CAPITULO XVIII

1504 Palabras
🐺CAELAN🌓 No puedo creer que la haya lastimado. Cortarla como si nada. El sonido fue casi inexistente. Un roce breve de metal. Pero el olor a sangre se expandió por la habitación como una advertencia. Lía se queja apenas, más por sorpresa que por dolor. Aun así, algo dentro de mí se tensa con una violencia inesperada. No es solo protección. No es solo deber. Es… algo más primitivo. Me muevo antes de pensar. Arranco un pedazo de mi camisa y envuelvo su mano con firmeza. —No vuelvas a lastimarla. Mi voz sale baja. Controlada. Aldric está a mi derecha, rígido como si estuviera conteniendo una transformación. Riven respira pesado, sus dedos flexionándose, listo para atacar. La bruja, en cambio, se limita a recoger con absoluta calma la sangre que quedó en la hoja del cuchillo y la deja caer dentro de un pequeño frasco de vidrio oscuro. Una gota. Luego otra. El aire se vuelve más denso. La anciana cierra los ojos un instante, como si escuchara algo que nosotros no podemos oír. Cuando vuelve a hablar, su voz ya no suena burlona ni críptica. Suena antigua. Sus palabras no son claras. No ofrece respuestas directas. Habla de fuerzas que se oponen desde hace generaciones. De territorios que se creen enemigos por naturaleza. De una ruptura que jamás debió ocurrir. Lo que dice ahora es más duro que lo que nos dijo la última vez. Más inevitable. Habla de equilibrio forzado. De sangre reclamada. De orgullo que arderá antes de inclinarse. Y aunque no menciona nombres, entiendo lo suficiente. Se avecina una guerra. No como posibilidad. Como consecuencia. Un silencio pesado cae sobre la habitación cuando termina. Lía aprieta los dientes. —¿Qué significa eso? —exige. Yo no respondo. Porque en ese momento lo siento. Una vibración. Miro el frasco. Al principio es casi imperceptible. Luego vuelve a ocurrir. Un pulso. El vidrio tiembla apenas sobre la mesa. Frunzo el ceño. Eso no es normal. La sangre dentro no se oscurece ni coagula como debería. Se mueve. No como líquido agitado… sino como si respirara. El frasco late. Y el latido no se queda ahí. Lo siento en mi pecho. Un golpe seco bajo las costillas. Levanto la mirada al mismo tiempo que Aldric. Él también lo sintió. Riven maldice en voz baja. El frasco vuelve a vibrar. Esta vez con más fuerza. Uno. Dos. Tres. Cuatro pulsos. Sincronizados. Mi respiración se vuelve lenta. No entiendo qué estoy viendo. No entiendo por qué mi cuerpo responde. La bruja abre los ojos de golpe. Y por primera vez desde que entramos… parece desconcertada. —No… —murmura. Aldric da un paso adelante. El frasco responde. Riven se mueve. Vuelve a latir. Yo no me he movido. Y aun así el pulso continúa. La anciana nos observa uno por uno. Luego mira a Lía. Y su expresión cambia. —Esto no es energía latente —dice con voz más grave—. No es potencial. Traga saliva. —Es vínculo. El aire se vuelve irrespirable. —Eso es imposible —dice Riven. —No hubo ritual —gruñe Aldric. Yo miro el frasco. Miro la sangre que vibra con cada uno de nosotros cerca. Y lo entiendo antes de querer hacerlo. No es algo que vaya a suceder. Ya sucedió. —Es un lazo sellado —susurra la bruja. Lía retrocede un paso. —¿Sellado con quién? La anciana no responde de inmediato. Nos mira a los tres. Y aunque no lo dice directamente… no necesita hacerlo. El frasco late otra vez. Y esta vez el golpe en mi pecho es tan fuerte que casi me obliga a inhalar. No sé qué es ella. No sé qué significa realmente todo esto. Pero sí sé una cosa. Si lo que vibra en ese frasco está unido a nosotros… Entonces ya no se trata solo de protegerla. Se trata de que no podemos permitir que nadie más descubra esto. Porque si lo hacen… La guerra que la bruja acaba de insinuar dejará de ser una advertencia. Y se convertirá en cacería. El frasco sigue vibrando sobre la mesa, pero mi mente ya no está ahí. Está en lo que dijo antes. En la forma en que habló de la oscuridad. La luna tiene dos rostros. Siempre lo hemos sabido. Luz y sombra. Instinto y noche. Nosotros elegimos caminar bajo la parte iluminada. Mantener el equilibrio. Proteger territorio. Proteger humanos. No somos bestias sin control. Nunca lo fuimos. Pero hay quienes sí abrazaron la tiniebla. Vampiros. Chupa sangres. Criaturas que alguna vez coexistieron en una tregua frágil y distante. Se alimentaban de animales, como nosotros. Se mantenían lejos de los poblados humanos. Hasta que dejaron de hacerlo. La guerra no comenzó por territorio. Comenzó por hambre. El día que decidieron que la sangre humana era más poderosa. Más satisfactoria. Más… conveniente. Recuerdo el olor de aquellas primeras aldeas arrasadas. Recuerdo los cuerpos. Recuerdo cómo la tregua se rompió sin posibilidad de reparación. Y luego vino lo otro. La verdadera herida. Mi madre. El día que decidió traicionarnos. No solo a la manada. A nosotros. Huyó con uno de ellos. Con una de esas abominaciones que se alimentan de la oscuridad. Aún puedo ver la espalda de mi padre cuando se enteró. Rígida. Silenciosa. Como si el orgullo hubiera sido lo único que le impidió desmoronarse. La guerra se volvió personal desde entonces. No fue solo sangre contra sangre. Fue vergüenza. Fue traición. Y ahora la bruja habla de equilibrio. De unión. De fractura que debe cerrarse. Mi mandíbula se tensa. No puede significar eso. No puede implicar que lo que vibra dentro de ese frasco esté ligado también a ellos. A la oscuridad. Miro a Lía. Confundida. Molesta. Inconsciente del peso que acaba de caer sobre sus hombros. El frasco late otra vez. Lo siento en el pecho. Un golpe seco que me obliga a inhalar con más fuerza. —¡Mierda! —grita Lía de pronto. El sonido corta el aire como una cuchilla. Se lleva la mano al cuello con desesperación, como si algo la estuviera quemando desde dentro. —¿Qué sucede? —pregunto, ya moviéndome hacia ella. Ninguno de nosotros entiende qué está pasando. Pero lo sentimos. Aldric da un paso brusco. Riven maldice en voz baja. La desesperación de Lía es un reflejo inmediato en nuestros cuerpos. —Duele… —jadea—. Duele demasiado… Tomo su muñeca con cuidado. Su mano sigue aferrada a su cuello. —Déjame ver —le digo, intentando mantener la voz firme. Suave. Está temblando. Retiro sus dedos con cuidado. Y lo veo. Al principio parece una sombra bajo la piel. Luego se define. Líneas oscuras que emergen desde el interior, como si algo estuviera tatuándose desde adentro hacia afuera. No es una herida. No es sangre. Es marca. Mi marca. La reconozco al instante. El símbolo que llevo en mi propia piel desde que alcancé la madurez alfa. Aquella destinada a mi pareja. A la mujer que la luna designara. Pero no está sola. La de Riven se forma junto a la mía. Más angulosa. Más agresiva. Y luego… La de Aldric. Fuerte. Dominante. Las tres no están separadas. Se entrelazan. Se funden. Como si siempre hubieran sido una sola. Mi respiración se detiene. —No… —murmuro. Aldric lo ve. Y pierde el control. —¿Qué clase de brujería es esta? —ruge, abalanzándose hacia la anciana—. ¡¿Qué porquería hiciste?! La bruja no retrocede. —Yo no hice nada. —¡No la he tocado! —escupe Aldric—. ¡Jamás pondría mi marca en ella sin su consentimiento! Riven está pálido. Yo no puedo apartar la mirada del cuello de Lía. La marca termina de sellarse con un último pulso bajo su piel. La bruja habla con una serenidad insoportable. —La Luna ya decidió. No hay nada que puedan hacer. Lía sigue jadeando. El dolor no es superficial. Lo veo en cómo sus piernas tiemblan. Y entonces lo siento. No solo el latido. El lazo. Se cierra. Como un grillete alrededor del pecho. No duele físicamente. Pero pesa. Es irrompible. Y lo peor… Es que no es solo mío. Siento su dolor. No como espectador. Lo siento dentro. La quemazón en su cuello me arde en la piel. La opresión en su garganta me corta el aire. Cada jadeo suyo golpea en mi propio sistema como si estuviéramos conectados por nervios invisibles. Maldición. Aldric suelta un gruñido bajo. —Maldita sea. No necesito mirarlo para saberlo. Lo está sintiendo también. Riven aprieta los dientes, respirando como si intentara contener una tormenta. No es sugestión. No es imaginación. Es vínculo. Sellado. Irrevocable. Y mientras Lía intenta sostenerse en pie… Entiendo algo que me hiela la sangre. No solo estamos atados a ella. Ella está atada a tres alfas. Y si lo que dijo la bruja sobre la guerra es cierto… Acaban de convertirla en el centro de un conflicto que puede destruirnos a todos.
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