🐺CAELAN🌓
El maldito silencio de la casa me está volviendo loco.
Camino de un lado a otro del pasillo con los puños cerrados, tratando de ignorar el aroma de ella que se filtra por cada rincón como una provocación constante. Aldric pasó hace unos minutos frente a mí con una bandeja. No dijo una sola palabra. Ni una. Solo esa expresión fría que siempre usa cuando algo dentro de él está a punto de romperse.
Al menos no la está matando de hambre.
Pero no saber qué demonios planea… eso me está destrozando los nervios.
Eiran se mueve inquieto dentro de mí, gruñendo bajo, caminando en círculos como un animal enjaulado. Siente lo mismo que yo. Preocupación. Ansiedad. Algo más oscuro que no logro nombrar.
Entonces ocurre.
Un estruendo sacude el ala oeste de la casa.
Luego otro.
Madera rompiéndose. Vidrio estallando. Un rugido que reconozco demasiado bien.
Y después…
—¡Por Dios!
La voz de Lía atraviesa el aire como un cuchillo.
No pienso. Solo corro.
Doblo el pasillo casi derribando una mesa y llego hasta la puerta destrozada del cuarto de Aldric. El olor a sangre, furia y poder golpea mis sentidos al mismo tiempo.
El caos es absoluto.
Kars y Kael están desatados en medio de la habitación, convertidos completamente, masas de músculo, colmillos y garras chocando entre sí con una violencia que hace temblar las paredes. Mordiscos arrancan mechones de pelaje. Zarpazos abren carne. Los gruñidos son tan profundos que vibran en mis huesos.
Nunca los había visto perder el control así.
Nunca.
—¡DETÉNGANSE! —rujo, aunque sé que es inútil.
Intento avanzar hacia ella, pero entonces la veo.
Lía está contra la pared, respirando agitada, con el terror y la rabia mezclándose en su rostro. Sus manos tiemblan, pero no retrocede. No huye.
Doy un paso hacia ella.
Y es entonces cuando todo cambia.
El aire se vuelve pesado. Denso. Como si la habitación entera contuviera la respiración.
Eiran se queda completamente quieto dentro de mí.
Alzo la mirada… y el mundo parece detenerse.
El cuerpo de Lía comienza a elevarse lentamente del suelo, como si hilos invisibles la sostuvieran. Su cabello cae hacia atrás, flotando alrededor de su rostro. Sus ojos… sus malditos ojos se iluminan con un brillo azul claro, casi celeste, tan intenso que parece imposible que provenga de algo humano.
—Caelan… —susurra Eiran, tenso, alerta.
Pero no es solo su voz.
Cuando Lía abre la boca, lo que sale de ella no pertenece a este mundo.
Dos voces hablan al mismo tiempo. Una es la suya. La otra es más profunda, más antigua, como si surgiera desde las entrañas de la tierra.
—"Vel’thara en lunaris… shael ven torai…"
Las palabras retumban en mis oídos entendiendo perfectamente su significado “El poder despierta bajo la luna… la elegida ha regresado al llamado". Cada sílaba vibra en el aire como un golpe invisible.
—¡LÍA! —intento alcanzarla.
Demasiado tarde.
Una ola de poder explota desde su cuerpo.
No es viento. No es energía. Es algo vivo, brutal, arrasador.
Me golpea en el pecho como si un martillo gigante me atravesara las costillas. El aire abandona mis pulmones en un jadeo ahogado mientras mi cuerpo sale despedido hacia atrás. Mi espalda se estrella contra el muro del pasillo con un crujido seco que me arranca un gruñido de dolor.
El mundo gira.
El sabor metálico de la sangre llena mi boca.
Durante un segundo no puedo moverme. Apenas logro levantar la cabeza, aturdido, con el pecho ardiendo como si me hubieran aplastado con una roca.
Y entonces la veo caer.
El cuerpo de Lía pierde toda rigidez y se desploma contra el suelo como una marioneta a la que le cortaron los hilos.
El silencio llega de golpe.
Demasiado repentino.
Parpadeo, tratando de enfocar la vista, y el asombro me atraviesa cuando noto lo que acaba de pasar.
Donde hace segundos había dos lobos despedazándose… ahora están Aldric y Riven.
En forma humana.
Inconscientes.
Sus cuerpos yacen entre los restos del cuarto destruido, cubiertos de sangre, respirando con dificultad, completamente derrotados por algo que ni siquiera intentaban enfrentar.
Eiran murmura dentro de mí, reverente… casi temeroso.
—No es humana…
El eco de esas palabras queda suspendido en mi mente mientras trato de incorporarme, con el corazón golpeando brutalmente contra mis costillas, mirando a la mujer que acaba de derribar a dos alfas como si fueran simples cachorros.
