CAPITULO XIX

1371 Palabras
🌜LIA🌕🌓🌑 No entiendo lo que está pasando. No entiendo nada. Es como si mi cuerpo ya no me perteneciera. Como si alguien hubiera metido emociones ajenas debajo de mi piel y las estuviera encendiendo una por una. Rabia. Dolor. Miedo. Pero no todos son míos. Algunos vienen de afuera. O eso siento. El ardor en mi cuello es insoportable. Late como si tuviera una brasa incrustada bajo la carne. —Usted es una simple bruja… —jadeo, mirando a la anciana con los ojos húmedos por el dolor—. una anciana loca, que no sabe lo que dice. Mi voz sale rota. Ella no parece ofendida. —Soy la Oráculo Lunar —responde con calma irritante—. No una simple bruja. Mi única razón para existir es manifestar los designios de la Luna. La luna. Algo en mí se enciende al escuchar esa palabra. Una ira repentina, desproporcionada, me atraviesa el pecho. —¿La luna? —grito—. ¡Todos ustedes están locos! Retrocedo un paso. Luego otro. Siento sus miradas clavadas en mí. Los tres. No necesito mirarlos para saber que están tensos. Que están… alterados. Lo siento. Y eso es lo peor. Siento la desesperación de ellos como si fuera mía. Eso no es normal. —Los quiero lejos de mí —digo, levantando la voz aunque me tiemble—. Manténganse lo más lejos posible. Me doy la vuelta antes de que puedan responder. Salgo. El aire frío del bosque golpea mi rostro, pero no alivia el ardor de mi cuello. Corro. No sé hacia dónde. Solo lejos. Toco con mis dedos la piel marcada. Las líneas están calientes. Elevadas. Reales. Demasiado reales. Y entonces lo siento. Un tirón. No físico. Interno. Algo me impulsa a regresar. A volver sobre mis pasos. A no alejarme demasiado. Como si hubiera una cuerda invisible atada a mi pecho. Me detengo un segundo. Respiración agitada. No. No voy a permitir que algo me controle. Aprieto los dientes y sigo corriendo, obligándome a ignorar esa conexión absurda que late bajo mi esternón. Solo necesito ver a mi abuela. Ella sabrá qué decir. Ella me mirará a los ojos y me dirá que esto es estrés. Que estoy imaginando cosas. Que no hay marcas mágicas ni lunas decidiendo mi vida. Que no hay hombres salvajes conectados a mis nervios. Solo ella puede decirme que no me he vuelto loca. —¡Lía! —escucho a lo lejos. Una voz. Luego otra. Luego las tres. Hay desesperación en ellas. Y lo peor… Es que la siento. Siento su urgencia. Su inquietud. Su rabia contenida. Como si vibrara dentro de mí. Eso me asusta más que cualquier marca. Aprovecho la espesura del bosque. Me deslizo entre los árboles, me meto entre la maleza, giro en direcciones que ni yo entiendo. Si hay algo que sé hacer… es desaparecer. Los quiero lejos. A todos. Solo quiero mi maldita vida de regreso. Mi vida simple. Mi mundo sin profecías. Sin lunas. Sin vínculos que no pedí. Corro hasta que el ardor en el cuello se mezcla con el dolor en mis pulmones. Pero incluso mientras me alejo… La sensación no desaparece. Sigue ahí. Latente. Como si no importara cuánto corra… Ya no hubiera forma de desatar lo que sea que me han hecho. Corro hasta que mis piernas arden. El bosque se vuelve más espeso y, casi sin darme cuenta, termino frente a una vieja choza de madera inclinada hacia un costado, como si el tiempo hubiera intentado derribarla y no lo hubiera logrado. La puerta cuelga de una bisagra. El techo está cubierto de musgo. No debería conocer este lugar. Y sin embargo… Me resulta familiar. Como si hubiera estado aquí antes. Como si algo en mí lo reconociera. Entro. El aire huele a madera vieja y tierra húmeda. Mis emociones siguen desbordándose, mezclándose con otras que no sé identificar. Rabia que no es solo mía. Ansiedad que no nace en mi pecho. Me apoyo en una pared. Respiro. No funciona. El ardor en mi cuello late con violencia. Entonces lo escucho. Pasos. Firmes. Pesados. