CAPITULO XIV

1405 Palabras
🌜LÍA🌕🌓🌑 Parpadeo varias veces. La habitación es amplia, iluminada por una luz fría que rebota en las superficies metálicas y los estantes llenos de medicamentos. El aire huele a desinfectante y plantas trituradas, una mezcla extraña que me raspa la nariz. Nada aquí se siente familiar. Tardo unos segundos en notar el cambio real. Bajo la mirada. No estoy en una cama elegante. Estoy sobre una camilla. La comprensión llega lenta, arrastrándose entre el mareo que todavía me golpea la cabeza. Giro el rostro y entonces lo veo. Caelan está sentado a mi lado, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza ligeramente caída. Está dormido. Su respiración es profunda, pesada, como si llevara horas sin moverse. No entiendo por qué, pero verlo ahí… me calma. El nudo en mi pecho se afloja un poco. El dolor sigue latiendo bajo mi piel, pero la ansiedad que me estaba ahogando retrocede lo suficiente para dejarme respirar. Me incorporo despacio. El mundo se inclina hacia un lado y tengo que sujetarme del borde de la camilla para no caerme. Mis piernas tiemblan cuando bajo los pies al suelo, pero logro mantenerme en pie. Camino un par de pasos torpes hasta quedar frente a él. Lo observo unos segundos. Tiene ojeras marcadas, el cabello revuelto y una pequeña herida en la ceja que parece haber sido limpiada a medias. Hay algo en su expresión, incluso dormido… tensión, preocupación, cansancio acumulado. Sin pensarlo demasiado, estiro la mano. Mis dedos rozan su mejilla. La piel de Caelan está tibia. El contacto es suave, casi torpe, como si temiera despertarlo bruscamente. Aun así, sus ojos se abren de golpe. El cambio es inmediato. La somnolencia desaparece y su mirada se fija en mí con una intensidad que me deja sin aliento. Sus pupilas se dilatan y algo en su expresión se transforma… alivio, incredulidad, algo más que no entiendo. —Lía… —dice, incorporándose tan rápido que la silla chirría contra el suelo. Trago saliva. —¿Dónde estoy? Mi voz suena seca, áspera, como si hubiera estado gritando durante horas. Miro alrededor otra vez, intentando ubicarme. —¿Sigo en esa… mansión? La palabra sale cargada de desconfianza. —¿A dónde fueron esos lobos horribles? El recuerdo me golpea sin aviso. Mi respiración se acelera y siento un escalofrío recorrerme la espalda. Puedo verlos otra vez. Dos criaturas gigantescas, demasiado grandes para ser reales, despedazándose la una a la otra en medio del cuarto. El sonido de sus gruñidos todavía vibra en mis oídos. El olor a sangre. El caos. Aprieto los dedos contra mi sien. —Yo… —sacudo la cabeza, confundida— juraría que Riven y ese otro sujeto… —lo miro buscando confirmación— que ellos… se transformaron en eso. El silencio que sigue pesa demasiado. Caelan me observa con atención, como si evaluara cada palabra que sale de mi boca. Su mandíbula se tensa apenas, y puedo notar cómo sus hombros se ponen rígidos antes de que respire hondo. —Estás en la enfermería —dice finalmente, con una voz más suave de lo que esperaba—. Dentro de la mansión, sí… pero estás a salvo aquí. No sé por qué esa última frase hace que mi pecho se apriete. —¿Mi abuela? La pregunta sale tan rápido que casi tropieza entre mis labios. Mis manos se cierran solas, nerviosas. —¿Dónde está ella? ¿Está bien? Doy un paso más cerca de él, ignorando el mareo que vuelve a intentar tumbarme. Caelan reacciona al instante, sujetándome por los brazos para que no pierda el equilibrio. El contacto envía un cosquilleo extraño por mi piel, cálido, inquietante, pero esta vez no me aparto. Lo miro directo a los ojos, esperando una respuesta que, por alguna razón, siento que puede cambiarlo todo. —Envié hombres —dice Caelan, todavía sujetándome con firmeza para que no pierda el equilibrio—. Ya están asegurándose de que tu abuela esté bien. Lo miro, intentando descifrar si me está diciendo toda la verdad. —Ella estará bien, Lia—añade, más bajo—. No dejaré que le pase nada. No dejaré. La forma en que lo dice debería calmarme… pero hay algo en su expresión que no encaja con esa seguridad. Sus ojos. Hay algo ahí. No es duda exactamente. Tampoco es culpa. Es… preocupación. No. Es más profundo que eso. Temor. Apenas perceptible. Escondido. Pero está ahí. —¿Qué pasó? —pregunto, retrocediendo un paso para poder verlo mejor. Y entonces lo noto. La herida en su frente no es tan superficial como parecía hace un rato. Una franja roja y profunda cruza su piel por encima de la ceja, contrastando con el tono bronceado. No lo había detallado antes. O quizá mi cerebro estaba demasiado ocupado intentando entender dónde estaba. Bajo la mirada. No tiene camisa. Su torso está parcialmente cubierto por vendas que cruzan su pecho y su costado. Algunas manchas rojizas ya secas se filtran a través de la tela. Mi garganta se cierra. —Estás herido. No es una pregunta. Caelan sigue mi mirada y, por un segundo, parece incómodo. —No es nada grave.Pero si hay algo importante de lo que tenemos que hablar. Miente. Lo sé por la tensión en su mandíbula. Por la forma en que sus dedos se tensan apenas sobre mis brazos antes de soltarlos despacio. Retrocedo otro paso, desconcertada. —¿Cómo que no es nada grave? —mi voz suena más frágil de lo que me gustaría—. Había… lobos. Enormes. Estaban peleando. La imagen vuelve a mi mente sin permiso. Colmillos. Sangre. Zarpazos que hacían temblar el suelo. Levanto la vista hacia él, buscando negación. —Dime que no estoy loca —susurro. El silencio se extiende entre nosotros. Caelan me sostiene la mirada unos segundos demasiado largos. —No estás loca. Eso no responde nada. Mi pecho vuelve a arder, pero esta vez no es por el sueño. —¿Qué necesitan hablar conmigo? —pregunto, cruzándome los brazos sin darme cuenta, como si pudiera protegerme de algo que todavía no entiendo—. Dijiste que era importante. Él exhala lento. Se pasa una mano por el cabello, gesto que demuestra una impaciencia que no había antes. —Hay cosas que no sabes —dice finalmente. Mi estómago se hunde. —Eso ya lo noté. Intento que suene sarcástico. No lo logro. Lo observo mejor ahora. A pesar de las heridas, de los vendajes, de la sangre seca… está aquí. Vino por mi. No me dejó. Esa realización me descoloca más de lo que debería. —¿Por qué estabas ahí?¿Que haces aquí? —pregunto, bajando la voz—. ¿Por qué te estaban atacando?¿Por que depronto resulta que conozco a los tres? acaso también son tus hermanos? Dios... siento que la cabeza me va a estallar. Porque eso es lo que era. Un ataque. Dos lobos enormes destrozándose. Y él en medio. Mi mente vuelve a esa última imagen antes de desmayarme. Riven... también se convirtió en uno de esos monstruos. Sus cuerpos tensándose. Sus miradas cambiando. El aire volviéndose denso. —Yo vi… —dudo, sintiéndome ridícula— vi cómo ellos… No puedo terminar la frase. ¿Se transformaron? Suena imposible. Infantil. Sacado de una pesadilla. Pero lo vi. Lo juro que lo vi. Caelan da un paso hacia mí. No invade mi espacio, pero lo suficiente como para que sienta su calor, incluso a través de las vendas. —Lía —dice mi nombre como si fuera algo frágil—. Lo que viste… fue real. Mi corazón se detiene un segundo. El mundo parece inclinarse otra vez, pero esta vez no es por el mareo. —¿Real? —repito. Mi mente intenta encajar piezas que no tienen forma. Lobos gigantes. La mansión. La pelea. Las heridas. El temor en sus ojos. Mi abuela reaccionando como si conociera todo esto desde siempre. Mi pecho vuelve a latir con fuerza bajo mi esternón, justo donde el sueño todavía arde. Y entonces todas aquellas historias de mi abuela, sacadas de un thriller de terror comiezan a tener sentido por primera vez. —Explícame —susurro, sin estar segura de si quiero escuchar la respuesta. Porque, por primera vez desde que desperté… Siento que lo que está a punto de decirme va a cambiar mi vida para siempre.
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