Corro hacia Lía y lo primero que veo me aprieta el pecho.
Está demasiado pálida. No es solo falta de color… es como si la sangre hubiera abandonado su cuerpo. Un hilo oscuro comienza a brotar de su nariz y desciende lentamente hasta rozar sus labios entreabiertos.
—¿Qué mierda pasó…? —escucho detrás de mí.
La voz de Aldric suena rasposa, desorientada, como si todavía estuviera regresando del golpe.
Alzo la mirada un segundo y lo veo incorporándose entre los restos del cuarto… completamente desnudo, cubierto de polvo, sangre seca y astillas incrustadas en la piel.
Riven también empieza a moverse unos metros más allá, igual de expuesto, gruñendo bajo mientras intenta ponerse en pie.
Nada nuevo para nosotros después de una transformación, pero el contraste con el desastre alrededor vuelve la escena todavía más brutal.
Todo está destruido. La pared ya no existe. La onda de poder la atravesó como si fuera papel y ahora el jardín es un campo arrasado. La marca de la explosión se abre desde la habitación hacia afuera, extendiéndose en una línea negra y quebrada, como cuando el fuego corre sin control y devora todo lo que encuentra.
Riven se mueve entre los escombros con un gemido ahogado.
—¿Qué carajo…? —murmura con la voz ronca.
Entonces sus ojos se enfocan en ella.
—¡LÍA!
Se levanta tambaleándose y corre hacia nosotros con una desesperación que nunca le había visto. Se arrodilla a mi lado, respirando agitado, observando la sangre que sigue saliendo de su nariz.
—Ella lo hizo… —susurro, todavía tratando de entender lo que acabo de presenciar.
Las palabras suenan irreales incluso para mí.
—Es imposible… —dice Aldric mientras se acerca, cojeando apenas.
Se detiene junto a uno de los armarios destrozados, arranca la puerta torcida y saca lo primero que encuentra: un pantalón n***o y una camisa oscura. Se los pasa a Riven sin mirarlo siquiera. Luego toma otra muda para él.
—Una insignificante humana no podría…
—¿Qué crees entonces que pasó, imbécil? —lo interrumpe Riven, clavándole una mirada llena de furia mientras se sube el pantalón sin dejar de observar a Lía—. ¿Acaso la bruja no dijo que está marcada por la luna o alguna mierda así? Demonios… ¿por qué sangra?
Aprieto la mandíbula mientras paso mi mano por la frente de Lía. Está fría. Demasiado fría.
A mi lado escucho el sonido de tela deslizándose, botones cerrándose con torpeza. Aldric se coloca la camisa con movimientos bruscos, tensos, sin apartar los ojos de ella ni un solo segundo. Riven termina de vestirse igual de rápido, todavía respirando con dificultad.
Eiran se mueve dentro de mí, inquieto, observándola con una mezcla extraña de reverencia y preocupación.
—Quizá el poder que lleva adentro es más de lo que su cuerpo humano puede soportar… —digo, aunque no estoy seguro de nada.
No espero respuesta. Simplemente la levanto en brazos.
Su peso es ligero. Demasiado. Su cabeza cae contra mi pecho y su respiración es apenas un susurro contra mi cuello. El aroma de ella me golpea con más fuerza ahora, mezclado con sangre y ese rastro de energía que todavía vibra en el aire.
Me levanto y comienzo a caminar hacia la enfermería.
Escucho los pasos de mis hermanos detrás de mí. El roce de la ropa todavía mal acomodada, el sonido de cinturones ajustándose mientras avanzan entre los escombros. Ninguno dice una palabra.
Solo el crujido del suelo quebrándose bajo nuestras botas llena el pasillo.
Puedo sentir sus miradas clavadas en su cuerpo inerte… y también en mí.
El silencio entre nosotros es pesado, cargado de preguntas que ninguno se atreve a formular todavía.
Doblo el corredor principal y empujo la puerta de la enfermería con el hombro. El olor a antisépticos y hierbas médicas llena el aire. Deposito a Lía con cuidado sobre la camilla y limpio con el dorso de mi mano la sangre que sigue deslizándose por su rostro.
—Respira… —murmuro sin darme cuenta de que lo digo en voz alta.
Riven se acerca primero. Sus manos tiemblan apenas mientras aparta un mechón de cabello del rostro de ella.
Aldric permanece unos pasos atrás, rígido, observando la escena como si estuviera tratando de resolver un acertijo que lo enfurece.
—Esto no cambia nada —dice finalmente, aunque su voz suena menos segura de lo que pretende—. Sigue siendo peligrosa.
Eiran gruñe bajo dentro de mí.
Y, por primera vez, no estoy seguro de si el peligro viene de ella… o de lo que nosotros podríamos hacer por ella.