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Sé quién es. Aldric. Justo a quien menos quería ver. Aparece en la entrada como si la oscuridad lo hubiera escupido. Grande. Tenso. Con los ojos ardiendo. —Lárgate —le digo, girándome hacia él—. O al menos sé de utilidad y dime por dónde salgo de este maldito lugar. Gruñe. No es un sonido humano. —No creas que me place toda la mierda que está pasando. Avanza un paso. —Una simple impura creyéndose con derecho de llevar mi marca. Algo en mi interior explota. Camino hacia él sin pensar. —¡Yo no la pedí! —escupo, señalando mi cuello—. ¡Tampoco la quiero! ¡No quiero nada de ti! Estamos demasiado cerca. Puedo sentir el calor que irradia su cuerpo. Su respiración se vuelve más pesada. —Como sea —responde, la mandíbula apretada—. La llevas. Levanto el mentón. —Pues bórrala. Al fin y al cabo es tuya. Lo desafío con la mirada. Quiero que retroceda. Quiero que desaparezca. Pero no lo hace. Sus ojos bajan a mi cuello. Y la marca arde. Un latido atraviesa mi pecho. No solo mío. De ambos. Su expresión cambia apenas. No es suavidad. Es algo más peligroso. Algo que está luchando por salir. —No funciona así —dice con voz más grave. —Pues haz que funcione —lo provoco—. O admítelo… no puedes. Eso lo golpea. Lo veo en la tensión de sus hombros. En cómo su pecho se eleva con una respiración profunda. Da un paso más... luego otro Mi espalda choca contra la pared. No me toca. Todavía no. Pero el aire entre nosotros es denso. El espacio casi inexistente. —No juegues conmigo —advierte. —No estoy jugando. Mi voz tiembla, pero no retrocedo. Una conexión en mi interior se activa como una corriente eléctrica. El calor se desliza desde la marca hacia mi garganta, hacia mi pecho, hacia cada rincón que intento mantener bajo control. Quiero odiarlo. Debería odiarlo. Pero mi cuerpo traiciona esa intención. Su mano se eleva. Roza apenas mi cuello. La marca estalla en fuego. Un jadeo se escapa de mis labios antes de que pueda detenerlo. Sus dedos se tensan. Él también lo siente. Lo veo en sus ojos. No es triunfo. Es impacto. Como si lo hubiera golpeado la misma descarga. —Maldita sea… —murmura. Intento apartarlo. Pero cuando lo empujo, el contacto solo intensifica todo. La energía se concentra. El mundo se reduce. No hay bosque. No hay guerra. No hay hermanos. Solo ese latido compartido que nos arrastra hacia algo que ninguno quiere admitir. —Aléjate… —susurro. Pero ya no suena como una orden. Él me mira como si estuviera perdiendo una batalla interna. Y tal vez lo está. Porque el siguiente movimiento no es brusco. Es decidido. Su boca captura la mía con una intensidad que no es dulce ni paciente. Es hambre contenida. Es rabia convertida en algo más. Intento resistirme. De verdad lo intento. Pero la conexión se enrosca más fuerte, como si celebrara el contacto. Mis manos terminan aferrándose a su camisa sin que lo decida. Su respiración se mezcla con la mía. Mi piel responde a la suya como si siempre hubiera sabido cómo hacerlo. Su boca no pide permiso: desafía, invade, exige. El beso se vuelve profundo, feroz, y cuando su lengua reclama espacio, siento cómo el deseo se expande dentro de mí, creciendo con cada segundo que intento resistirlo. No hay delicadeza en sus caricias. Son ásperas. Impacientes. Cargadas de una rabia que vibra bajo su piel… y que reconozco como mía. Porque no soy inocente en esto. La misma electricidad me recorre. La misma urgencia. La misma necesidad brutal de sentir más. ¿Por qué no puedo detenerlo? ¿Por qué mi cuerpo responde antes que mi razón? Cada vez que intento apartarlo, la marca arde con más fuerza, como si se burlara de mi resistencia. Como si supiera que esta colisión era inevitable. Esto es más fuerte que mi orgullo. Más fuerte que mi enojo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR