CAPÍTULO XVI

1290 Palabras
🌜 LÍA 🌕🌓🌑 No sé exactamente cuándo tomo la decisión. Tal vez cuando escucho la música. Grave. Rítmica. Tribal. Viene desde el exterior de la mansión, desde el jardín trasero. No es música elegante ni refinada. Es cruda. Percusión profunda que vibra en el suelo y se mete bajo la piel. Perfecto. Camino hacia el sonido sin pensarlo demasiado. El aire nocturno es fresco y la luna está alta, redonda, dominante sobre el claro donde se reúnen. Hay fuego. Antorchas clavadas en la tierra formando un círculo amplio. Hombres —muchos hombres— alrededor, riendo, bebiendo, chocando hombros. No están vestidos con la rigidez aristocrática que vi dentro de la casa. Aquí se ven más… libres. Más salvajes. Nadie me ve al principio. Hasta que lo hacen. Las conversaciones empiezan a apagarse una por una. No necesito conocer sus reglas para entender lo que ocurre. Soy la única mujer en medio de ese círculo. Y llevo este maldito traje. Siento sus miradas recorrerme. No con burla. No con desprecio. Con hambre. Mi pulso se acelera, pero no retrocedo. Al centro hay una especie de plataforma improvisada, un bloque elevado de piedra y madera adornado con telas oscuras y símbolos tallados que no comprendo. Subo. Porque puedo. Porque quiero. Porque estoy harta. La música no se detiene. Y dejo que mi cuerpo se mueva con el ritmo. No es un baile dulce. No es delicado. Es firme. Lento. Controlado. Mis caderas siguen la percusión. El top se ajusta con cada movimiento. La tela bordada roza mis muslos mientras giro sobre la plataforma. No estoy bailando para agradar. Estoy desafiando. Sé que están ahí incluso antes de verlos. Los tres. No necesito buscarlos mucho. Aldric está unos metros atrás del círculo, inmóvil como una estatua a punto de romperse. Sus ojos no parpadean. Riven tiene esa media sonrisa peligrosa, pero su mandíbula está demasiado tensa para que sea diversión real. Y Caelan… Caelan no sonríe. Me mira como si estuviera calculando cuánto daño puede desatar esto. Porque sí. Es obvio. Los tres me quieren. O me desean. O lo que sea que esta locura signifique para ellos. Lo he visto en cómo me sostienen la mirada más tiempo del necesario. En cómo se interponen entre otros hombres y yo. En cómo reaccionan cuando me acerco demasiado. No soy ingenua. Y esta noche, voy a usarlo. Levanto los brazos y dejo que mi cabello caiga por mi espalda mientras marco el ritmo con más intención. Los hombres alrededor empiezan a animarse. Algunos aplauden. Otros gruñen bajo, como si algo dentro de ellos estuviera despertando. El aire cambia. Se espesa. Y entonces lo miro directamente a él. Riven. —¿No era esto lo que querías, hijo de puta? —le grito por encima de la música. Varias cabezas se giran hacia él. Sonrío con burla. —¡Querías que fuera el centro y no pasara desapercibida poniéndome este maldito traje! La sonrisa de Riven desaparece. Aldric da un paso adelante. Caelan también. El círculo de hombres empieza a cerrarse apenas, como si la energía estuviera volviéndose demasiado intensa para mantenerse quietos. Siento algo raro en el ambiente. No es solo deseo. Es instinto. Algunos respiran más fuerte. Otros inclinan la cabeza como si intentaran captar un olor en el aire. Y por primera vez desde que subí… Me doy cuenta de que esto puede salirse de control. Pero no bajo. No todavía. Porque si ellos creen que pueden vestirme para un ritual como si fuera una pieza decorativa… Entonces que enfrenten lo que provocaron. Y cuando vuelvo a mirar a los tres hermanos… Ya no parecen hombres atrapados por una distracción. Parecen depredadores conteniéndose a la fuerza. El aire cambia. Lo siento antes de verlo. Los hombres alrededor empiezan a moverse. No hacia atrás. Hacia mí. Como si algo invisible los estuviera empujando. Sus respiraciones se vuelven más pesadas. Sus pupilas se dilatan. Sus cuerpos se inclinan apenas hacia adelante, tensos, listos. Y entonces… La música me alcanza. No la escucho. La siento. Late en el suelo, sube por mis pies descalzos, recorre mis piernas, mi vientre, mi pecho. El mundo deja de ser ruido y se convierte en ritmo. Ya no estoy bailando para provocar. Ya no estoy pensando en ellos. Levanto la mirada. La luna está justo encima de mí. Blanca. Absoluta. Y algo dentro de mi pecho responde. La furia se disuelve. El rencor desaparece. En su lugar hay una paz extraña. Antigua. Como si recordara algo que nunca viví. Mis movimientos cambian. Se vuelven más lentos. Más precisos. No improvisados. Cada giro tiene propósito. Cada elevación de mis brazos sigue un patrón que mi mente no reconoce pero mi cuerpo sí. Mis pies se deslizan sobre la piedra con una cadencia ceremonial, dibujando formas invisibles en el suelo. No estoy inventando esta danza. La estoy recordando. El aire se vuelve más frío. Siento la luz de la luna posarse sobre mi piel como una caricia tibia. Mi abdomen, mis hombros, mi cabello… todo parece absorberla. Ya no escucho a los lobos. Solo el latido. Y entonces las palabras salen de mí sin que las piense. —Velkaris nox sanguen… Mi voz no suena como la mía. Es más profunda. Más clara. El círculo entero se queda inmóvil. —Aethera ven mor’kai… La tierra parece vibrar bajo mis pies. Y finalmente, miro directamente a la luna y susurro, con la misma lengua que apareció en mis sueños: —Kaelis… thren vael? ¿Quién soy? El silencio cae como un golpe. Los hombres que hace segundos parecían listos para abalanzarse… Retroceden. Uno tras otro. Bajan la mirada. Algunos inclinan la cabeza. Otros literalmente caen sobre una rodilla. El deseo se transforma en algo distinto. Reverencia. Temor. Confusión. Mi respiración vuelve a mí de golpe. El trance se rompe. Parpadeo. La música se ha detenido. —¿Qué demonios es esto? —pregunto, mirando a los tres hermanos. Mi voz vuelve a ser mía. La luna se oculta detrás de una nube espesa. Pero mi piel… Sigue brillando. No es un resplandor intenso. Es sutil. Plateado. Como si algo bajo mi piel estuviera iluminándose desde adentro. Miro mis manos. La luz no desaparece. El murmullo comienza entre los hombres arrodillados. Levanto la vista hacia ellos. Y luego hacia los tres únicos que siguen de pie. Caelan. Su expresión no es miedo. Es reconocimiento. Su pecho sube y baja lentamente, como si acabara de confirmar una sospecha que temía tener. Sus ojos recorren el brillo de mi piel con algo cercano a la devoción… pero también con preocupación. Está calculando. Pensando. Midiendo el peligro. Riven, en cambio, parece… fascinado. Una sonrisa lenta, casi incrédula, se curva en su boca. No es burla. Es asombro puro. Sus ojos brillan con una intensidad peligrosa, como si acabara de descubrir un secreto que llevaba años buscando. —Interesante… —murmura apenas, más para sí que para nadie. Aldric no sonríe. No se maravilla. Su mandíbula está tan tensa que parece esculpida en piedra. Sus manos están cerradas en puños a los costados. No aparta la vista de mí. No es adoración lo que hay en sus ojos. Es conflicto. Es rabia. Es algo que parece dolerle. Como si esto confirmara algo que él no quería que fuera cierto. Da un paso adelante. Los demás lobos bajan aún más la cabeza. —Baja de ahí —dice, pero su voz ya no es una orden simple. Es una advertencia. El brillo bajo mi piel palpita una vez más. —¿Qué me está pasando? —pregunto, esta vez sin ironía. El aire vuelve a moverse. La nube cubre por completo la luna. Y aun así… Sigo brillando. Y los lobos… No vuelven a mirarme a los ojos.
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