CAPÍTULO XV

1213 Palabras
🌜 LÍA 🌕🌓🌑 Estoy loca. Definitivamente perdí la cordura. Igual que mi abuela. Porque no existe otra explicación lógica para esto. Tres hombres absurdamente atractivos —y encima hermanos— asegurando que son lobos gigantes enviados por designios antiguos, reteniéndome en una mansión que parece sacada de una fantasía gótica, trayéndome ropa extraña para que vaya a ver a una supuesta bruja que, según ellos, “lo explicará todo”. Sí. Suena exactamente como esa clase de historia exagerada y delirante que jamás leería… y mucho menos protagonizaría. Me observo en el espejo empotrado en la pared, todavía intentando convencerme de que todo esto es un sueño febril. Uno de esos demasiado vívidos, demasiado coherentes para ser normales. Pero el reflejo me devuelve algo muy real. Ya no llevo el vestido viejo que olía a polvo y abandono. Ahora visto algo completamente distinto. El top es corto, ajustado al torso, dejando mi abdomen al descubierto. La tela es fina pero firme, suave como seda, y se adapta a mi cuerpo como si hubiera sido hecho a medida. Tiene bordados sutiles en hilo plateado que forman patrones curvos, casi tribales, que se entrelazan sobre el tejido oscuro. La parte inferior es aún más extraña. Una especie de prenda ancestral, similar a un taparrabos estilizado, con una franja amplia que cae por delante y otra por detrás, ambas decoradas con los mismos bordados plateados. La cintura está sostenida por una banda gruesa que descansa baja sobre mis caderas, firme pero cómoda. No es vulgar. Es… salvaje. Antiguo. Poderoso. No soy una puritana, ni de cerca. He bailado con menos que esto frente a cientos de personas sin que me temblara el pulso. Mi cuerpo nunca ha sido algo que me avergüence. Pero esta tela… Es diferente. La siento viva contra mi piel. Tibia. Familiar. Como si me reconociera. Suelto mi cabello y lo dejo caer libre por mi espalda. Las ondas enmarcan mi rostro y, por un segundo, me quedo observando mi reflejo con una mezcla incómoda de sorpresa y orgullo. Me veo bien. Demasiado bien para alguien que supuestamente está secuestrada por tres hombres que creen en dioses lunares y profecías imposibles. Exhalo. Quiero salir de esto. De este delirio. De esta casa. De esta historia absurda en la que terminé metida sin pedirlo. En ese momento, la puerta se abre. Brinco en mi lugar. No por el sonido… sino por lo que veo a través del espejo. Él. El grandote. El que casi no habló durante toda esa explicación imposible sobre lobos, marcas y criaturas antiguas. Aldric. Está de pie en el umbral, ocupando el espacio como si el marco hubiera sido construido alrededor de su cuerpo. No hace ruido al entrar. No necesita hacerlo. Su sola presencia cambia la temperatura de la habitación. Mi pulso se acelera, aunque no sé si es rabia o algo más incómodo. Lobos. Dioses. Criaturas abominables. Todo eso sigue sonando como una completa locura. Si no hubiera visto lo que vi… si no hubiera presenciado a dos bestias gigantes despedazándose entre sí… ya habría asumido que los tres hermanos están completamente trastornados. Pero lo vi. Y eso es lo que más me molesta. Aprieto los dientes y me giro para enfrentarlo. —¿Qué demonios haces aquí? —pregunto, sin disimular el fastidio en mi voz. Mi barbilla se eleva apenas. No voy a permitir que me intimide. Aunque, muy en el fondo… mi corazón esté golpeando más fuerte de lo normal. Aldric no responde de inmediato. Su mirada baja. Lenta. Deliberada. Recorre el top ajustado, el borde descubierto de mi vientre, la caída de la tela bordada sobre mis caderas. No es una mirada vulgar… es peor. Es consciente. Y eso me irrita. Una comisura de su boca se eleva apenas. —Vaya —dice con una ironía suave, peligrosa—. No sabía que Riven tenía tan… buen gusto. El calor me sube al rostro. —¿Perdón? Da un paso dentro de la habitación, cerrando la puerta detrás de sí sin apartar los ojos de mí. —¿No te explicaron lo que llevas puesto? Su tono cambia apenas. Ya no es solo burla. Hay algo más oscuro debajo. Cruzo los brazos. —Es ropa. ¿O en este manicomio también le rezan a los armarios? Aldric suelta una exhalación breve por la nariz. —No es “ropa”. Se acerca otro paso. —Es el atuendo que se usa para un ritual de apareamiento. El silencio me golpea. Mi mente tarda un segundo en procesarlo. Ritual. Apareamiento. Mi estómago se hunde. La imagen de Riven entregándome la prenda, esa sonrisita ladeada que decidí ignorar, vuelve como una bofetada tardía. Hijo de… La sangre me arde en las mejillas. —¿Estás diciendo que…? —me quedo sin palabras, la humillación mezclándose con furia. Aldric inclina apenas la cabeza, observando mi reacción como si fuera un experimento interesante. —Estoy diciendo que no eligieron eso al azar. Algo en su voz suena… tenso. Como si tampoco le gustara. La vergüenza se transforma en indignación. —¿Así que esto es un juego para ustedes? —escupo—. ¿Vestirme como si fuera parte de su… zoológico privado? Intento pasar a su lado. Estoy harta. Harta de sus secretos. De sus miradas. De sus explicaciones a medias. De sentir que hacen lo que quieren conmigo. Pero no llego a la puerta. Su mano se cierra alrededor de mi brazo. Firme. Caliente. Me gira antes de que pueda reaccionar y, en un movimiento brusco, me pega contra su pecho. El impacto me roba el aire. Es sólido. Duro. Su cuerpo es una pared tibia y viva contra el mío. —Suéltame. Mi voz no suena tan firme como quisiera. Aldric no me suelta. Al contrario. Sus dedos suben por mi brazo hasta mi nuca, enredándose en mi cabello sin delicadeza. Me obliga a alzar el rostro. Su respiración roza mi piel. —Mírame, Fiera —murmura. La palabra cae entre nosotros como una chispa. Fiera. No sé por qué, pero en su boca suena a provocación y reconocimiento al mismo tiempo. Su frente casi roza la mía. Sus labios están demasiado cerca. Demasiado. Su mandíbula está tensa. Como si estuviera peleando consigo mismo. —Maldita insignificante humana… —dice entre dientes, y no suena a insulto vacío. Suena a frustración. A rabia contenida. A algo que le pesa. Su agarre se vuelve más firme un segundo, como si quisiera besarme. O morderme. No lo sé. Y eso me enfurece. Empujo su pecho con ambas manos. Con fuerza. —¡Ya estoy harta! —le grito—. Harta de ustedes, de sus malditos lobos, de sus rituales enfermos y de que crean que pueden tocarme cuando se les da la gana. Mi voz tiembla, pero no retrocedo. —Lárgate… o te vas a arrepentir. Nos quedamos frente a frente un segundo más. Su mirada arde. La mía también. Pero esta vez soy yo quien se aparta. Abro la puerta con brusquedad y salgo al pasillo sin mirar atrás. Sé que me sigue. Puedo sentir su presencia detrás de mí como una sombra densa. Pero no me importa. Si creen que pueden manejarme como una pieza más de su juego… Están muy equivocados.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR